1974. Como cada año, el Festival de Viña del Mar, desde la Quinta Vergara, juntaba músicos, comediantes y shows de varieté para cerrar el verano. Un verano distinto, sin noche. El toque de queda impuesto por los militares era una señal más del terror que imperaba en la nación.

En Chile habían pasado solo meses del Golpe que acabó con el único proyecto socialista democráticamente electo del mundo, cuando un joven comediante llamado Edmundo “Bigote” Arrocet entonó Libre, de Nino Bravo, reinterpretado en el contexto como una señal más de que todo se estaba alineando.

Era solo un avance de la propaganda que vendría. Era el mejor momento público de los militares en el poder. Una fiesta.

Un mundo feliz

En este “nuevo Chile” que se gestó a partir de 1974, familias como los Townley Callejas representaban un ideal fresco y moderno.

Mariana Inés Callejas Honores, a sus 42 años, era una mujer extrovertida que había protestado contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos y habitado en un kibutz en Israel. Dueña de una afición apasionada por la literatura y de corriente progresista, se enamoró de Michael Townley en Santiago.

Townley era el marido gringo, alto, hijo nada menos que del ex gerente de Ford Motor Company en Chile. Era aficionado a los autos y la electrónica . Se conocieron cuando él tenía 17 años, diez menos que su mujer. Esperaron los 18 para casarse. Sus familias se negaban a la unión.

Ella tenía dos divorcios y tres hijos. Con Townley engendraron otros dos. Aunque él no tenía muchos intereses en común con su mujer, su vida era un mundo feliz, la foto perfecta para colgar en su casa de Providencia.

Miami me lo confirmó

Mariana comenzó a escribir en Miami, tomando clases de literatura. Ahí fue donde vivieron con Townley entre el ‘66 y el ‘70 . Para retomar sus cursos, en el invierno de 1974 se inscribió en un taller literario del Instituto Cultural de Las Condes dictado por Enrique Lafourcade, el escritor de moda del momento. Rápidamente, el autor de Palomita Blanca, uno de los best seller de la época, se fijó en ella. Sus apreciaciones eran agudas, y demostraba grandes conocimientos, además de cierto talento.

Las circunstancias les permitieron cultivar una estrecha relación. Como en las primeras semanas Townley pasaba en auto a recoger a su esposa, muchas veces aprovecharon de llevar al profesor a su casa. Esos viajes le hicieron a Callejas ganar la confianza y cariño de Lafourcade , quien se transformó en uno de los mayores impulsores de su proyecto de carrera literaria.

El taller, sin embargo, tuvo un abrupto término debido a la baja de los alumnos en un Santiago cada vez más sitiado. Para no interrumpir los grandes logros que estaba obteniendo gracias a estas reuniones, Callejas ofreció su casa como nueva sede para realizarlas.

Agente agente

Lo que no sabían sus compañeros es que esta mujer tan llamativa y simpática llevaba la vida de un agente encubierto.

La victoria de la Unidad Popular y el proyecto socialista significó el giro de sus convicciones. El enemigo ganó. Luego de cuatro años en Miami, decidió volver a Chile para integrarse a la oposición, y logró convencer a su marido de dejar las tardes de playa, shorts bermuda y gorros blancos. Era la hora de hacer patria y contribuir al orden.

Hasta entonces, Townley solo se reconocía anticomunista, pero eso no era suficiente para su esposa, que encontró en la guerra contra la UP un nuevo despertar para su activismo.

En Estados Unidos, Townley se había empapado del anticastrismo de sus colegas cubanos y, antes de regresar, ya había tomado contacto con la CIA para ofrecer sus servicios en Chile. La idea, quizá, era seguir el camino de su padre, que había trabajado para la inteligencia estadounidense en Filipinas y colaborado en la campaña presidencial de Jorge Alessandri, contendor de Allende en las elecciones del ‘70.

En 1972, se afilió junto a su esposa al movimiento paramilitar de extrema derecha e ideología nacionalista Patria y Libertad. Allí crearon Radio Liberación, una señal pirata que, gracias a un transmisor de radio portátil fabricado por Townley, interfería la señal AM con proclamas fascistas y canciones creadas por Mariana Callejas .

Pero no todo fue color de rosas. Su militancia lo situó en medio de un confuso incidente que terminó con un obrero muerto en Concepción. El rostro de Townley apareció en la portada de un diario penquista que lo indicó, con nombre y apellido, como el asesino y, luego de indicaciones de Pablo Rodríguez, fundador del movimiento, tuvo que autoexiliarse en Miami unos meses en calidad de prófugo de la justicia.

Mariana y sus hijos lo siguieron y se quedaron allí hasta el Golpe de Estado. A su regreso, usando por primera vez un pasaporte falso, Townley ingresó bajo el nombre de Kenneth Enyart.

