“Lo que sorprende es que Aleuy, siendo socialista,
se entienda con tanta facilidad con Patricia Bullrich,
que representa a la clase política más conservadora de derecha,
y hasta podríamos decir fascista, de la sociedad argentina.
Es una reflexión que dejo a los socialistas chilenos”
Héctor Llaitul

Durante las últimas semanas, los medios de comunicación, aquellos que cuando se trata del mal llamado conflicto mapuche solo se remiten a informar lo señalado por las fuerzas policiales, no han ahorrado espacio y caracteres para informar acerca del montaje realizado por los servicios de inteligencia en contra de ciudadanos mapuche. Los habituales expertos en todo (que es lo mismo que en nada) no han ahorrado adjetivos para dar a conocer lo grave que resultaría para las instituciones de la nación que se demostrara dicho montaje: “El daño institucional es gigantesco”, “Pérdida de confianza en las instituciones”, “Vergüenza nacional”. Han sido semanas en que ante nuestros ojos y oídos ex subsecretarios, ex fiscales, ex directores generales, ex directores de la Agencia Nacional de Inteligencia y ex dirigentes estudiantiles (hoy convertidos en parlamentarios) han hablado y cuestionado el actuar de la fiscalía, de carabineros, de la subsecretaría del Interior.

Una y otra vez hemos visto y escuchado al experto en informática (autodidacta), Alex Smith, contar su versión. Según el medio de comunicación de su preferencia, también hemos conocido la versión de los oficiales de carabineros “llamados a retiro”, del dirigente de los transportistas, del presidente de las víctimas de la violencia, pero ¿conocemos la versión de los ciudadanos mapuche que han sido injustamente acusados, arrestados y encarcelados a raíz de este montaje? ¿Quién vela porque esa esposa, novia, hija/o, padre, madre, supere el trauma que significa que un ser amado sea una y otra vez estigmatizado como violento? ¿Quién vela porque las vejaciones a las que son sometidas las visitas de estos ciudadanos inocentes, en un centro penitenciario, tengan algún sentido que permita decir en nuestro fuero interno, vale la pena? ¿Quién? ¿Mandela?

Aunque parezca extraño, este artículo no hablará ni tratará de ofrecer explicaciones a lo enunciado anteriormente. Más bien intentará preguntarle a usted, lector/a, el por qué creyó aquello que los servicios policiales, con la ayuda de los medios de comunicación, nos quieren hacer creer. Los mapuche son culpables, si no de este, de otro cualquier delito. Comencemos: el 15 de noviembre del año 2000, con el patrocinio de Conadi, un grupo de dirigentes mapuche demandó al Premio Nacional de Historia Sergio Villalobos Rivera por considerar que sus juicios acerca de “ciertas costumbres mapuche” (robo, homosexualidad y venganza) eran injuriosos y tergiversaban la cultura. Casi un año más tarde y ante el desinterés de las organizaciones por seguir prosperando en su acusación por injurias, el 33º Juzgado del Crimen de Santiago dictaminaría que los dichos de Villalobos a través de los medios de comunicación no representaban un menoscabo en la honra ni un descrédito en la condición étnica de los querellantes. Por el contrario, el juzgado consideró que lo realizado por Villalobos fue:

“Un análisis histórico en que no se evidencia ánimo de injurias ni animadversión en contra de un grupo social u originario alguno, razón por la cual no se configura el delito de injurias“.

Una vez conocido el fallo, el historiador se declararía conforme, pues ratifica que cualquier persona interesada en la historia puede utilizar los medios de comunicación para emitir juicios con absoluta libertad sobre dicha materia. A todas luces lo relatado no es sólo un simple debate epistolar a través de un periódico sobre la condición de ser mapuche, lo que está en juego y lo que reveló el contenido de estas fue el avance de un sistema de pensamiento que a través de los mecanismos de inclusión y asimilación no es capaz de tolerar la diferencia, razón por la cual modela la historia a su interés para absorber la diferencia. Lo que sucedió en el otoño del 2001 no fue otra cosa que una Historiker-Streit 1 según el historiador holandés Arij Ouweneel2. Varios años después y siempre bajo la tutela de la ideología implementada por Villalobos y administrada por sus fieles sacristanes es que podemos mencionar lo siguiente:

“La reducción artificial que se hace del proceso histórico a una confrontación entre mapuches y winkas, elimina los matices y complejidades –étnicas, históricas, sociales- que subyacen al proceso de Ocupación del Ngulumapu, al mismo tiempo que reitera matrices epistemológicas superadas por las investigaciones más recientes (…) El sobre énfasis que pone el autor sobre cuestiones de índole metodológico –la discusión sobre la legitimidad de una historia mapuche no realizada por sujetos que no se dicen pertenecer a esa etnia- no se condice con el problema enunciado ni es pertinente a una propuesta que se realiza bajo los requisitos y parámetros establecidos por la Universidad de Chile (Estatal). A través de este texto hay un tono de reivindicación etnonacional en torno a una temática que no ha sido de interés historiográfico ni que tampoco ha sido resuelta por investigaciones de peso, magnitud y envergadura.3

