Nuevamente la ficción aparece en el centro de la polémica: Durante la última semana, Netflix estrenó la serie “El Mecanismo” del realizador José Padilha (Tropa de Elite, Narcos), un thriller noir protagonizado por los detectives que dejaron al descubierto uno de los mayores fraudes de la historia moderna: La Operación Lava Jato.

En Brasil la producción ya se ha ganado dos férreos detractores: Dilma Rousseff y Lula da Silva. Este último adelantó que se querellará contra la serie y se le nota particularmente herido, sobre todo después de verse a sí mismo -adaptado bajo el nombre de João Higino- alarmado por la investigación policial que le da caza a su ejército de timadores.

En un momento de máxima desesperación, este personaje expresa la frase: “Hay que frenar esta hemorragia”, que de acuerdo a las grabaciones policiales reales, no la habría pronunciado él, sino el senador conservador Romero Jucá. Sin embargo, esta representación –libre y ficticia- refuerza su reciente derrota en el Tribunal Supremo de Brasil, dando un giro en 180 grados si pensamos que hace una semana  estaba en plena gira presidencial, figuraba favorito en las encuestas y tenía toda la intención de redimirse de todas estas acusaciones de corrupción que lo mantienen enlodado de pies y manos. Por otro lado, Rousseff fue más enfática. La destituida máxima autoridad del país –por sus vínculos con Lava Jato fue sometida a un proceso de impeachment– es adaptada en la serie bajo el nombre de Janete Ruscov, una pieza más de esta sucia maraña de desfalco.

La ex presidenta acusa que la serie difunde “mentiras de todo tipo” y dispara particularmente contra Padilha: “No usa la libertad artística para recrear un episodio de la historia nacional. Él miente, distorsiona y falsea. Eso es deshonestidad intelectual. Es propio de un pusilánime al servicio de una versión que teme la verdad“.

En una columna para el diario Globo, el columnista Paulo Roberto Pires se mantiene en la línea de Rousseff, pero busca denostar tanto la carrera de Padilha como la calidad de la serie. Para este escritor, “El Mecanismo” es una producción “mediocre” y su creador “un maestro en el uso del rayo despolitizador”. En su visión, con la serie existe “una controversia calculada” al reducir la Operación Lava Jato a pura acción de policías, fiscales y jueces con “humos sherlockianos”, insurrectos contra el engranaje de la corrupción, pero sin asumir postura, es decir, “apolíticos”.

Para Pires, la serie inspirada en el libro de Vladimir Netto está escrita “con la pluma de la indignación y la tinta del udenismo –en alusión al partido conservador União Democrática Nacional-. Su argumento central es música para los oídos del ciudadano rebelde, encarnizado tribuno de las redes sociales, tan combativo como un taxista”.

Además, la acusa de “reducir reflexiones políticas, históricas y sociales a la lucha salvacionista contra la corrupción. Azota con el discurso de la antipolítica que, como el pasado reciente enseñó, es uno de los pilares del autoritarismo”.

En toda esta ola de críticas a “El Mecanismo” existe una trampa flagrante y es que dan por hecho que la política está sobre la mesa, cuando el discurso de su autor es profundamente claro: Lula, Dilma, Aécio Neves y Michel Temer son todas caras de un mismo dado.

El gran acierto de la obra de Padilha es entender que el problema de Brasil –y tal vez de todo el continente- es estructural. Su intuición lo lleva a concluir que existe un engranaje, una maquinaria que orquesta el fraude y que la política aparece como puro maquillaje, una repartición de roles que bailan al ritmo de una sola ideología: La neoliberal.

Sus críticos hablan de la política con cierta añoranza antojadiza del siglo XX, como si el Partido dos Trabalhadores fuera un poderoso grupo de izquierda de los años ’60, con principios férreos y activos frentes de masas. Sin embargo, la realidad los golpea en la cara. El PT, al igual que muchas colectividades marxistas del pasado, están desarmadas intelectualmente, sus valores carecen de densidad ideológica y viven parasitadas de redes clientelares que funcionan como colchón electoral, en tanto más se sirvan del presupuesto estatal. Son parte de la maquinaria.

Previo a su estreno en Netflix, Padilha advirtió esta inquietud en entrevista con El País, donde apuntó que “hay algo erróneo en la democracia actual. No me entienda mal, comprendo que es el único sistema de gobierno posible, pero estamos enfangados en problemas muy serios”. Sin embargo, su diagnóstico está lejos de ser perfecto y su talón de Aquiles es precisamente su ingenuidad. Para el realizador brasileño, tanto el héroe narrativo como el real es el mismo Estado a través de otra de sus caras: La Justicia, esa pila de jueces, fiscales y detectives que articulan la trama principal de la serie.

Lo mismo sucede con sus otras obras. En “Tropa de Elite”, la resolución del conflicto pasa por la acción policial, y en “Narcos”, la intervención norteamericana es un factor determinante para agilizar la captura de capos mafiosos. La cárcel de Padilha es la institución.

Además, es incapaz de avizorar una salida política porque su reflexión es pura calle: Si hay castigo, el problema está solucionado. Sin desvaríos filosóficos, el detective Marcos Ruffo arranca la serie con una reflexión que encarna este espíritu pragmático: “No es la violencia en las favelas lo que jode a nuestro país, tampoco es la falta de educación o el sistema de salud deteriorados, tampoco el déficit público ni las tasas de interés. Lo que jode a nuestro país es la causa de todo esto”.

¿Está Padilha alineado con la postura de los partidos conservadores y su discurso anti-corrupción? Es una pregunta tramposa, porque se ignora la base de que los gobiernos de izquierda democrática han construido su propia fama de gobiernos corruptos. Se han encargado de erigir una verdadera torre de pruebas que corroboran lo que realmente son: Parte de la maquinaria.

El mismo artista se encarga de responderles, con su ingenuidad característica, pero amparado en la contundencia de sus intuiciones: “En mi país, la operación Lava Jato empezó antes de que Lula y el Partido de los Trabajadores llegaran al poder… ¡Y siguió con él! Así que no vengan los intelectuales de izquierdas a dar clases de moral. En la trama no hay discusiones ideológicas, porque los ideales han sido superados por el dinero negro”.

La pregunta es: ¿Qué ideales? Si la política siempre estuvo bajo la mesa.


Periodista, escritor y guionista