En un discurso pronunciado el año 2014, en el marco de la campaña #HeForShe de Naciones Unidas, la actriz Emma Watson afirmó que cuanto más hablaba de feminismo, más se daba cuenta que la lucha por los derechos de las mujeres se había vuelto, con demasiada frecuencia, un sinónimo de odiar a los hombres. “Si hay algo de lo que estoy segura es que esto no puede seguir así”, sentenció.

No puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, me temo que este asunto es aún un tema controversial entre hombres y, principalmente, entre mujeres. De hecho, percibo regularmente que el feminismo es visto con cierto recelo o distancia por hombres y mujeres que lo consideran un movimiento violento, y con fuerte discurso anti-hombres.

Claro está que mucho de ese recelo es alimentado por la simple ignorancia, como cuando se visualiza al machismo y al feminismo como dos caras de la misma moneda. Un pensamiento absurdo y bárbaro, pero real en el Chile de hoy.

No obstante, no es menos cierto que este recelo y distancia entre géneros es también resultado de un feminismo mal entendido, que mira con desconfianza el rol de los hombres. Digo mal entendido, pues si el feminismo es una lucha por la igualdad, ¿cómo podríamos pensar en lograr nuestra real y absoluta libertad sin incluir a la otra mitad del mundo? O dicho de otra forma, ¿por qué un hombre no podría reconocer que nosotras hemos sido las principales víctimas de una cultura patriarcal y que la injusticia que aquello significa hasta nuestros días debe ser combatida por la sociedad en su conjunto?

Quizá uno de los hombres que con más convicción y tribuna mediática ha posicionado al feminismo como una bandera de lucha política y social, es Justin Trudeau, primer ministro de Canadá. Él ha ejercido el liderazgo que se espera de cualquier autoridad pública que entienda que ya no puede tolerarse más la violencia contra las mujeres, manifestada no solo en femicidios –atroces y cobardes femicidios–, sino que también en una desigual distribución del tiempo dedicado a cuidar a hijos o familiares; en una brecha salarial vergonzosa e inmoral; en una legislación que se resiste a reconocer plenamente nuestros derechos sexuales y reproductivos; entre otras tantas desigualdades que se niegan a desaparecer. En uno de sus varios discursos de tinte feminista, Trudeau ha dicho que lo enloquece pensar que su hija “crecerá en un mundo donde, a pesar de lo que es como persona, todavía haya gente que no tome en serio su voz”.

Por tanto, hay un ejercicio de empatía que hombres, autodenominados feministas, deben hacer en serio. Y este ejercicio es algo que las mujeres debemos promover y aplaudir.

Ahora bien, si las mujeres debemos entender que cualquier hombre puede libremente abrazar la lucha feminista, los hombres, por su parte, también tienen que comprender varias de las cosas que conlleva el autodenominarse feministas. Veamos.

En primer lugar, los hombres deben reconocer que el feminismo no es una lucha que partió hoy. Es una reivindicación histórica, en la que han sido mujeres –oprimidas mujeres–, las que han sacado la voz para exigir justicia, razón por la cual existe una natural tendencia a que esta lucha política sea liderada por mujeres. No tengo dudas que hombres que entiendan bien el feminismo, le abrirán espacios a las mujeres, pues hoy por hoy, la cancha no es pareja. La discriminación positiva, claro está, es una de las herramientas para concretar este reconocimiento.

En un segundo lugar, los hombres deben entender que no basta con palabras bonitas ni discursos buena onda. Por tanto, un hombre que se autodenomina feminista debe comprender que aquello implica una responsabilidad mayor, pues tal feminismo debe ser parte de su vida diaria. Debe, por ejemplo, estar presente en su modo de relacionarse con su pareja y en la crianza de sus hijos e hijas. Incluso en su forma de interactuar con una mujer desconocida, pues un feminista debe siempre entender que no tiene un derecho a importunar a ninguna mujer (algo que lamentablemente algunas feministas francesas –como la actriz Catherine Deneuve o la escritora Catherine Millet, entre otras– no han entendido).

Finalmente, si hablamos de hombres con cargos de representación popular, la responsabilidad es aún mayor, pues ellos tendrán el deber moral de rechazar públicamente cualquier acto de violencia contra las mujeres, y de demostrar, con hechos, su verdadero compromiso. En efecto, aunque Trudeau ha manifestado su voluntad de construir una sociedad con mayor igualdad de género, muchas feministas le demandan, con justa razón, mayor liderazgo para traducir sus palabras en conquistas concretas.

“Lo personal es político”, rezaba el lema del feminismo en la década de los ’70, refiriéndose a que los verdaderos obstáculos para lograr nuestra plena libertad no eran personales, sino que políticos. Es decir, que la lucha por conquistar la anhelada y tan esquiva igualdad de género requería necesariamente de un poder político con capacidad para cambiar una realidad de discriminación e injusticia.

Es por estas consideraciones que me dificulta visualizar nuestra libertad real, sin incluir en esta lucha a hombres que logran visualizar –luego de un ejercicio profundo de empatía– las consecuencias de una cultura patriarcal, como algo ajeno y profundamente inmoral.

Esta visión inclusiva del feminismo es un desafío importante para quienes buscamos que la ciudadanía comprenda correctamente nuestras ansias de justicia, y no que, a la primera caricatura, nos tilde de “feminazis”. Una lucha que ha costado tantas vidas, no puede darse el lujo de excluir a la otra mitad del mundo. Y es que como dijo Emma Watson en el discurso con el que comencé estas líneas: “¿cómo podemos cambiar al mundo si sólo la mitad de éste se siente invitado o bienvenido a participar en la conversación?”.


Activista y Autora del libro"Mi Testimonio, Aborto, Estado e hipocresía en Chile"