Desde un vértice otro, y siguiendo el pensamiento de Simone de Beauvoir, se podría asegurar que “no se nace feminista, se llega a serlo”. Entre las distintas vías teóricas y posiciones que adopta el pensamiento feminista, en lo personal, prefiero entenderlo como una forma de progresiva reflexión frente a los innumerables mandatos, pliegues, estrategias, representaciones y máscaras que posibilitan la red de dominaciones en las que transcurre el sujeto mujer. Se trata, en definitiva, de una posición política que no puede renunciar a ejercer un análisis constante respecto a los modos en que los sistemas construyen y reconstruyen las formas de poder social, siempre asimétricas, de acuerdo a los órdenes tecnológicos de los tiempos, donde la mujer mantiene una nítida subsidiaridad.

Los avances en el territorio de derechos e igualdades para las mujeres pueden ser leídos como una máscara más. Quiero decir que las sociedades, en su conjunto, experimentan cambios notables. O, dicho de otro modo, las técnicas “producen” sujetos sociales siempre diversos a los tiempos tecnológicos anteriores. En ese contexto, desde luego, la “producción” del sujeto mujer va cambiando (tanto como sea necesario) pero –y esto es lo crucial- siempre de manera diferenciada de acuerdo al parámetro binario en que se estructuran las categorías culturales que rigen las biologías. Así, el binarismo (que de manera inevitable conduce a una jerarquización) masculino/femenino, ordena y dictamina una manera de habitar el mundo.

Por otra parte, hay que considerar los distintos factores sociales, raciales, geográficos en los que habitan las mujeres y que marcan de manera crucial un cúmulo de diferencias entre ellas. Desde luego, cada mujer experimenta, de acuerdo a su emergencia, una particular forma de tránsito vital. La pobreza o la indigencia para la mujer, marcan un transcurso que en la mayoría de los casos está signado por una masiva, constante crueldad y el maltrato. Sin embargo, más allá de las condiciones económicas y culturales que porta un habitar, la mujer, aun en espacios confortables, también experimenta segregaciones múltiples.

Frente a la desigualdad de poderes, el sujeto mujer esgrime distintas estrategias de sobrevivencia para sortear, aminorar o negar las diversas situaciones que la oprimen ligadas a una postergación incesante. Y es precisamente allí (en la forma de sus estrategias) donde se produce un territorio tembloroso que termina por confirmar la ruta más prolongada de la dominación.

Habría que pensar por qué si en principio hay tantas mujeres como hombres, y hasta más mujeres sobre la faz de la tierra, se mantiene la inequidad. Me arriesgo a asegurar que su extensa y extrema permanencia de la superioridad masculina se debe a que parte de las mujeres que habitan la faz de la tierra (cautivas en poderosas y vastas complejidades) sostienen su propio sometimiento. Lo hacen cuando internalizan en ellas mismas -o a pesar de ellas mismas- un habitar subsidiario y buscan solo mejorar las condiciones de su dependencia mediante estrategias de supervivencia. O lo que llamó la brillante crítica argentina Josefina Ludmer: “las tretas de débil”. Pero son estas “tretas” las que si bien traen beneficios, terminan por consolidar una y otra vez la superioridad masculina. Y la existencia de “tretas” (muchas de ellas vastamente conocidas) dan cuenta de la dimensión de la urgencia y de la derrota que experimentan las mujeres en cada uno de los espacios.

Desde luego, cuando hablo de internalización, me refiero a qué las mujeres “aprenden” a ser menos mediante un conjunto de instituciones que operan sincrónicamente para construir ese menos y ponerlo en una dependencia con el otro género. La educación, la familia, las religiones, los juguetes, la ley, los espacios mediáticos y el poder médico, entre otros, son poderosos voceros que inoculan género.

Hoy experimentamos una sorprendente “ola global feminista” que todavía necesita tiempo para ser recepcionada en toda su magnitud. En esta “ola” quizás lo más recurrente o lo más publicitado se relaciona con el acoso sexual (y aún acusaciones de violación) en espacios cinematográficos -la poderosa industria del entretenimiento- o en cargos de alto nivel. El problema radica en que las denuncias de acoso surgen como hablas públicas que se inscriben de manera voraz en las zonas mediáticas lideradas por las figuras del espectáculo. En cierto modo, resuenan como uno más de los “escándalos de Hollywood” y su costo está ligado a pérdidas económicas para los agresores siguiendo la línea imperturbable de híper capitalismo. De esa manera, la única “ley” que opera es la del dinero y, así, las sanciones jurídicas emanadas de escenarios legales están excluidas. Más aun, son esas acusaciones, ausentes de plataformas jurídicas, las que generan “simpatías” o dudas hacia los acusados porque falta un sustento institucional que las ampare. Es decir, el castigo económico como el horizonte más temible forma parte de un espectáculo más, que incluso se vuelve rentable como plataforma promocional confirmando la estructura del sistema neoliberal.  

Así, hoy crece y se expande el “aura” (como diría Walter Benjamin) feminista. Este “acontecimiento” es, desde luego, positivo. De una u otra manera, lo sexual en tanto ampliación, represión y opresión muestra una y otra vez su liderazgo en el aparato social. O, desde otra perspectiva, de una manera solapada, siempre lo sexual (tema preponderante en los ámbitos religiosos) “prende” y “vende” en los imaginarios sociales. Lo que me interesa apuntar es que la mujer aparece como un objeto (como un mero cuerpo) y, desde ese lugar, es objetualizado como un derecho “natural” por representantes del poder masculino.

Pero junto con considerar (como una plaga) el acoso y el abuso sexual me parece necesario atravesar “ese” componente e ingresar en el cuerpo como zona. Ya sabemos que los cuerpos de las mujeres no les pertenecen enteramente. La maternidad como mandato primordial la expropia de sí para convertirla en una extrema y agobiante función-madre. La ley como materia jurídica la pone en el umbral de la ilegalidad en un tema incesante: el aborto. Funciona como cuidadora permanente ante la crisis de salud de sus familiares, entre múltiples, otras obligaciones. Pero, el signo más relevante de su inferioridad social es el salario, en el entendido que el salario no solo marca el sustento humano sino además es el reconocimiento al trabajo como aporte social.

La mujer en Chile a un mismo trabajo gana un salario ostensiblemente menor que los hombres. Eso significa que su trabajo, más allá de la igualdad de funciones, es desigual, “vale” menos. Desde esa plataforma fundamental se podría asegurar que para el sistema, la mujer “vale” menos en toda su extensión. Ese menos, ocurre y transcurre como norma, como ley social en todo el mundo. Y, a mi juicio, esa matriz fundamental: el salario, contiene el germen simbólico más poderoso y eficaz para entender la segregación entre los géneros. Avala y garantiza una asombrosa normalidad de la circulación desigual en cada uno de los ámbitos, operado, ya lo dije, de manera masiva (y muy conflictiva) por las mismas mujeres. Esa desigualdad se extiende a cada una de las aristas del trayecto de las mujeres con la misma impunidad y eficacia. En ese sentido, una vez más, quiero señalar que opera aun las zonas aparentemente más creativas e igualitarias como la zona artística-cultural. Y desde la larga experiencia acumulada como escritora, puedo asegurar que ese menos, que se expresa en un imperdonable desvalor, social se materializa en innumerables signos enquistados que están allí, sobrevolando las cabezas de las artistas, como arduas y eficaces aves de rapiñas.


Escritora y académica