Muchos historiadores y literatos nos han entregado vasta información sobre líderes mapuche que llevaron adelante la defensa de nuestro territorio  durante los distintos procesos de conquista. Suenan nombres como Lefxaru, Calfvlikan, Galvarino o Pelontxaru. Hombres que arriesgaron todo por nuestro pueblo, sin embargo, de las mujeres que cumplieron roles importantes como esos se sabe poco, o tal vez nada, tanto es así que se prefiere cuestionar la existencia de Janekew, única lonko que llevó adelante grandes batallas, reduciendo sus hazañas a un mito.

Hoy la realidad no es diferente. Este 2018 cumplimos 70 años en que las mujeres conseguimos el derecho a voto en Chile, sin embargo  si nuestra participación al momento de tomar decisiones es casi nula, lo es aún más cuando consideramos el componente étnico. Pongo como ejemplo al Congreso, donde si bien se aumentó cuantitativamente la participación femenina de un 15% a un 23% en las elecciones recién pasadas, las mujeres indígenas aún no logramos un número representativo, pues del total de mujeres electas, solo contamos con una senadora diaguita y una diputada mapuche. No se trata solo de participar, sino poder decidir conjuntamente. Entender que nuestra incidencia no debe verse reducida a un voto.

En un estudio realizado por CONADI que aborda el panorama sociocultural y económico, existe una brecha significativa en cuanto a ingresos, nivel de estudios y escolaridad  y participación en espacios de representatividad de mujeres mapuche comparada con mujeres “no indígenas”. Esto nos permite abordar la desigualdad de género desde otra perspectiva aún más compleja: la discriminación.

A pesar de todos los intentos de igualdad de género que “han hecho” los gobiernos de turno, jamás han existido políticas públicas que a este tema se refieran.

La violencia nos ataca a las mujeres, pero aún más cuando somos mapuche. Tal es el caso que vivieron toda la semana del 19 de marzo las hortaliceras que fueron brutalmente agredidas en pleno centro de Temuco, sin diferenciación de edad, por fuerzas especiales de carabineros. Sus esfuerzos por llevar el sustento diario a sus hogares se vieron reducidos a un montón de lechugas desparramadas por las calles bajo los bototos que tanto nos recuerdan la dictadura.

¿Cuántas “Ada Huentecol” tendrán que esperar justicia por su hijo baleado quién tiene como delito llevar un apellido mapuche y vivir en comunidad? ¿Cuántas “Lorenza Cayuhán” verán destrozada su dignidad al deber parir engrillada solo por ser mapuche? ¿Seguiremos esperando vanamente las mujeres indígenas que el feminismo Europeo se pronuncie frente a estos actos de injusticia?

En la cultura mapuche siempre se habla desde la dualidad para encontrar el equilibrio y el buen vivir. Bueno y malo, salud/enfermedad, día/noche, femenino/masculino. Todos ellos como complementos y no como uno por sobre el otro. Es así como vemos reflejado un aspecto ético que difiere de la visión occidental, la que condice nuestras vidas de mujer, pobres e indígenas, desde el momento en que nacemos, generando así mujeres de primera, segunda y hasta tercera categoría.

Dejemos de imitar siempre los modelos “europeístas”. Empecemos por des-occidentalizar el debate feminista que conocemos. Echemos un vistazo al pasado, observemos y aprendamos de los distintos pueblos originarios que habitan nuestra América Latina y las distintas formas de convivencia que existían antes de la colonización y posterior evangelización. Seamos más Macarenas Valdés, que surjan muchas Bértas Cáceres, sigamos el ejemplo de nuestras Machis Linconao que luchan día a día contra el injusto encarcelamiento. Construyamos una forma de “feminismo” que tenga bases indígenas desde su génesis y avancemos también en políticas públicas que nos permitan alcanzar no solo la paridad en cuanto a género, sino también en las distintas formas de expresión feministas que conforman nuestro Abya-yala.


Comunera mapuche de Walakura, Nueva Imperial