La agenda de Catherine Millet ha estado, por estos días, muy agitada. Luego del revuelo causado por la carta donde se pide clemencia por lo que, afirman, es la torpeza de los hombres al momento de seducir a una chica, aparece casi todas las semanas dando declaraciones, a medios de todo el mundo.

“Lo que comenzó como la liberación de las mujeres para alzar la voz, hoy se ha convertido en lo opuesto: nosotras intimidamos a la gente para que se exprese ‘correctamente’, acallamos a quienes no se cuadran con esta postura, y las mujeres que se resisten a arrodillarse [frente a estas nuevas realidades] son signadas como cómplices y traidoras”, dice la carta.

En una entrevista con The Clinic, Millet no da pie atrás en sus afirmaciones. Dice que mucho del contenido de la carta fue malinterpretado: “Nosotras nunca negamos la violencia contra las mujeres, sobre todo en el mundo popular, donde ciertamente tienen menos medios de defensa que en el mundo del cine, por ejemplo”. Sin embargo, insiste en que el lugar correcto donde deben hacerse las denuncias son las comisarías y los tribunales, y no la plaza pública.

Esto último lo comenta en relación con el auge que ha tenido lo que en Chile se conoce de manera coloquial como “la funa”, es decir, exponer a los agresores a través de las redes sociales y el boca a boca. Considera que el peligro de este método radica en que, no pocas veces, inocentes pueden quedar identificados para siempre como culpables, como le ocurrió a un amigo suyo. “Me ha tocado escuchar a feministas decir que en una ‘revolución’ siempre hay ‘daños colaterales’. El problema es que ya les escuché decir eso a los estalinistas… la vieja ley de las cantidades”, añade.

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Desde el medio le preguntan si, dado que los tribunales de justicia parecen no ser el lugar más práctico para tratar estos problemas, hay alguna manera de evitar un régimen de vigilancia mutua, y de protocolizar las relaciones para evitar estos malentendidos. Millet contesta que la justicia es imperfecta, pero “hay que trabajar para mejorarla y no, en un Estado de derecho al menos, remplazarla por el tribunal de las redes sociales. En cuanto a esos protocolos que ustedes sugieren, ¿quién los establece? ¿El Estado? ¿El Estado va a reglamentar las relaciones íntimas entre las personas? Ni las peores dictaduras han hecho eso”.

Frente a las críticas que la acusan de ser poco solidaria con las mujeres, la escritora argumenta que la solidaridad no tiene por qué estar condicionada de acuerdo al género. Sobre las violaciones, es tajante en descartar que no busca que este tipo de agresiones sean olvidadas en vez de denunciadas. “Lo que digo es que no hay una sola manera de enfrentar el trauma, y que la resiliencia, para algunas, es preferible al estatuto de víctima en el cual los procesos por violación, a menudo muy largos, encierran a aquellas que han sido violadas”, comenta. Cita un libro de D.H. Lawrence, sobre quien escribió, para sostener el punto de que la libertad de las mujeres tiene que estar acompañada de una plena conciencia sobre sus deseos. “Sus libros sacan a la luz, de manera muy nítida, que esas mujeres de los años 20 se emanciparon no solamente por su autonomía social, sino también por satisfacer de manera más libre sus deseos, y que con ello le dieron un impulso de libertad general a la sociedad”, dice.

La entrevista gira en torno a los otros caminos posibles para el feminismo respecto de la defensa de las víctimas de agresiones machistas. Millet no se arrepiente. Más bien lo contrario: “Creo que nuestra declaración logró un efecto positivo. Abrimos una pequeña brecha en el muro de concreto del discurso feminista“.