*Escrito en co-autoría con Nicolás Valenzuela

El neoliberalismo está llevando a la humanidad a una crisis civilizatoria que pone en riesgo la continuidad de la vida en el planeta. Producto de las guerras imperialistas, los narco estados, el fundamentalismo, el cambio climático, entre otros, la distopía es ahora. Y es producto de la articulación de una tríada de muerte: el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo.

Nos enfrentamos con ello a una paradoja. Por un lado, una vida alternativa a estos modos de explotación y dominación no sólo es necesaria y posible, sino urgente. Pero por otro lado, la profundidad y la amplitud de la crisis nos obliga a responder más allá de las urgencias si realmente queremos parir una nueva sociedad. ¿Cómo combinar la cuenta regresiva en la que nos sitúa el capitalismo con el trabajo de largo aliento de construir el socialismo del siglo XXI?

Chile, como parte del sistema mundo, no es ajeno a las consecuencias de dicha tríada y a la paradoja a la que se enfrentan todos los procesos de cambio. Sin embargo, no somos pesimistas. Los sucesivos ciclos de lucha social, que entre otras cosas han parido al Frente Amplio, hacen posible pensar que pueda surgir una alternativa socialista que rescatando lo mejor de las diversas tradiciones y experiencias de nuestro pueblo, colabore desde esta parte del mundo a su superación.

Bajo esos términos, una posible convergencia socialista de movimientos de izquierda en el Frente Amplio no puede estar atravesada por los tiempos electorales, las ansiedades institucionales y la competencia interna del conglomerado. Ésta debiera ser resultado del proceso -no un mero hito- de las discusiones y experiencias prácticas que se producen en la lucha política. ¿De qué otra manera podría nacer una convergencia socialista?

Aún cuando compartimos la urgencia de avanzar en la convergencia socialista, creemos que las direcciones de los movimientos incumbentes se han mostrado demasiado aceleradas ante el escenario. Se ha abusado de un debate procedimental, de una retórica de izquierdas copada de lugares comunes, en la que se enuncian debates, pero no se toman posiciones. Así, el para qué converger sigue siendo la gran pregunta sin respuesta en esta discusión. Y en vez de intentar responderla se acusa a quienes ponemos esa prevención de identitarios.

Creemos, por el contrario, que la mayoría de las prevenciones no tienen por objeto la no convergencia o resguardar los colores y banderas de nuestras pequeñas agrupaciones, sino que combatir efectivamente los identitarismos, las agrupaciones y tendencias espurias, que sin muchas diferencias de fondo pugnan por el control de los movimientos. Para ello la convergencia debe hacerse en torno un debate político profundo que rescate y reconozca los ricos elementos que uno puede encontrar en las diversas tradiciones del FA e incluso fuera de él, porque la construcción de una alternativa socialista del siglo XXI debe ir más allá de los actuales actores del espacio. Fuera de éste, más o menos institucionalizadas o radicalizadas, existen un sinnúmero de organizaciones sociales y políticas que pueden sumarse a este proceso.

Para ello, resulta útil distinguir el máximo y el mínimo de la convergencia. Éste último tiene que ver con enfrentar con unidad política el escenario que se abre. Luego de nuestra entrada a la institucionalidad o el asalto por arriba, la emergencia del FA debe consolidarse desde abajo. Esto no solo tiene que ver con “dónde se construye” sino va intrínsecamente relacionado con el carácter de clase del proyecto y la capacidad que éste tenga para representar la compleja diversidad de contradicciones que articulan en el territorio nacional y para las cuales el FA aún no logra ser expresión de todas ellas. Esta fuerza popular de alcance nacional debe construirse amalgamando el trabajo sectorial y comunal, y así parir una red de poder que tenga entre sus objetivos explícitos y no velados la recuperación de los gobiernos locales para amplificar ese entramado de soberanía popular. No solo se trata de que el declive de los sectores del progresismo neoliberal debe ser aprovechado para consolidarnos como una alternativa para disputarle el gobierno a Chile Vamos, sino que la única forma de ser una alternativa real a las derechas es con una alternativa nacional y popular.

El enfrentamiento al gobierno de Piñera no solo debe ser en términos defensivos, en la calle o en la pura lucha ideológica que pueden viabilizar nuestras vocerías parlamentarias. Nuestra forma de enfrentar a las derechas es construyendo prácticas post neoliberales. Mostrar que podemos organizarnos y vivir de otra manera. Este es el principal desafío.

