Desde las primeras páginas, la construcción narrativa de Cristóbal Riego consigue armar una prosa sincera, transparente y detallada, describiendo de manera confiscatoria a los extravagantes “amigos” de la mamá, intrusos que entran y salen de la casa, no necesariamente llamados “pololos”. Estos hombres dan título a los cinco capítulos de la novela: el Charly, Tolchinsky, el Marco, mi Papá y Rodrigo, que ocupan casi la misma cantidad páginas.

La línea temporal del narrador se extiende desde el púber al universitario, avanzando en una cronología extraña, que empuja la novela al anecdotario y la caracterización de los pololos. Estos últimos son personajes que comparten la casa, frecuentan a la mamá y a sus hijos. El mecanismo es simple: se explica la dinámica de los intrusos y la manera en que se relacionan con la mamá. Sin embargo, los hijos tratan a los invasores con distancia. No son padrastros, pero algunos llegan a ser amigos.

Sin embargo, la novela va más allá de la seriedad y la aptitud del narrador, llenas de desconfianza hacia los intrusos y la madre. A través de su rutina solitaria, observa a los novios de turno, pasándolos por la guillotina del humor. Moldea primero un retrato del padre y del hermano, luego de los pololos de la mamá, donde descarga toda su ironía. Es tal el filo al retratar de manera cruel y graciosa a sus pololos, que pareciera casi estar en guerra con los intrusos, con el humor como un arma que más que defensa nos revela miedo. Así vemos en este diálogo de la madre con el hijo: “Si hubiera un hombre, dice, tendría que tener un gran corazón, como el tuyo. Si no fueras tan niño. Y ríe: Si no fuera mi hijo” (91). El miedo a la soledad se apropia de la caracterización que la madre hace del hijo: “Siempre has sido un inconsciente” (128). Sentencia esta que revela un enlace crucial para entender al joven: un narrador que teme a la falta de compañía y que esconde tras el humor la tragedia del abandono.

Los personajes viven en el barrio alto, y evidencian el aburrimiento y la incomodidad que producen las necesidades cubiertas. Las frustraciones parecen un listado: los intentos de la mamá por ser locutora o el imaginar a la progenitora teniendo sexo con Tolchinsky (un locutor obeso y manipulador que juega constantemente con la impostura de su voz reconocida en comerciales y programas de televisión). Otro es el caso del Negro: aventurero, diferente a los demás, es un tipo de personaje infiltrado, de Colina, que recorre el barrio alto. El padre, por su parte, es un personaje prácticamente ausente. Pese a esto, en la crianza de los hijos resulta siempre culpable la madre. El padre representa la sensación del desecho, motor de la novela: como un fantasma, va acompañando al narrador.

Este mundo, lleno de hombres, no se deja traspasar. Hay cierta tersura que deja el relato, un factor de masculinidad que pudo ser tensado, además de explorar diferentes significados del abandono, crecer al amparo de la madre, el independizarse emocionalmente y la interacción con adultos en relaciones en donde primara la desconfianza.  Esos elementos son atisbos de lo que podría haber sido un camino interesante para la novela. Sin embargo, la intención de Riego va por otra parte: una saturación que carga todo su peso sobre la figura de la madre.

Los pololos de mi mamá
Cristóbal Riego
Hueders
128 páginas
Precio de referencia: $11.000