Lo anterior es la evaluación del borrador del proyecto de tesis para obtener el grado de magister del mayor historiador mapuche Pablo Marimán Quemenao. ¿Peso? ¿Magnitud? ¿Envergadura? ¿Según quién? Según el acólito de una iglesia historiográfica que hizo del abuso su herramienta predominante al momento de relacionarse con las aprendices de historiografía, en medio del silencio de quienes solo vieron (o quisieron ver) “un análisis histórico”. Pero continuemos. El 5 de octubre de 2016 fui invitado a la sesión ordinaria número 264 del Consejo Nacional de Educación para dar mi opinión respecto a la Educación Intercultural Bilingüe en Chile. Luego de una larga exposición que contó con la interesada atención de los/as consejeros/as, es que les presenté el siguiente objetivo de aprendizaje que se encuentra en el marco curricular vigente para la educación chilena:

“Describir el proceso de conquista de América y de Chile, incluyendo a los principales actores (corona española, iglesia católica y hombres y mujeres protagonistas, entre otros), algunas expediciones y conflictos bélicos, y la fundación de ciudades como expresión de la voluntad de los españoles de quedarse y expandirse, y reconocer en este proceso el surgimiento de una nueva sociedad.”

Es decir, nosotros, los indios, los habitantes originales de este continente conquistado, silenciado y violentado. ¿No somos protagonistas de nuestra propia tragedia? Si esto no es vergonzoso, no sé qué otro adjetivo merece. Así, si usted tiene hijos/as en edad escolar, pues le cuento que lo anterior es lo que están aprendiendo a lo largo de este angosto territorio, y no los pretendo aburrir señalándoles además que si ustedes hacen una detenida revisión de dichos planes de estudio podrán responder las siguientes dudas. ¿Quiénes son los héroes? ¿Cuántas mujeres son mencionadas? ¿Cuál es el lugar de la infancia? ¿De los trabajadores? ¿Dictadura o régimen militar? En fin. Sobre ejemplos parecidos a los nombrados en este artículo es que la sociedad chilena se ha construido, a lo largo de sus casi 200 años de vida independiente. Siendo la historiografía nacionalista, la viga maestra que, a través de la educación, ha llevado a que, en la actualidad, quienes habitan en este País tengan una falsa consciencia de quiénes son y cuál es su historia. Por eso llegó la hora de decir de la manera más clara posible, aunque a los defensores de la nación les dé arcadas, es momento de revisar la historiografía chilena de manera de replantear el lugar que ocupan en ella los pueblos indígenas (las mujeres, los niños, los afrodescendientes, la diversidad sexual) pues esta área del conocimiento social está plagada de operaciones huracanes, en donde los inocentes aparecen como culpables y estos últimos brillan por su ausencia. ¿Exageración? ¿Tomadura de pelo? ¿Arrebato? No, simplemente la invitación para que usted lector/a tome conciencia de que desde su más tierna infancia le han enseñado a negarse y a entender a la diferencia como peligrosa. ¿Se suma? Si su respuesta es sí, se lo agradecería pues está claro que los historiógrafos no lo harán, pues no están dispuestos a perder el lugar que los sitúa como administradores del pasado (más no del futuro) en favor del poder. ¿Pero usted? ¿O un indio como yo? ¿Qué tenemos que perder?

Notas:

    1. Término utilizado en los debates públicos acerca del Holocausto Judío en Alemania durante los años 80 y cuyos mayores representantes son el historiador Ernst Nolte y el sociólogo Jürgen Habermas.
    2. Arij Ouweneel, “El debate Villalobos: Amerindios en McWorld”, en Cruzando fronteras: reflexiones sobre la relevancia de fronteras históricas, Gustavo Torres Cisneros, (Quito: Abya Yala, 2004),147-181
    3. Pablo Marimán Q, “Formación de intelectuales indígenas: ¿El rol de la educación superior?”, en Inclusión Social, Interculturalidad y Equidad en la Educación Superior. Seminario Internacional Inclusión Social y Equidad en la EducaciónSuperior.2º Encuentro Interuniversitario de Educación Intercultural, Yohanna Abarzúa, et. al (Temuco: Fundación EQUITAS- UFRO, 2011), 140

Doctor en Historia mención Etnohistoria. Cátedra Indígena U de Chile