Si a las izquierdas latinoamericanas les tocase describir los últimos cinco años de América Latina, los pintarían de negro, los cantarían con música gótica o recitarían poemas épicos a lo que ya fue. Definitivamente, los últimos años han sido un constante declive para las izquierdas, no sólo porque han llegado a los respectivos palacios presidenciales derechistas consumados o empresarios exitosos sino porque también desde el extremo norte ha llegado el presidente más insolente contra la región. El próximo 1 de julio de se celebrarán elecciones presidenciales en México y será una oportunidad para aminorar la restauración conservadora en la región.  Algunos países tales como México y Colombia se mantuvieron al margen de la denominada “década ganada”, cuando desde 1999 a 2009 el continente estuvo liderado por una mayoría de gobiernos centroizquierdistas e izquierdistas y alcanzó sus mejores números macroeconómicos.  Este año, el panorama podría tomar otro giro si es que gana Andrés Manuel López Obrador de la mano de su partido Morena.

México es un país muy importante para sus vecinos, no solamente por la hegemonía cultural que tiene sobre las regiones de Centro y Sud América, sino porque regionalmente, juega un importante papel como gigante económico, no por nada, junto con Chile son los únicos países latinoamericanos en la OCDE, y junto con Brasil están en el G20.  Por otra parte, hay que recordar que a la fecha México, Chile, Colombia y Perú han sido los integrantes principales de la Alianza Pacífico (AP), surgida entre otras razones para darle un freno a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestramérica. De ganar, difícilmente López Obrador se mantendría en la AP o le daría la misma fuerza.  Lo de Morena (la emergente coalición de López Obrador) no sería un cambio total, puesto que bastante nos ha enseñado el siglo XXI y el proceso de globalización sobre el poder: que este estaría más cercano a las grandes empresas y grupos económicos, que a los sillones presidenciales. Sin embargo, el neoliberalismo mexicano es particular, y en él, el Estado juega un papel fundamental, y con especificidades locales, el presidencialismo mexicano es un poder categórico dentro de la política nacional e internacional.

Uno de los principales desafíos para López Obrador es llevar a cabo un gobierno limpio y eficiente, demostrando que la izquierda mexicana, aún tiene un proyecto de gobierno y de sociedad que ofrecer. En especial, en el contexto mexicano actual, en que el descontento social es de altas proporciones. Esto debido a que, algunos escándalos de fuerte impacto internacional no han sido resueltos, tales como la fuga de Joaquín Chapo Guzmán en 2016 y la inexplicable desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014, junto a otros hitos recientemente publicitados globalmente.  Pero más allá de los escándalos, si llevásemos a México a la pizarra, sus cifras son altamente preocupantes, pese a que en los últimos años han mejorado mucho en el Índice de Desarrollo Humano, según cifras de la ONU en México se cometen promedio 7 femicidios al día, en el informe anual de Transparencia Internacional, se ubica en el puesto 135 entre los 180 con mayores índices de corrupción. En cuanto a Libertad de Prensa medida por Reporteros Sin Fronteras, se encuentra en la posición 147 entre 180, y en el Índice de Democracia que elabora anualmente The Economist está en el puesto 66 dentro de 167, quedando en mejor pie. Como si fuese poco, en el país se reconocen alrededor de 200.000 muertos desde que Felipe Calderón lanzó la Guerra contra el narcotráfico en 2006.

El panorama anterior parece catastrófico y en alguna medida lo es. Pero para comprenderlo de mejor manera, habría que preguntar por los actores y los procesos que han construido este escenario actual de México. Uno de estos, sin lugar a dudas es el PRI, que gobernó el país por más de 70 años y sin el cual es imposible comprender el siglo XX mexicano.  Hoy por primera vez el PRI no apoya a un militante de sus filas, y ha respaldado la aspiración presidencial de José Antonio Meade. Pero satanizar al PRI es un ejercicio fácil que resuelve poco y nada, como bien dice Rogelio Hernández Rodríguez, si el PRI fuese exclusivamente una maquinaria dedicada a la manipulación no podría entenderse por qué ganó por varias décadas, por qué ha podido reinventarse y volver al poder.Además, Hernández sostiene que una de las mayores virtudes del partido es su política de inclusión, basada en una organización partidaria capaz de convocar hacia sus filas a una diversidad impresionante de clases sociales y corrientes ideológicas. Esta transversalidad la ha entendido Morena, que aún no ha podido construir una mayoría que le asegure el triunfo, pues en el país norteamericano no hay segunda vuelta, por lo que todo se juega en una sola carrera electoral. Sin embargo, tenemos que reconocer que, ha logrado dar cuenta de un apoyo amplio, pues son los favoritos de los jóvenes, al mismo tiempo tienen el apoyo de un sector importante de la comunidad académica nacional, y concitan mucha fuerza en la Ciudad de México, en un espectro amplio de clases sociales.

