La discusión de la Ley de Identidad de Género ha sido difícil, marcada por resistencia al cambio donde debería haber empatía. Pero entre todas las discusiones, roces y caricaturas sobre la diversidad sexual nada genera mayor resistencia al cambio que cuando se habla de los niños trans.

Entiendo la complejidad de la discusión y los miedos que genera, todos los adultos tenemos el instinto de proteger a los niños, y es en ese intento que muchos adultos intentan aplicar las recetas que usaron sus padres con ellos o ellos con sus hijos para niños trans, sin entender que así no funciona, que los niños son individuos y que una única receta no es replicable para todas las situaciones.

Para los padres que enfrentan esta realidad la primera reacción es la negación: es una “etapa”, están confundidos. Recién cuando se dan cuenta que esta “etapa” no pasa es que se comienzan a enfrentar con la forma en que se relacionan sus hijos con el género, con la identidad que van mostrando y cómo de ser apagados, distantes y tristes pasan a llenarse de alegría y brillan cuando les dejan expresarse libremente. Es duro para un padre darse cuenta que su hijo es trans, pero por el bien de sus hijos es que se atreven a enfrentar esta realidad para la que no están preparados.

El camino es difícil, los padres de un niño trans tienen que enfrentar junto con ellos el miedo al rechazo y protegiéndolos salir también del closet con sus amigos, explicar en el colegio y armar una red de protección alrededor suyo, una red que es sumamente frágil en una sociedad que no los comprende y con un Estado que les dificulta el camino.

Y es ahí donde padres llenos de amor se preguntan: ¿cómo protejo a mi hijo? Hoy la respuesta de muchos es que tienen que esperar hasta los 18 años, como si esa espera fuera posible, no tuviera un efecto en los niños, en su desarrollo y en sus familias; porque a falta de reconocimiento de la identidad de los niños esta red de protección se desmorona en momentos dolorosos en que algún adulto, tras ver sus documentos, se atreve a responderle a esa frágil niña trans “pero si es un niño” o incluso una lectura sin mala intención de su nombre legal en voz alta puede ser doloroso, porque duele que en una edad en la que estás aprendiendo quién eres y necesitas reconocimiento la sociedad te lo niegue.

Y así conforme la edad va avanzando, los miedos aumentan y en la cúspide de la inseguridad de la adolescencia alguien trans debe sumar la preocupación de que alguien se dé cuenta de que aquel nombre que figura en su Tarjeta Nacional de Rstudiante no es el suyo. Me tocó conocer a un chico trans al que después del bullying, el llanto, la soledad, la desesperanza y un intento de suicidio, al internarlo en el hospital no quisieron aceptar su nombre para el brazalete y pusieron el que figura en su documento de identidad. ¿Se imaginan cómo se sintió? ¿Se imaginan cómo se sintieron sus padres al observar el dolor de su hijo mientras se peleaban en el hospital para que respeten su identidad en el brazalete?

Ante esta realidad, ¿qué hacemos? Creo que lo único que se puede hacer es reconocer que son los padres quienes tienen mejor capacidad para buscar la forma de apoyar a sus hijos trans, no el Estado, pero para muchos que se oponen si un padre decide apoyar a su hijo trans, de pronto este Estado que en su discurso es inepto, burocrático e incapaz de resolver los problemas de la infancia, pasa a ser el principal responsable de resguardar el bienestar del niño por sobre los padres amorosos que lo cuidan día a día.

¿Y qué argumento usan para justificar semejante contradicción?

En lo que se sostienen es que hay un puñado de estudios según los cuales la mayoría de los niños desisten de transitar antes de los 13 años. El problema es que la lectura que hacen de esos estudios es sesgada cayendo en simplificaciones que llegan a ser absurdas mientras omiten información que permitirían concluir en sentido opuesto, porque cualquiera que los lea con seriedad debería concluir rápidamente que nadie está forzando a ningún niño a ser trans (sino no desistirían tantos) y que a partir de los 13 años ya se debería permitir a adolescentes adecuar su identidad con libertad.

Pero el punto más importante se refiere a la metodología de los estudios que son muy cuestionadas por los profesionales del área que consideran que se habría mezclado niños transgénero (fuerte identificación con su género y rechazo al asignado) con género no conforme (tienen actitudes de ambos géneros, no presentan rechazo por el asignado) y asimismo no diferencian los grados de rechazo al género asignado, cuando ya hoy se ha podido establecer que la intensidad de este rechazo es un buen predictor de una identidad trans. Es decir, estos estudios no son base sólida para excluir a los niños de la Ley de Identidad de Género, por el contrario, son evidencia sólida para incluir a adolescentes desde los 13 años.

Lo que recomiendan los profesionales con experiencia respecto a los niños trans es que no se los empuje ni en uno ni en otro sentido, sino que los dejen expresarse, jugar y ser con libertad mientras van descubriendo quiénes son, pero lo principal que te va a decir cualquier profesional es que cada caso es único y que no se pueden ni se deben aplicar reglas generales, lo que sonando tan obvio y razonable lleva a preguntarse. ¿Por qué nos cuesta tanto entender la individualidad de los niños y adolescentes?

Corresponde que reconozcamos que la realidad es compleja y que no es una solución que el Estado aplique reglas generales por edad, cuando lo que debería hacerse es incluir niños, niñas y adolescentes en la Ley de Identidad de Género para darle herramientas a ellos y sus familias para enfrentar su situación particular.

Nelson Mandela alguna vez dijo: “no puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad, que la forma en que trata a sus niños”. ¿Qué dice eso de una sociedad donde todavía muchos creen que, negando su existencia y dándoles la espalda, los niños trans dejan de existir?


Ingeniera industrial y activista en diversidad