Michael era un hombre de pasar. Un observador silente que tenía dificultades para encontrar trabajo. Poco a poco le encontró sentido a la vida en medio de las operaciones. Gracias a sus conocimientos técnicos se hizo popular en el grupo y llamó la atención de un hombre que los espiaba sigilosamente en sus aventuras clandestinas dentro de su Austin Mini Cooper. Se trataba del brigadier Pedro Espinoza, un nombre que más tarde sería otro sinónimo del horror.

Una vez instalada la Junta Militar, llegó una invitación que la pareja no pudo rechazar.

Ha llegado una solicitud

La propietaria de la casa que arrendaban les informó que iría a visitarlos con un amigo, un miembro del Ejército que se interesaba en Michael. La mujer llegó con Espinoza, con quien conversaron de política, compartieron sus experiencias en el ’73 y se reunieron en varias ocasiones. No pasó mucho tiempo para que Townley se entusiasmara con la oferta que tenían para él.

“Michael me explicó que se estaba formando un nuevo Servicio de Inteligencia que estaría integrado por gente de todas las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden y una gran cantidad de civiles”, recordó Callejas en su libro de memorias Siembra Vientos.

Meses después, en junio de 1974, el decreto ley N°521 oficializó la creación de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la policía secreta del nuevo régimen y el órgano represivo más cruento de la dictadura de Augusto Pinochet.

Además de sus conocimientos, el inglés y el pasaporte hicieron de Townley el candidato perfecto para integrar el “Departamento de Electrónica”. Callejas también fue reclutada, según diría hasta el último de sus días, solo por razones económicas. “Sé que parece bastante extraño que se me mantuviera en la planilla de pago sin que yo cumpliera función alguna, pero habría que considerar que mi salario era el mínimo, algo así como dos mil pesos que se agregaban a los catorce mil de Michael”, aseguró.

Por un corto período la armonía se instaló en casa de los Townley Callejas. Un marido con trabajo estable, hijos felices y una esposa cumpliendo su sueño literario. Todo hasta que, en agosto, llegara la primera misión importante. La plana mayor de la DINA quiso adelantarse a la creación de una oposición en el extranjero, por lo que comenzó a elaborar un plan que eliminara a los supuestos focos de amenaza. Uno de ellos era el ex Comandante en Jefe del Ejército y ministro de Salvador Allende, el general Carlos Prats.

El objetivo Prats

El mano derecha del caído presidente había huido luego del Golpe de Estado. Debido a las amenazas de muerte y prevenido por sus cercanos, decidió viajar hasta Argentina para protegerse. Un año después de su escape, Michael Townley cruzaba la Cordillera para liquidarlo.

Pero no fue solo. Acompañado de su mujer, la noche del 29 de septiembre se estacionó cerca del número 3351 de la calle Malabia. Pasada la medianoche, la explosión provocada por la bomba que instaló bajo el Fiat 125 de Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert convulsionó el tranquilo barrio de Palermo, en Buenos Aires. El auto se destruyó por completo, y la pareja murió instantáneamente.

“El vehículo se acercó, me pasó, se detuvo a la entrada de la cochera y lo hice explotar. Yo estaba sentado al volante y mi esposa al otro lado y tenía la radio sobre las rodillas. La levantó y preguntó ‘¿qué hago’. ‘Dámela’, le dije. No, no sé si lo dije… simplemente la tomé. Ella estaba toqueteando, empujando. Ni siquiera estaba prendida. Estábamos sentados desde hace horas… cuando ella levantó la radio, el botón estaba del lado derecho, lo tenía en la mano. Yo vi cuando la levantó, pensaba que se iba a producir la explosión, pero no sucedió. Era un interruptor que activaba el explosivo”, confesaría Townley más tarde ante la jueza argentina María Servini de Cubría.

Años dorados

El resultado que dio la operación en Buenos Aires provocó que el Coronel Manuel Contreras ofreciera pagarles una nueva vivienda. Entonces apareció un llamativo anuncio en los Avisos Económicos de El Mercurio que hablaba de una mansión en Lo Curro, con 580 metros cuadrados construidos, árboles frutales y piscina.

La casa se dividió de tal forma que el tercer piso fue exclusivo para la familia. El segundo, con oficinas en las que Michael instaló su “taller electrónico”. Y el primero, que originalmente consistía en dos garajes, una bodega, pieza y baño de servicio y otras dos habitaciones, era usado por el resto de los agentes de la DINA que se incorporaron a las labores del nuevo cuartel denominado Quetropillán, que significa “volcán tronador” en mapudungún.