El Movimiento de Regeneración Nacional, muy simpáticamente abreviado como “Morena” en un claro guiño a la morenita, la virgen de Guadalupe, inscrito oficialmente como partido político recién a mediados de 2014 y compuesto por una significativa presencia de antiguos militantes del Partido de la Revolución Democrática (PRD), es hoy por hoy el partido político de izquierdas en México con mayor incidencia en el electorado. Morena, apela a una serie de elementos comunes al PRI de antaño, desde el rescate de figuras simbólicas como el presidente Lázaro Cárdenas, a la característica de poder ser de centro, izquierdas y derechas a la vez.  No hay que olvidar que, para una izquierda más ortodoxa, es incomprensible que MORENA haya hecho alianzas con el conservador Partido Encuentro Social y que haya afiliado a sus filas a una serie de antiguos militantes de la derecha y el PAN. El programa que levantan desde el partido no es en ningún sentido radical, se plantea acabar de raíz con la corrupción que según cálculos de ellos mismos significa a nivel estatal, una merma anual de más del 10% del presupuesto nacional.  En sus propias palabras, la apuesta de Morena es hacer la “cuarta transformación”. En el relato que desde Morena se hace de la historia, los otros tres cambios fueron la independencia de la corona española, las reformas liberales de Benito Juárez y la revolución mexicana de 1910. Esta es una lectura interesante porque niega la importancia de la “transición a la democracia” en el 2000, pues para las y los morenistas el cambio entre PAN y PRI es en los hechos escasamente relevante.

La idea de que las elecciones no han sido justas ni han reflejado el triunfo de la candidatura más votada es un fantasma que recorre un largo trecho de la historia republicana de México. A su vez, es un fantasma que ha pesado fuerte tras la revolución mexicana y el período constitucional iniciado en 1917 y desde que el PRI y sus antecesores han gobernado el país. Este fantasma también persigue a Morena y a quienes podrían girar el escenario geopolítico regional, el propio López Obrador ha denunciado fraude presidencial en dos ocasiones, en 2006 como elección fraudulenta total y en 2012 a través de la compra masiva de votos.

Por otra parte, la otrora izquierda social democrática del PRD ha apostado por consolidar la alianza con el PAN que había permitido expulsar al priismo de distintas gubernaturas regionales y respaldar al conservador Ricardo Anaya como carta presidencial. A su vez, el zapatismo levantó la candidatura presidencial de María Jesús Patricio Martínez, Marichuy, quién ha tenido enormes dificultades para reunir las más de 800 mil firmas que requieren las restrictivas normas que rigen la inscripción de candidaturas independientes. Históricamente los Zapatistas, en los 90 apoyaron a una candidatura local de Chiapas, luego en 2006 el Subcomandante Marcos y los suyos recorrieron México con la idea de la “Otra campaña”.  Sin embargo, esta nueva alternativa tampoco logró consolidar un puesto en la cartola presidencial de julio próximo. Pero esto no disminuyó el debate generado en su momento, respecto al valor de que una mujer indígena de los Estados del sur del país despertara la opinión pública nacional e internacional respecto de las posibles alternativas que las fuerzas sociales, no solo políticas pueden llegar a proponer en México.

En cualquier escenario, estas elecciones hay que entenderlas en clave latinoamericana. A nivel interno, el triunfo del PRI o el PAN podrían significar algunas diferencias, pero su política exterior sería muy similar, en caso contrario, un triunfo de López Obrador sería un remezón. El canciller mexicano Luis Videgaray ha sido uno de los actores políticos más incisivos frente al caso Venezuela, difícilmente López Obrador apoyará las ideas de Nicolás Maduro, pero es igual de difícil pensar que será un actor preocupado por cuestionar al madurismo. Con el devenir de los próximos meses México, con una cancillería fuerte, una cantidad de recursos económicos realmente significativa y una voz respetada en el concierto de naciones podría iniciar un cambio político y de paso entregar una voz de aliento a las izquierdas del continente.

 


Miembro del Equipo de Investigación del Observatorio de Historia Reciente de Chile y América Latina de la Escuela de Historia de la Universidad Diego Portales.