Michelle Bachelet ha culminado su período presidencial. Quizás el bacheletismo aún puede aletear en lo que le quede de vida. Después de años de transición, sin duda, fue su gobierno el que gestó las mayores transformaciones. Sin embargo, tal expresión puede ser verdadera, pero sólo en la medida que no perdamos de vista el marco desde donde habla y que determina el signficado que podía tener la noción de “transformación”. En efecto, la transición política no fue otra cosa que la neoliberalización del país. Por “neoliberalización” no designamos sólo la privatización completa de las empresas públicas, sino también, y sobre todo, la instalación de una “racionalidad gubernamental” muy precisa que hace de la forma “empresa” un paradigma de toda práctica social.

No sólo los empresarios pueden operar en base a la razón económica, sino también todo el resto de las relaciones sociales. En sus lecciones de 1979, Michel Foucault mostró el modo en que tal “razón” era una suerte de “reprogramación” del liberalismo clásico. Como tal, le superaba enteramente: no se trata sólo de proteger la esfera de la libertad respecto del poder monárquico, sino de apropiarse del Estado para subsumirlo a los dictámenes de la nueva razón gubernamental. La “reprogramación” neoliberal consistirá en hacer de la economía –y no a la política–el modelo del poder (es lo que Foucault denomina “régimen de veridicción”). Con ello, la razón neoliberal instala un nuevo criterio para medir el orden, una nueva razón para juzgar el mal o buen desempeño del Estado. Este último no se planteará más la pregunta de si sus decisiones serán o no “legítimas”, sino si serán o no “exitosas”: no es más el criterio “político” sino el “económico” el que prima. En su lectura de las clases de Foucault, Wendy Brown ha notado que precisamente en virtud de esta característica advertida por el pensador francés, es que el neoliberalismo no habría sido simplemente el discurso por el que el capitalismo venció al socialismo real, sino también y sobre todo, a la democracia liberal burguesa. Podríamos decirlo así: porque el neoliberalismo venció al socialismo real terminó por vencer a la democracia liberal burguesa. Tanto el socialismo real como el liberalismo burgués se sostienen en base a la soberanía popular (sea el proletariado en uno, o el ciudadano en el otro). Y sería tal forma, la que la razón neoliberal es capaz no sólo de “neutralizar” como había entrevisto la crítica de Carl Schmitt, sino de transformar a todos los conceptos políticos en conceptos propiamente económicos.

La transición política fue la neoliberalización del país, es decir, la total economización de los conceptos políticos fundamentales de la democracia liberal. En este contexto, el gobierno de la Nueva Mayoría, heredero post-transicional de la otrora Concertación de Partidos por la Democracia, fue sin duda el gobierno más transformador. ¿Pero “transformador” de qué? Ante todo, distingamos el recorrido del neoliberalismo chileno en tres tiempos: el primer tiempo se da a principios de los años ’80 bajo la férrea mano militar (Pinochet), policial (Contreras) e intelectual (Guzmán); el segundo momento tiene lugar bajo la noción de “transición” y la puesta en práctica de un goverment by consent y, el tercer momento comienza ya con la mutación de la Concertación de Partidos por la Democracia en Nueva Mayoría y el triunfo electoral de esta última bajo el liderato de Michelle Bachelet. Mas, el tercer tiempo no llega solo: las movilizaciones de 2011 irrumpieron en el escenario político y trastornaron los vetustos tronos “transitológicos” y sus lógicas autoritarias.

En esta escena, el retorno de Bachelet fue el salvataje no sólo de una coalición que por primera vez desde 1990 se hallaba fuera del gobierno, sino de la propia razón neoliberal que sostiene a todas las lógicas por las que se funda nuestra democracia. Bachelet fue, a la vez, esperanza y contención, abertura y cerrazón: esperanza para quienes creyeron que podía llevar a cabo las transformaciones abiertas por las movilizaciones populares, y contención para aquellos que sabían que sólo el respaldo popular de Bachelet podía encaminar las transformaciones hacia los canales “economizantes” de la razón neoliberal. En la medida que esta razón carece de un contenido específico y, mas bien, se afirma de manera flexible, Bachelet pudo ingresar a plantear el tercer tiempo neoliberal: dejar el neoliberalismo despiadado y autoritario profundizado bajo el dispositivo de la transición, abriendo un neoliberalismo “con rostro humano”, tal como lo calificó Fernando Atria. En este contexto, el segundo gobierno de Bachelet bajo la Nueva Mayoría fue, sin duda, el más transformador. Pero “transformador” en el sentido que amplió las posibilidades de la razón neoliberal pero jamás fue más allá de ella. Tal razón fue su soporte y límite. Por ejemplo, el problema constitucional fue propuesto a partir del vaciamiento del único poder que, según la tradición política moderna, puede llevar a cabo tal transformación: el pueblo como “poder constituyente”. Al no haber “pueblo” sino “ciudadanía” (una población presta a recibir beneficios atomizados por parte del Estado) el “proceso constitucional” se acogió a la única regla impuesta por la razón neoliberal: el vaciamiento del pueblo y su soberanía en orden a economizarles.

Las posibilidades “progresistas” de la Nueva Mayoría fueron llevadas al máximo por Bachelet. La Nueva Mayoría se estructuró internamente en base a esa razón neoliberal por lo cual, todo su campo de acción se ceñía a ella. No podía transformar tal “razón” sin dejar de ser ella misma, no podía derrocar al pivote normativo que debe su funcionamiento. En este ciclo, y después de 40 años, el neoliberalismo progresista encontró su última posibilidad en Bachelet. Con ello, su ciclo se ha cerrado. Así, cualquier apuesta de izquierdas que pretenda disputar decisivamente a la derecha política, tendrá que ir más allá del neoliberalismo progresista e interrogar los pilares sobre los que se sostiene su razón en aras de la democracia. Neoliberalismo y democracia no son lógicas compatibles. A esta luz, asistimos al “fin” del neoliberalismo progresista no en el sentido que no pueda volver al gobierno, sino en tanto sus posibilidades ya están enteramente agotadas y, en las actuales circunstancias, no puede ofrecer más de lo que fue. Vendrá ahora el “neoliberalismo conservador” para consumar el “legado” de Bachelet (es decir, la enorme flexibilidad de la “razón neoliberal”). Pues, sigiuendo a Brown, si bien no podemos volver a la democracia liberal y sus robinsonadas (Trump es la imagen más prístina de ello), sí podemos imaginar un mundo posible no estructurado bajo la razón neoliberal: una nueva democracia sin neoliberalismo. No debemos volver a ningún paraíso perdido. Menos aún a la democracia liberal burguesa que nunca lo fue. Pero, a diferencia del neoliberalismo progresista al que le es imposible pensar una democracia sin neoliberalismo, la izquierda puede ingresar a pensar esa imposibilidad, pensar lo que hasta ahora ha sido impensable. A esta luz, la fórmula que ha circulado en los últimos meses, según la cual, habría que “defender el legado de Michelle Bachelet” suena más a un lema vacío para los derrotados que la clave política sobre la que podríamos ganar un futuro.


Académico, Universidad de Chile