“Hay un par de negros en la esquina”. Así escribió uno de mis vecinos en el chat de seguridad que creamos hace un par de años en el barrio. Se me cayó la cara y, por supuesto, no lo dejé pasar. Vecino me tiró su enojo de vuelta: “¿no has visto las noticias de los haitianos?”. Tuve que contarle que haitiano, o negro, o pobre, no es sinónimo de delincuente.

Hace tiempo que arrastro una pequeña obsesión. ¿Qué explica la distancia entre la buena percepción que chilenos y chilenas tienen de su propia vida y la muy mala que tienen (o tenían) sobre la situación del país?

Respecto a la propia vida está la experiencia diaria. El fin de semana largo en la playa (no importa el taco); el auto del año (no importa el taco, ni la cuota mensual); las vacaciones fuera del país (no importa el colapso del aeropuerto); el cyber Monday (qué importa si las páginas se caen, lo importante es la oferta); la comida con amigos en algún restaurante (no importa si la cuenta es cara y la comida es ahí no más); una linda tenida, una pasada millonaria por la peluquería, la manicure, el spa, el gimnasio. Como diría Jorge González: “¿y el costo? ¡¡¡qué importa el costo!!!”.

Y a pesar de todos esos cotidianos y a ratos desesperantes costos alternativos, en 2017 el índice de felicidad construido por la ONU decía que los chilenos ocupábamos el segundo lugar de la tabla de los más felices en América, después de Costa Rica.

No obstante, la percepción respecto del devenir de país era que las cosas iban mal. Según el estudio Chile 3D de Adimark, el 69% de las y los chilenos se declaraba feliz, mientras que solo el 27% se sentía satisfecho con el país. En una mirada más global, un estudio de Ipsos (Perils of perception) muestra que en muchos países se produce una distancia entre la percepción y la realidad de algunos fenómenos. Entre 35 países, Chile está en el lugar número 13 con las percepciones más equivocadas. Por ejemplo, respecto de la proporción de migrantes presos (en la mayoría de los casos, está sobreestimado), sobre el estado de salud (la mayoría se percibe peor de lo que está), sobre la cantidad de autos, sobre el embarazo adolescente, sobre suicidio. En general, hay una distancia entre la realidad y la percepción.

Volvamos a esta pregunta: ¿por qué ese mismo país en el que vives feliz, no te satisface? ¿Es un asunto de percepción? ¿Y cómo es que percibimos eso que les pasa a los otros (y que es bastante más malo que lo que me pasa a mí)? ¿Redes sociales y medios de comunicación?

Para escribir esta columna me encuentro un gráfico de la UDP que muestra cómo ambas líneas (la satisfacción con la propia vida y la percepción país) evolucionaron entre 2006 y 2015. En los gobiernos de Michelle Bachelet se separaron (la evaluación país, especialmente en el segundo periodo, fue mucho más mala que la personal) y en el anterior de Sebastián Piñera, se hicieron mucho más cercanas. Mismo país, mismos medios, distinta coalición gobernante.

¿Tendrá esto que ver con cómo los medios de comunicación nos cuentan lo que va pasando? Varios amigos periodistas que trabajan en medios dicen que no es tan así. Que la gente hace lo que quiere, que los medios no son tan influyentes, que las noticias que aparecen son las que la gente quiere ver. Yo tengo serias dudas.

Por el lado de las redes sociales, hace muchos años una buena fuente en temas de tecnología, me dijo que el problema de las redes radicaba en que eran ecosistemas en que la gente iba a navegar como si se tratara de la propia web. Dicho en fácil, que entrarían a la web vía Facebook y lo que verían sería lo que Facebook quisiera mostrarles.

En los últimos días ya hemos visto que Facebook sí puede mostrarnos un mundo bastante artificial, hecho a la medida de nuestros “intereses” y prejuicios.

Entonces, si las redes sociales se adaptan a nuestros juicios y los alimentan con más de lo mismo, y si los medios dicen publican las noticias que la gente quiere ver, ¿somos los consumidores de noticias al mismo tiempo los autores de las imágenes que alimentan nuestra percepción del país?

Al menos Mark Zuckerberg, el dueño de Facebook, tuvo que ir a dar explicaciones al Congreso de Estados Unidos por el mal uso que se dio a los datos personales que su red social recolecta de sus usuarios (con potenciales efectos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, nada menos).

Por el lado de los medios de comunicación, la cosa es harto más difícil. Es poco probable que alguno reconozca una intencionalidad en la manera de contarnos las cosas que pasan, porque dirán que son objetivos. Y, aquí es donde viene la pregunta obvia: si son objetivos, ¿cómo es que hemos sido de los más felices de Latinoamérica en un país que nos genera tantas insatisfacciones?

Como diría Condorito, exijo una explicación.


Periodista, Universidad de Chile y Socia Directora de Conversas