I

Camino al sur escucho como hombres chilenos exponen un racismo amnésico contra las comunidades mapuches cuando pasamos con Silvana por aquí. Asumimos la ruta, ella expone su defensa, semi-durmiendo no me atrevo a decir nada, por ahora. “Llegaremos pronto a Chiloé”, me digo, en nombre de Elegguá que nos abre el camino.

II

Trato de buscar una isla dentro de otra y hay muy poco. Encuentro sólo pedazos pequeños de islas que me hacen cuestionar. Me cuestiono las mujeres dominicanas que están aquí, frente al mar, en Castro. Encerradas en un local nocturno donde no las dejan hablar, sobre todo a la que me sonrió cuando le dije Los Mina. “La prostitución debería ser una posición política en el flujo de la reflexión sexual”, también le digo diciéndole de los feminismos, pero no las dejan hablar. La isla dominicana está repartida por el mundo en una pena con cuerpos exotizados de mujeres morenas que no pueden hablar, en cuerpos que son islas que sólo un huracán feroz podría rescatar.

III

Sigo buscando la isla en otra y cuando vengo a un bar frente a la Plaza de Armas, en Castro, me encuentro con un playlist con todas las canciones de Ozuna y pienso en el gran aporte en cuestiones de alegría y fiesta que las islas del Caribe aporta a la humanidad. Me tomo la Kunstmann investigando y bailando.

IV

La chicha y el sur no traen las emociones que se llevó el cuerpo que cuando te respiraba al lado pensabas como emancipación. Ni la chicha, ni las flores conocen la fuerza destructiva del amor romántico, de la violencia normativa del régimen heterosocial. El sur no es un pasaje de vuelta ni de ida, es otra isla contaminada por lo humano y sus límites. Pero es en los bosques donde existe mi proyecto político de la transidentidad. Es en el fin del mundo, en el sur del planeta, con las negras, las mujeres y las indígenas donde yo quiero estar.

V

Les pregunto a las personas por su isla y me hablan del mar. Les digo de la mía reconstruyéndola. Les hablo del malecón de Santo Domingo intentándoles socializar mi color, mi pelo, la diferencia corporal y mi deseo de escribir un texto que reconfigure el sexo, el régimen heterosexual y su violencia. Construimos islas utópicas esperando el barco que nos lleva más al sur. Aprendo todo sobre las máquinas que hacen el café que nos tomamos, que se toman, en el terminal donde la noche anterior dormimos en el suelo. Me hablan de los lobos marinos, de los salmones tecnológicos. Yo desaprendo mi isla y el género asignado a mi cuerpo en el mismo ritmo de la conversación, también. Me hablan de su isla y del mar otra vez.

VI

Lo que somos es gracias al viaje. Somos un viaje porque estamos incompletas, porque no somos hombres, hombres no somos. Nos movemos en los activismos, en los flujos artísticos y la vida porque somos incompletas, no hay verdad en nuestro fin, hay algo que nos falta. Nos interesa comprometernos con esa falta porque lo otro es blanco y heterosexual, la historia de la opresión y la violencia. Queremos encontrar una política de la disidencia racial y sexual en las fallas que produce eso incompleto que somos. La escritura nos ayuda a poetizar esas fallas. Nos interesa comprometer la piel y las letras con esas fallas, con el error político que somos, con lo incompleto que somos, escribir intentando aprender de las plantas, del bosque, de los delfines que vi.
Lo que somos es gracias al viaje, es moviéndonos donde reivindicamos el río que somos, nuestro flujo e incompletud, lo infinito que somos. Es hablando el lenguaje de los ríos donde sabemos darnos cuenta que es un derecho cambiar. Le hablo al río, al río frío cordillerano, como aquella vez, preguntándole por Heráclito que ya no está aquí, debido a que ya no aparece en mis sueños llorando. Ni mi ajayu ni él están conmigo, vuelan, de nuevo, como cuando escuché con una profunda admiración el sonido de los pájaros, bailando para que se lleven este cansancio humano, el cansancio de la humanidad, la pereza que nos quitó la posibilidad del viaje, de ser la falla y lo incompleto que somos. Como un encuentro que evidencia el daño histórico en la construcción de Occidente. En el río no puedo hablar con él, está frío y seco, su humedad en mis pies entierra como una “daga de cristal” este cuerpo de hombre que no es mío. Busco en internet y confirmo todo: Heráclito llorando en la imaginación de Hendrick ter Brugghen y yo con él y a la vez me desaprendo perdiéndome más porque todavía todo es heterosexual.

VII

No era un hombre sino la materialización literal y obscena de un centro de verificación del género, una molécula reproductiva del síntoma social que opera como una máquina perpetuadora del binarismo sexual. Se acercó a mí, me seleccionó a mí frente a la costanera valdiviana para demostrar su poca imaginación, su imposibilidad de experimentar una visualidad que niega el triunfo del régimen heterosocial en un cuerpo político racializado. Se acercó a mí con ganas de humillarme, ignorando las aportaciones críticas de las feministas en el campo social, en el tejido social, la radicalidad del lesbianismo y las metáforas/compromiso de José Esteban Muñoz. Se acercó imponiéndose con un acento actuado colombiano para levantar mi falda e intentar confirmar cuál era mi género, olvidando que los genitales no solamente están ahí, que todo el cuerpo constituye en cada terminación nerviosa géneros múltiples, multiplicidades de posibilidades que niegan la tradición heteronormativa. No encontró nada, lo decepcioné con un tono de voz fuerte y en busca de emancipación, con la voz de Rosa Parks lo alejé de todas y pensé que lo alejaba a su vez de todas mis amigas transexuales, travestis, lo alejé de mis amigas que abortan aunque el estado no se los permita, de mis amigos homosexuales, también, de todas las identidades que niegan el triunfo del régimen heterosexual como única posibilidad de vida.


Escritor y performer de la República Dominicana. Vive y trabaja en Chile