Este 2018 es de elecciones presidenciales en Latinoamérica: los pueblos de Paraguay, Colombia, México, Brasil, Venezuela y Costa Rica -en segunda vuelta- tienen en los meses venideros que tomar decisiones sobre hacia dónde se dirigirán sus países, pudiendo redibujar radicalmente el mapa regional que tiene hoy a la ola conservadora como el fenómeno político principal.

Junto con lo anterior, podríamos tener un par de sorpresas. Si prospera el llamado de la oposición hondureña a repetir los comicios presidenciales (después de una impresentable evasión del continente frente a las denuncias de fraude electoral) y si se concretan los emplazamientos en Perú para destituir al presidente Kuczynski luego del indulto a Fujimori. Además, se conocerá el sucesor de Raúl Castro, lo que abrirá la puerta a un cambio generacional y de apellido en el Palacio de la Revolución después de casi 60 años.

Chile, por su parte, tuvo sus votaciones a fines de 2017 con un holgado triunfo de Piñera, lo que sumado al impulso de las recientes legislativas argentinas a Macri, inclinan la tendencia hacia la derecha al sumarse Cartes y Temer a ese mundo, plegándose por medio de las coordinaciones que ha generado el grupo de Lima: el dueño de casa Perú, Panamá, Honduras, Guatemala, México y Colombia. Por otro lado, el bloque bolivariano parece debilitado por los devenires internos de cada uno de los países, así como por la relación entre ellos -por ejemplo, la distancia ecuatoriana de Correa y Moreno con Nicolás Maduro-, limitando su influencia en la región desde la muerte de Hugo Chávez y el desencadenamiento de la crisis económica y humanitaria de Venezuela misma. Entremedio se ubican los gobiernos moderados de Uruguay y Ecuador, islas solitarias en el poniente y oriente del continente.

¿Habrá espacio para la recuperación progresista en este 2018? Honestamente, se ve difícil. Por ahora, los principales beneficiarios de las desilusiones económicas y sociales de la región son los partidos y agendas de derecha. Aun antes de la seguidilla de derrotas sufrida en los últimos años, los procesos latinoamericanos se fueron haciendo cada vez más ambiguos o autoritarios, donde sostener discursivamente que implicaban una resistencia en contra del neoliberalismo o del imperialismo no era del todo creíble. Eso no significa que ambos elementos -neoliberalismo e imperialismo- no existan en el ataque en contra de la izquierda latinoamericana, pero no son suficientes para explicar la debilidad en el apoyo que tienen nuestros proyectos para enfrentarlos.

Nuestra intelectualidad latinoamericana, en voces de autores como Sader, García Linera o Borón, más cercanos a los nacionalismos populares, resguardan lo que queda de los procesos por medio de la idea del “ciclo”, desafiando con un rápido contragolpe electoral la crisis que habría generado la intervención estadounidense, los medios de comunicación y la oligarquía empresarial.

En nuestro entender, parte importante de los problemas que sufrimos hoy en día en la izquierda pasan por superar esta idea cíclica de la política, en la cual, luego de la decadencia de la derecha, la izquierda llega al poder estatal con sus cambios, se da lugar a la reorganización de la clase dominante, se hace necesaria una conciliación, para luego finalizar resistiendo los cambios que pasaron por el cedazo del ajuste. Existe un vacío en cómo entender con realismo el poder que tiene el imperialismo y el capital, y el tipo de reacciones que despiertan los desafíos a su hegemonía; junto con una incapacidad de construir izquierda en un mundo sin los paradigmas del pasado y donde no somos capaces de encontrar la contradicción del período. Hemos de asumir que caminos meramente institucionales, en donde no se visualice que realizar grandes cambios sin enfrentar conflictos sociales ni dificultades con el empresariado, es igual de voluntarista que pretender instaurar el socialismo por decreto o imprudente que aplicar el pragmatismo por la necesidad de “avanzar en lo posible”.

Lo anterior, sin embargo, puede tener distintas causas. Perry Anderson señalaba que “cuando finalmente la izquierda llegó al gobierno, había perdido la batalla de las ideas”, un poco creyendo que hacer buenas políticas públicas para la gente bastaba para producir automáticamente respaldo en la acción de gobierno; mientras se invisibilizaban y reprimían demandas legítimas. Que algunos liderazgos de izquierda hayan reproducido el clientelismo, la corrupción y la convivencia con el empresariado también afectó. Por otro lado, el discurso neodesarrollista que prometía abrir las fronteras a una mayor inversión extranjera iba a generar un mayor valor agregado a nuestras exportaciones y, por tanto, abandonar la dependencia de las materias primas, terminó en megaproyectos que llegaron a la región profundizando el extractivismo, los cuales después de una década, con la primera disminución en los precios de los commodities, generaron crisis económicas y políticas.

El pesimismo en que la izquierda vuelve a levantarse en Latinoamérica y asumir que la ola derechista se consolidara este año, tiene una contraparte positiva: el 2025 tiene que ser la meta para recomponer una nueva década dorada para el progresismo, con la promoción de una nueva camada dirigencial, una profunda reflexión estratégica y la difusión de procesos democráticos de formación de opinión pública. En el intertanto, como señala Delacoste, hemos de tener confianza en el fin de este ciclo pensando en el fin de todos los ciclos: en que las transformaciones que vivió nuestro continente garantizaran que una arremetida contrarreformista encontrara resistencia y descontento, a partir de la base organizada que tienen nuestros partidos en la sociedad, así como por los movimientos sociales autónomos. Algo de ello se ha expresado en Argentina y en Brasil por las reformas en pensiones que intentan Macri y Temer.

La izquierda va a tener que mutar para enfrentar lo que astutamente está proponiendo la derecha. Es una importante modificación para nuestras formaciones adversariarse con alguien que busca variar y no tan sólo conservar, coqueteando mediante las herramientas del neoliberalismo con el sentido común popular. Sin embargo, tal como surgió esa importante izquierda latinoamericana en los ’00 a partir de las ruinas de las transiciones de los ’90, mucho de lo que se hizo en estos años debe ser reapropiado y resignificado para evitar que triunfe al final de la década un relato que tache de irresponsable el cambio político a partir de la derrota en este ciclo, así como también una narración autocomplaciente que impida criticar lo que ha ocurrido en el periodo.

La pregunta que queda a partir de eso es: ¿qué tenemos que abandonar para que lo nuevo no repita lo mismo? Un buen lugar para empezar, tal vez, es la revisión de las ideas económicas, la manera en formar hegemonía, la excesiva dependencia de liderazgos personalistas y los continuos intentos de subordinar lo social al Estado. ¡Pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad!


Vicepresidente de la Internacional Socialista Joven, estudiante Derecho U. de Chile.