Retomando, antes de caer en discusiones orgánicas, identitarias o estratégicas, los entes convergentes debemos actuar en unidad política. Los frentes, comunales, parlamentarios y las direcciones deben empezar a actuar de manera conjunta. En la medida que vamos andando juntos, el camino nos va a ir mostrando las coincidencias, las diferencias que debemos limar y las tareas a abordar conjuntamente. Así, en la medida que avanzamos podemos ir abriendo los grandes debates estratégicos necesarios. Teniendo acuerdo en ello, lo orgánico y lo identitario caerá por su propio peso. Pensar un congreso en estos términos, de unidad política, con una planificación de los debates estratégicos necesarios, es a la vez útil y respetuoso de los tiempos que una convergencia con horizonte estratégico requiere.

Respecto de los máximos de la convergencia, estos serían ir dando forma a una vía estratégica que plantee sin matices el problema del socialismo y la superación del capitalismo en Chile, en la región y el globo. Desde luego, esto solo será posible en la medida que el pueblo vaya tomando sobre sí la responsabilidad de autogobernarse, por eso, el rol de los movimientos en el intertanto será el de promover los debates sobre las diversas experiencias y desafíos que tenemos por delante. Así, el ejercicio que deberíamos hacer desde nuestras diversas experiencias es compartir y dialogar en torno a los principios, fundamentos doctrinarios y prácticas que tenemos. ¿Cuál es el aporte que cada una de estas organizaciones puede hacer a la convergencia desde su particularidad? No para entrar en la lógica transaccional en la que “todos tenemos que ceder para llegar a acuerdos”, sino más bien para poner pilares sólidos de esta nueva alternativa, recogiendo lo mejor de nuestras experiencias y siendo agudos con la crítica y la auto-critica, para ir despojándonos a su vez de los vicios y lastres de nuestras organizaciones. De lo contrario, es probable que se larven más diferencias y nuevos grupúsculos que convergencias.

Tratando de hacernos cargo de la idea propuesta, en esta oportunidad, compartimos algunas reflexiones que hemos dado desde el autonomismo:

Las clases dominantes intentan hacernos creer, cual fetichismo de las mercancías, que el poder emana de las instituciones, y así se llega a creer que en la captura de éstas radican las posibilidades de transformación. Peor aún, se nos ha hecho creer que quien controla el gobierno controla el Estado. Todo este tipo razonamiento, donde lo político es igual a lo institucional y lo institucional es igual a ganar la presidencia o tener una mayoría parlamentaria, adolece de tres problemas centrales íntimamente relacionados.

Lo primero es que el poder real está más allá de las instituciones, así lo han demostrado las mismas clases dominantes una vez que éstas ya no responden a sus intereses. Si ya nos pasó con el cobre una vez, pensemos en cómo lo haremos ahora, incluyendo además al litio. El poder real está en el control de los medios de comunicación de masas, en la ligazón de clase con los aparatos militares, en las influencias de las oligarquías y las trasnacionales. Sin embargo, como el poder es una relación, la principal fuente de ese gran poder es que el pueblo vive, trabaja y comprende el mundo bajo sus términos.

El segundo problema es el de las herencias. La institucionalidad que existe, que supera con creces la figura del presidente, está hecha para hacer posible la valorización del capital, por tanto todo el entramado de organismos, funcionarios, leyes, decretos, prácticas y sentidos comunes está dispuesto en esa orientación. Esto no solo pone en evidencia la necesidad de un momento constituyente y una política orientada a esa acumulación de fuerzas, sino que además, morigera las expectativas respecto de lo que se puede esperar de lo puramente institucional en el actual contexto. Si no son las altísimas mayorías que impone la constitución pinochetista para cambiar la carta fundamental, la forma del Estado, sus funcionarios, sus leyes y decretos, y el Banco Central, el Senado, el Tribunal Constitucional, la Corte Suprema son prácticas y espacios, ajenos a las mayorías populares, que harán peso muerto en un proceso de transformación.

El tercer problema es un rasgo estructural del Estado neoliberal, capitalista, patriarcal y colonialista: su carácter monopólico y unitario. Forma y fondo van de la mano. Las posibilidades de la política están dadas por las formas en las que se organiza. Y si el Estado es unitario y monopólico se refuerza la idea de que una minoría, sea oligárquica o burocrática, suplanta al pueblo. Es decir, el carácter de clase de un Estado dice relación con los intereses que representa y a su vez con la forma que éste tiene. Si no tiene espacio para una participación popular soberana, más temprano que tarde perderá tal carácter. Por eso, entre otras cosas, es interesante tener presente la apuesta del Estado comunal propiciada en Venezuela durante los gobiernos de Hugo Chávez.