Esta nueva vida no fue impedimento para que Callejas continuara con su carrera artística. Su cuento “¿Conoció usted a Bobby Ackermann?” obtuvo el primer lugar en el concurso Rafael Maluenda del diario El Mercurio y le valió el ansiado reconocimiento de sus pares. Las tertulias literarias continuaron en la casona de Vía Naranja, y mientras más crecía la popularidad de Callejas, más aumentaron los crímenes en Lo Curro.

El whisky, los cigarrillos, las risas y la música fuerte contrastaban con el trabajo que se desarrollaba en los pisos inferiores. En el tercer piso desfilaron nombres que se transformarían en parte la renombrada “nueva narrativa chilena”, como los escritores Carlos Iturra, Gonzalo Contreras y Carlos Franz. Metros más abajo, se gestaban las acciones terroristas que, en 1975, consolidarían el plan de exterminio más grande de la historia de América Latina: la Operación Cóndor. El operativo estaba destinado a eliminar los objetivos específicos más amenazantes para las dictaduras de la región.

A puertas cerradas, Michael Townley, que operaba bajo el nombre secreto de Andrés Wilson, se especializó en la preparación de explosivos. También se realizaron escuchas y se diseñaron pasaportes falsos. Eugenio Berríos, el químico de la DINA y ex compañero de Townley en Patria y Libertad, instaló el laboratorio donde se desarrolló el gas sarín y, juntos, iniciaron el Proyecto Andrea, que consistía en la creación de armas químicas para enfrentar la supuesta guerra contra Perú que temía Manuel Contreras. A puertas cerradas, también, murió torturado el diplomático español Carmelo Soria.

Golpe en suelo norteamericano

La misión del ‘76 cambió el juego. Destino: Washington, Estados Unidos. Objetivo: matar al ex canciller de Salvador Allende Orlando Letelier, principal representante de la oposición chilena en el extranjero.

El error cometido el año anterior en Roma no podía repetirse. Townley fue enviado a Roma para eliminar a Bernardo Leighton. La orden fue traspasada a un grupo de neofascistas italianos quienes, a pesar de disparar contra el ex senador y su esposa, Anita Fresno, los dejaron con vida.

Esta vez, “el gringo” supo que él mismo debía encargarse del blanco , tal como lo había hecho con Prats.

Para ello, pensó en matar a Letelier con una dosis de su arma estrella, así provocaría un paro cardiaco sin dejar rastros. Transportó el gas sarín dentro de una botellita de Chanel N°5, pero el plan requería de una mujer que lo sedujera para poder esparcirlo. Mejor optó por algo más rápido y eficaz: una bomba.

El 21 de septiembre de 1976, Orlando Letelier iba con prisa a su oficina en el Institute for Policy Studies (IPS). A tres años del Golpe de Estado, necesitaba corregir un artículo que publicaría en The New York Times para rechazar la pretensión de Pinochet de privarlo de su nacionalidad y responder a quienes lo consideraban un “traidor a la Patria”.

Letelier nunca llegó. El auto que manejaba junto a Ronni y Michael Moffitt explotó en el área de Sheridan Circle, a pocas cuadras de la Casa Blanca, causando la muerte del diplomático y su secretaria.

Aunque su empresa resultó airosa, el atentado contra Letelier significó el principio del fin para Michael Townley.

Su golpe se inscribe en la historia: es el primer atentado orquestado por un Gobierno extranjero en la capital estadounidense. Así, el FBI abrió una investigación para encontrar a el o los culpables.

Los contertulios de Callejas quedaron pasmados cuando, tiempo después, el 5 de marzo de 1978, El Mercurio publicó una foto de su marido en la portada, identificándolo como uno de los dos asesinos de Orlando Letelier. Su vida quedó al descubierto y la DINA ya no estaba para ayudarlos pues, el año anterior, había sido disuelta. Las presiones de Washington provocaron que Pinochet cesara en su cargo a Manuel Contreras y reemplazara la agencia por un nuevo organismo represivo: la Central Nacional de Informaciones (CNI).

Engañado por sus antiguos compañeros de la DINA, Michael Townley fue extraditado a Estados Unidos, donde confesó su participación en el atentado, obedeciendo órdenes de Espinoza y Contreras.

Por ello fue sentenciado a diez años de cárcel, pero obtuvo la libertad mediante un programa de protección a testigos.

Townley nunca más volvió a ver a Callejas, quien falleció en 2016 en medio de la soledad y una carrera que jamás despegó.

Un año más tarde, sus vidas inspiran Mary & Mike, la serie de Turner coproducida por el Consejo Nacional de Televisión, Invercine&Wood, Space y Chilevisión. Un thriller de acción y suspenso que conquistará a la crítica, dirigido por Esteban Larraín y Julio Jorquera y que se estrena el 13 de marzo por Chilevisión en Chile y Space en Latinoamérica.