Pudo haber sido el reloj de flores. La urgencia desproporcionada por reparar el reloj de flores para no dar una mala imagen de la ciudad jardín a los turistas de Chile y el mundo. Cincuenta millones de pesos costó la reparación express, y de seguro que se hubiera pagado lo que fuera por mantener incólume la dignidad del centro de la belleza viñamarina. Pudieron ser las “horas extras abultadas” indicadas por la Contraloría. Horas extras que no se condicen con el trabajo desempeñado por sus felices directivos benefactores, durante meses, durante años. Pudieron ser los 350 millones de pesos ganados por cinco directivos en cuatro años. Pudieron ser las 170 horas extras al mes, en promedio, de Adison González, de la dirección de ingresos municipales. Pudieron ser las decenas de operadores políticos instalados a sueldo en los territorios, como denuncia el diputado Rodrigo González. Operadores políticos que se financian con plata pública para controlar, a veces, casi al estilo mafioso las poblaciones que luego se transformarán en votos y así en cuatro años más de poder. Pero no, no se mencionó nada de esto a la hora de nombrar a un responsable del déficit de 13 mil 500 millones en el Municipio de Viña del Mar, en conferencia de prensa. Se decidió culpar a la gente que vive en los campamentos. Se decidió mirar a los cerros. Sin pudor, sin aspavientos. Entre decenas de vicios, entre las miles de pegas que debe hacer una municipalidad, se eligió informar al país que la culpa es de los pobres. Se decidió culpar a los pobres. Porque la culpa siempre es de los pobres, por ser pobres, por atreverse a vivir en un espacio que no les corresponde en una comuna, de las más ricas de Chile, que no les corresponde. Porque son un cacho. Eso quiso decir la alcaldesa Virginia Reginnato -la misma que antes dijo que “las personas que viven en campamentos curiosamente no tienen luz, pero todos tienen antenas de televisión”- cuando se defendió de la crisis profunda de sus finanzas diciendo que los gastos han aumentado, en parte, por la ayuda a los campamentos. “No son tan menores (los gastos). Nosotros tenemos que llevarles el agua, el aseo, y eso no es menor”.

Claro, luego se pone el parche: “No estoy diciendo que por eso sea el déficit, se han juntado muchas cosas y en eso estamos trabajando para dar las soluciones, para tener mayores ingresos y para tener regularizado el tema del financiamiento”. No está diciendo que por eso sea el déficit, pero entre todas las cosas que ella dice que se le han juntado, lo único que se le viene a la cabeza con tanta fuerza, detalle y énfasis son los campamentos. Pero ojo, que no está diciendo que por eso sea el déficit. La argumentación de la alcaldesa sirve para ilustrar cómo opera tantas veces la discriminación: por intuición, por instinto, por lo que no tenías planeado decir pero se te sale porque en verdad es lo que sientes. Se le han juntado tantas cosas, pero ah, los campamentos, qué cacho los campamentos, impone el subconsciente. Así es la segregación, en Viña, en Santiago, en todas partes. Podría mencionar así, apuntando con el dedo, tantas causas del despilfarro, pero seleccionó al más débil, al que tiene menor herramientas para atacar de contra. Al que tiene tan menos herramientas que si decido no le saco la basura, lo dejo sumido en el hedor de tomates podridos y pañales, sin agua potable y perdido entre las ratas. A ese elijo apuntar con el dedo. Pero ojo, la señora no está diciendo que por los campamentos la billetera está como está. No se confunda.

El campamento Felipe Camiroaga, uno de los más insignes de Viña del Mar, tras ser devastado por incendios forestales

En la subdesarrollada mentalidad política chilena, los pobres son un lastre, una carga, algo que no se quiere ver porque no se asume la responsabilidad del Estado, de la forma de ser de un Estado, no se asume la responsabilidad de lo que no ha podido hacer una nación en centenarios de historias, en el por qué hay gente que no tiene donde vivir, gente que tiene que asentarse en lugares peligrosos con construcciones artesanales para morir en un incendio, sin agua y sin luz. Rogando por agua y luz desde un potrero al fondo, al rincón de la ciudad. Sin el derecho a una vivienda digna en la constitución de la República. En la subdesarrollada mentalidad política y social chilena, el pobre y las posibles alternativas para salir de la pobreza y construir proyectos de vida diferentes, no son una oportunidad para innovar, para apostar como comunidad en el intento por una salida digna y colaborativa, entre todos. En la subdesarrollada mentalidad institucional chilena, los pobres y sus inmundicias, los pobres y sus hediondos y latosos problemas de gente pobre, son los que atrasan, molestan, incomodan y enrabian a los bonitos del centro, a los ya resueltos, a los que -hasta injustamente, como varios funcionarios del Municipio de Viña del Mar- siguen aumentando su sueldo y generando diferencias abismales y anti éticas en este país productor de desigualdades tan brutales que llevan al más enfermizo de los odios. El pobre es el cacho que siempre cuando estoy mirando un futuro más esplendoroso que el de ayer viene arruinar la fiesta, la expectativa personal, y si no es él el que precisamente la está arruinando, es el culpable igual, por comodín. Por estar ahí. Por existir.

Por eso la tía Coty culpa a los pobladores de campamentos como factor clave para su irresponsable deuda. En la práctica, los culpa por existir, porque la responsabilidad en el hoyo financiero de la ciudad que recibe cada año tantos millones por parte del canal organizador del Festival, aporte que le permite financiar el 20% del presupuesto anual de la ciudad sólo con el evento musical, no es de su errada planificación y capacidad de reacción para el uso de recursos en el área social. La responsabilidad no es el chipe libre de asignación de recursos en sobresueldos que acusa Contraloría. La responsabilidad es del más desposeído, del más desvalido, del que muchas veces no tiene los recursos comunicacionales ni la plata de la micro para irte a reclamar. La culpa no es mía, que he llevado las riendas del caballo desde el 2004, sino del que no tomó decisiones a la hora de la generación de una deuda que no se acumuló en un par de meses ni en un par de años, sino en más de una década de forma de gobierno, de manera de funcionar.

Lo más lamentable de las declaraciones de la alcaldesa es que esta forma de operar desde el poder municipal no es patrimonio de Viña ni de su sector político, la derecha; es una forma incrustada en buena parte del sistema de administración del poder en Chile. Por mientras, a seguir estigmatizando a las casi cuatro mil personas que viven en el campamento Manuel Bustos, desde donde su sacerdote -Marcelo Catril- reaccionó indignado declarando que “me da rabia porque lo que dicen de la inversión uno, que está ahí, no lo ve reflejado del todo y estoy seguro que no es así. Creo que hay más gasto en la famosa alfombra roja que en nuestros campamentos y poblaciones. Lamento que justifiquen sus gastos culpando a los campamentos”. En tanto, a seguir estigmatizando a las novecientas familias del campamento Felipe Camiroaga que en febrero de 2017 irrumpieron en el piscinazo del festival para alegar contra la alcaldesa y “su incumplimiento de un contrato que contemplaba, entre otras cosas, dotar de electricidad y agua potable a la zona. No nos interesa el Festival, no tenemos ni luz para verlo”, dijeron esa vez.


Director Noesnalaferia