La discusión actual vuelve a interrogarnos respecto a las diferencias de género en nuestra sociedad, sobre cuánto hemos avanzado por construir espacios más igualitarios y justos entre hombres y mujeres, y cuánto camino aún nos queda por recorrer. Más aun, vuelven a actualizarse las preguntas respecto a qué exactamente significa ser mujer en nuestra cultura hoy, y como es que ese imaginario colectivo todavía puede ser fuente de sufrimientos, abusos e injusticias. Hay un aspecto de esa identidad femenina de nuestra cultura que me gustaría comentar hoy y tiene que ver con la noción del sacrificio y la auto-negación.

En nuestra sociedad, la identidad de lo femenino está fuertemente ligada a la idea de que son las mujeres las que tienen que cuidar a los demás, estar al servicio de los otros. Las mujeres son las que atienden a los enfermos, las que visitan en las cárceles, las que se hacen cargo de nuestros abuelos cuando están muy viejos, y las que fundamentalmente renuncian de forma considerable a su camino personal y profesional por las brutales demandas que implica la crianza de los hijos. Ser mujer parece que significa muy fuertemente estar en un rol de constante renuncia, de constante “poner a los otros primero” por sobre el desarrollo o las necesidades personales (aspecto que en general a los hombres se nos forma en su sentido precisamente opuesto). Siendo que éste es un fenómeno complejo y multicausal, sociológico, histórico, político y cultural, me gustaría ofrecer una breve mirada desde una perspectiva psicoespiritual que incluye los aprendizajes y comprensiones que los estudios del trauma han traído a nuestras disciplinas.

Lo primero es afirmar que ha existido una considerable revisión y reformulación del concepto de trauma en psicología. Desde una comprensión de que el trauma implicaba un evento aislado que por su intensidad y dramatismo sobrepasaba las capacidades del individuo de responder efectivamente -generalmente asociado a experimentar una inminente amenaza de muerte o desintegración-, nos hemos ido acercando a la comprensión de que el trauma también puede producirse por una sumatoria de pequeñas pero constantes experiencias nocivas para el desarrollo del individuo. El concepto de trauma relacional temprano está vinculado con esa comprensión específica, y apunta a entender que los seres humanos cuando estamos en la etapa de la infancia, somos particularmente sensibles y vulnerables a sufrir experiencias que a la larga terminan siendo traumatizantes, debido al estilo vincular específico que tuvimos con nuestros padres o cuidadores principales. En ese sentido, no es necesario haber sufrido una violación o abuso brutal para experimentar una situación traumática infantil, basta que el o los cuidadores que estuvieron a cargo nuestro hayan presentado fallas reiteradas para poder sintonizar con nuestras necesidades infantiles básicas y así poder cumplir una función regulatoria de nuestro sentir como infantes. Permítame explicarle con el ejemplo de una paciente reciente. Se trata del caso de una exitosa profesional que llega a consulta con un estado anímico depresivo en periodo del puerperio. En su caso el ser madre había vuelto a abrir todas las heridas y dolores de su propia infancia, proceso del todo común en mujeres que atraviesan la época de post parto. Aunque ella tenía una muy buena opinión de sus padres y era completamente inconsciente de haber sufrido una experiencia vincular de carácter traumático, pronto quedó en evidencia que su experiencia como niña fue del todo desoladora y de gran desorientación. Aprendió desde temprana edad a satisfacer las fuertes exigencias académicas de sus padres, a temer los frecuentes ataques de ira de su madre (los que posteriormente eran negados por ella), a no expresar el dolor de la ausencia y lejanía de su trabajólico padre. Aunque todo en apariencia en su vida temprana era “normal” –ella era una destaca alumna y una hija mayor obediente y ejemplar- en su interioridad aprendió que para sobrevivir en su ambiente debía renunciar a su experiencia interna y a poner el foco en como satisfacer las necesidades de los adultos que le rodeaban.

Esto último es uno de los aspectos cruciales que caracteriza al trauma vincular temprano: un ambiente que es ciego a las necesidades infantiles y que falla en la capacidad de poder regular y contener al infante. El niño o niña, por sobrevivencia, llega un momento en que aprende a reprimir dichas necesidades, a renunciar a su punto de vista, y a intentar obtener amor y aprobación por lo que hace, por como se comporta en función de los requerimientos de los demás, desarrollando lo que algunos psicólogos llaman un “falso self”. No es extraño entonces que muchas mujeres que llegan a la consulta, en medio de fuertes crisis vitales, tengan a la base experiencias traumáticas vinculares infantiles, en las que han aprendido de forma sistemática a negar y reprimir sus necesidades básicas.