En definitiva, el Estado no es la única ni la más importante herramienta de cambio, y en tanto herramienta, tiene sus propias dificultades. Por lo tanto, una estrategia autonomista debe tener como un punto central de su política superar la actual institucionalidad (aun participando de ella), su carácter de clase, monopólico y unitario. Debemos superar, como dice Raquel Gutiérrez, el estadocentrismo de las fuerzas de izquierda.

Debemos construir experiencias para desprivatizar lo común desde nuestra cotidianeidad, construir lazos de solidaridad y comunidad fuera de las lógicas neoliberales. Para ello no hace falta esperar los tiempos institucionales. En la medida que ya no trabajamos para ellos, no consumimos sus productos ni nos educamos o informamos con bajo sus valores, ganamos fuerza y ellos la pierden. Eso es autonomía. Estas experiencias tienen el valor de ser prefigurativas de la sociedad que queremos y a su vez nos van dotando de capacidades estratégicas para resistir los embates de las clases dominantes. Por ejemplo, si somos capaces de construir circuitos de soberanía alimentaria estaremos comiendo mejor y de manera ecológica, pero además, estamos imposibilitando las lógicas de acaparamiento, mercado negro y sobreprecios con las que las oligarquías ahogan a los gobiernos de cambio.

Se ha criticado la idea de que estas prácticas autonomistas podrían ser localistas, y sí, es cierto, pueden caer en localismos. Sin embargo, esto no nos debe llevar a la idea de abandonar las autonomías, si no que al desafío de articularlas en un proyecto nacional de transformación. Para eso están los movimientos sociales, las organizaciones políticas, y sí, también la institucionalidad.

Esta línea de experiencias prefigurativas va de la mano de la formación una nueva ética, de una nueva forma de relacionarnos. La experiencia socialista no solo supone en cambio a nivel macro, requiere necesariamente un cambio en nosotros. Vivimos una sociedad neoliberal bajo la herencia de siglos de capitalismo, colonialismo y patriarcado, por lo tanto, somos presa aún de sus valores, sentimientos y gustos. Una nueva sociedad no puede ser parida de allí. De ahí que sea central tematizar el ser nuevo del socialismo, y someter a crítica nuestras formas de relacionarnos dentro y fuera de la militancia.

Volviendo sobre lo anterior, esa misma fuerza que vamos acumulando la debemos ocupar para abrir la institucionalidad, para presionar a esa institucionalidad heredada a alinearse con los intereses del pueblo. Tal como lo hiciera la Unidad Popular que logró, a pesar de que no creían en ello, hacer votar a la DC y la derecha a favor de la nacionalización del cobre. Si tomamos como el límite de lo posible aquel que dibuja el Estado actual, estaremos cerrándonos a un sinfín de oportunidades que nos abre la dimensión cualitativa de la política popular.

Y como última cuestión respecto a este tema es que nuestro paso por la institucionalidad tiene que estar signado, como objetivo principal, al fortalecimiento del poder popular constituyente. Tendrán que aportar su parte las y los parlamentarios en su relación con los movimientos sociales y será tan o más importante que lo anterior promover una reforma al Estado para desconcentrarlo y descentralizarlo. Todos estos elementos deben ser capaces de ir configurando la política de la nueva democracia.

De esta manera llegamos a entender la relación entre lo social y político de una manera tal, en que no aparecen como polos disociados, o alejados. Aparecen como parte de una misma política con distintas dimensiones. Lamentablemente hoy es común entender lo social como una herramienta para lo político o que el trabajo territorial es necesario para lo político o lo institucional, dejando entrever que aún pesa, aún en la izquierda, la concepción elitaria de la política transicional y de la renovación socialista.

Varios son los desafíos y debates que nos esperan. La necesidad de articular una alternativa es urgente y debemos estar a la altura. Sin duda, no será tarea fácil construir un proyecto pos capitalista. Requerimos de toda nuestra creatividad para construirlo en base a nuestras propias contradicciones, pero recogiendo lo mejor de las luchas que han dado los pueblos por su emancipación. Siendo implacables en reconocer sus errores y limitaciones.

Sólo con los aportes y las críticas muchas veces invisibilizados de los feminismos, del ecologismo, de las luchas indígenas y tantos otras teorías y prácticas revolucionarias, podremos ampliar nuestro horizonte de transformación. Sin sobre ni subestimar nuestra fuerza, dando pasos certeros, asumiendo tareas que de las que nos podamos hacer cargo y que, enfrentando lo urgente, nos permita ir asumiendo lo importante sin caer en ansiedades reduccionistas. Es nuestra labor como revolucionarias y revolucionarios.


Militante de Movimiento Autonomista