“Los partidos populares, progresistas y revolucionarios, declaran asumir y expresar la contestación a los problemas sociales que la realidad plantea, pero la contestación que en general es expresada es una contestación indiferenciada que, al presuponer la existencia de un solo tipo de ciudadanos, reivindicará sólo la forma de subyugación y discriminación –la económica, política y de clases- y desconocerá otras discriminaciones específicas. La discriminación femenina aparecerá disfrazada, postergada como secundaria o, en ocasiones, directamente negada” – Julieta Kirkwood, Ser política en Chile

La discusión sobre las tensiones y confluencias entre activismo feminista y partidos políticos de izquierda es un tema que tiene larga data. Julieta Kirkwood lo hacía notar en sus escritos en los años 80 en plena dictadura; el sujeto político feminista no tenía por qué quedar fuera de las propuestas políticas de la izquierda, menos en un contexto de opresión.

Aunque la política partidaria ha hecho eco de las demandas por los derechos de las mujeres, atendiendo más bien a la contingencia que a un horizonte político y estratégico, estas incipientes iniciativas han quedado en manos de las voluntades feministas en los partidos y no necesariamente como resultado de un diseño político. Las razones son variadas. Desde creencias arraigadas sobre el tipo de liderazgo que ejercen las mujeres, como si existiese un solo tipo, falta de priorización en las agendas de acción partidarias de los temas que preocupan a las feministas, hasta cuestiones más ideológicas que terminan por dejar en una especie de gueto institucional a los “temas de las mujeres”.

La apuesta política del feminismo es totalmente revolucionaria y transformadora, debiera cruzar varias de las discusiones políticas que se dan en los partidos y movimientos de izquierda y ayudar a comprender que la articulación de las luchas sociales potencia los proyectos emancipadores.

Hoy estamos en un momento de definiciones estratégicas para avanzar como Frente Amplio y proyectar la promesa de transformación, de fortalecimiento de los partidos y orgánicas que lo integran, de conformar una oposición que construya junto a los movimientos sociales y a los territorios. Es un tiempo de reconfiguración de los partidos políticos y su rol, donde la lucha feminista puede hacer la distinción en aquellos que buscan la verdadera transformación.

El desafío apunta en varias direcciones. Desde el diseño de orgánicas acorde a la lucha feminista hasta la erradicación de prácticas sexistas en las dinámicas partidarias. Poner atención a los discursos de deslegitimación del feminismo. Formar cuadros feministas al interior de movimientos y partidos para que puedan intervenir en los asuntos públicos con esa mirada política. Incorporar en las discusiones de índole ideológica, programática y estratégica los debates actuales sobre feminismos y política. Enfrentar con fuerza el déficit democrático de la representación de mujeres y canalizar la agenda por nuestros derechos como un principio rector en la institucionalidad de partidos políticos y movimientos de izquierda.

No basta con generar acciones puntuales orientadas a promover el ejercicio del poder de las mujeres, si esto no se acompaña de otras medidas. Se requiere avanzar del discurso a la práctica feminista partidaria, enfrentando entre otros temas, la representación en las dirigencias, la formación política y la discusión ideológica. No basta con tener un número de mujeres representantes en distintos espacios, si ellas no cuentan con el soporte partidario suficiente. Necesitamos superar aquellas prácticas que terminan siendo barreras para que más mujeres sean voces reconocidas en la política, necesitamos generar estrategias y adquirir herramientas para llevar adelante procesos de negociación que superen las lógicas masculinas de distribución del poder; necesitamos formar cuadros políticos capaces de defender una agenda de derechos humanos de las mujeres en universidades, sindicatos y en cargos de representación popular.

Estamos ante un escenario de disputa cultural del sentido común de los chilenos y chilenas. En un escenario de velada amenaza para algunas agendas significativas sobre los derechos de las mujeres y las diversidades, la educación y la calidad de nuestra democracia, entre otros temas. Hacer frente a la agenda regresiva de la derecha y de corrientes fundamentalistas, no debe ser sólo desde la resistencia, sino que desde el avance. Hoy lo esperanzador no basta por sí mismo, la esperanza que puede significar el Frente Amplio debe convertirse en un real factor de transformación.

Hoy más que nunca, debemos comprometernos a ser una fuerza que busque mecanismos de descentralización en lo político, lo económico y lo cultural. Y es justamente en esta disputa cultural que la lucha feminista cobra total sentido, porque tras esa lucha hay un poderoso fundamento de igualdad y de justicia.


Periodista,Ex secretaria general de Revolución Democrática