Lo complejo de este asunto es que muchas veces estos mecanismos se alimentan y relacionan con narrativas y practicas religiosas. En el caso de nuestra cultura hay una fuerte influencia de una corriente dentro del cristianismo, que además carga con fuertes prejuicios y visiones machistas, y que acentúa discursos en torno al sacrificio y a la auto-renuncia. Para muchas mujeres, ser cristianas significa ser humildes y serviles, significa aceptar injusticias y abusos en post de una visión romantizada del sacrificio y el sufrimiento. Si Jesús murió en la cruz “por todos nosotros y en obediencia al padre”, debo yo así también, “negarme a mi misma” y seguir dicho ejemplo. Hasta hace no mucho tiempo atrás era común escuchar a agentes pastorales dar consejos a mujeres que estaban atravesando complejas situaciones de violencia intrafamiliar y/o infidelidad, en los que se les recomendaba que debían aprender a “tomar su cruz” y abrazar ese sufrimiento para sacrificarse en post de sus hijos y familia.

Con esto no estoy afirmando que todo sacrificio o renuncia tenga en su base problemas de traumas tempranos o que sea algo patológico en si mismo. Nada más alejado de mi parecer. Lo que si estoy afirmando es que para que alguien pueda tomar una decisión de hacer un sacrificio respecto a una situación determinada, debe poder tener la libertad interior de poder aceptar o rechazar dicho acto. Es decir, si una persona siempre está sacrificándose, motivada por sus traumas y heridas tempranas, ahí no hay decisión ni libertad alguna. Hay un proceso automático inconsciente motivado por sus traumas vinculares. Debo poder tener la libertad interior de poder decir que no, para luego evaluar cuál será mi respuesta personal ante lo que estoy enfrentando como persona.

En el caso del mundo de la creciente espiritualidad de origen oriental (por ejemplo la budista) y en mujeres que participan de prácticas cercanas al mundo de la asi llamada Nueva Era, he podido observar un fenómeno similar. Muchas veces aquí nos encontramos con discursos espirituales que llaman a “liberarse” o “trascender el ego”, teniendo una postura compasiva y amorosa con el prójimo, y donde existen a la base también fuertes dolores personales no resueltos que impelen a tomar esta actitud servicial, de sacrificio y de auto-renuncia. Este mecanismo lo observó el psicólogo estadounidense John Welwood y lo llamó “bypass espiritual”. Con dicho concepto quiere hacer alusión justamente al proceso que estamos describiendo aquí: como a veces los  discursos espirituales puede ser usado para tapar o bypasear problemas de índole psicológico o adaptativo.

No es poco frecuente que personas que han desarrollado traumas relacionales tempranos se sientan fuertemente atraídos al campo de la religión y la espiritualidad. Muchas veces en dicha motivación hay una tendencia “escapista” de poder acceder a un mundo-otro, al mundo espiritual donde sólo exista amor, aceptación y compasión, a la vez que implícita o explícitamente se rechaza esta (traumatizante) realidad. Otras veces, personas que han atravesado experiencias traumáticas experimentan fuertes y genuinas experiencias espirituales, que les han ayudado a encontrar sentido a los dolores que han sobrevivido. En este complejo escenario resulta vital poder contar con mayores profesionales del área de salud mental que estén sensibilizados con estos procesos y que puedan tener las herramientas para acompañar, desde sus propios roles y lugares, a hombres y mujeres que buscan vidas más auténticas, profundas y de sentido, donde la espiritualidad y la religión suele tener un lugar central.

Respecto al caso especifico de las mujeres, me parece que debemos avanzar en pensar nuevas formas de construir las identidades sociales que compartimos, donde el sacrificio y la auto renuncia no sea un atributo que solo se le exige a la mitad de la población. Más aun, debemos ayudar a crear consciencia que detrás de estos aspectos de identidad femeninos compartidos suelen encontrarse dolorosas experiencias vitales e, incluso traumas tempranos, de los cuales se es del todo inconsciente y que empujan a comportarse de esta forma abnegada y servicial. En ese sentido, una mayor capacidad para la auto-compasión real, donde las mujeres puedan desarrollar la legítima capacidad de atender sus necesidades personales, no nos debiera conducir a una sociedad más egoísta y auto-centrada, sino a una donde sus miembros puedan desarrollar la capacidad de autocuidado y auto-compasión auténticas, único lugar desde el cual puede nacer un verdadero y trascendental amor y cuidado al prójimo. Ciertamente, las prácticas y narrativas espirituales también tienen un lugar en dicho camino y pueden constituirse como poderosas herramientas de cambio y transformación para todos nosotros.


Psicoterapeuta, docente universitario de posgrado. Estudió psicología en la PUC; y cuenta con un magíster en Psicología Clínica, de la Universidad de Chile, y un Magíster en Estudios Teológicos de la Universidad Boston College, USA.