La última vez que escribí algo sobre los muchos peligros que acechan a mi amado país, expliqué lo difícil que era ser mujer en Brasil, especialmente para una activista negra y lesbiana nacida en una favela.

Quería decir al mundo que no cerrara los ojos ante una serie de propuestas de ley que vulneraban los derechos de las minorías y de los miembros más marginados de la sociedad. Advertí de que iban a hacer aún más dura la vida de la gente.

Mi hermana en la lucha Marielle Franco murió por disparos hace un mes, cuando estaba yo fuera del país, trabajando con otras mujeres valientes que hacen campaña contra los homicidios policiales de jóvenes de raza negra en Brasil, Jamaica y Estados Unidos. Habíamos unido nuestras fuerzas y estábamos planificando cómo hacer oír nuestras voces a fin de detener el flujo constante de homicidios cometidos por parte de quienes se supone que deben protegernos.

La noticia me afectó mucho. De repente me sentí mareada y no podía dejar de temblar. Apenas podía contener la rabia y la tristeza.

Sentí de inmediato la necesidad de saber más, de hacer algo, mientras me venían a la cabeza los recuerdos de mis encuentros con Marielle.

Recordé una tarde soleada, hace poco más de un año, en que nos encontramos de improviso en una cena en Río de Janeiro. Marielle acababa de ser electa concejala por abrumadora mayoría y yo estaba empezando en mi trabajo de directora ejecutiva de Amnistía Internacional Brasil.

Recuerdo nuestras sonrisas y nuestro entusiasmo, sabiendo que éramos beneficiarias privilegiadas de la lucha negra, especialmente de la lucha de las mujeres negras de las favelas. Nos llevábamos 20 años, pero las dos reconocíamos la enorme oportunidad y responsabilidad que teníamos ante nosotras: representar a las mujeres negras de las favelas y otras zonas periféricas en entornos donde no se ha respetado ni se ha tenido en cuenta jamás a las personas como nosotras.

Nací en la favela del Morro dos Cabritos, en Copacabana, y ahora estaba ahí, empezando un nuevo capítulo de mi vida como directora de la sección brasileña de una de las organizaciones de derechos humanos más importantes del mundo. Mientras, Marielle, que venía de la favela de Maré, en lal parte norte de la ciudad, había conseguido uno de los 51 escaños del concejo municipal tras recibir más de 46.000 votos, siendo la suya la quinta candidatura más votada de las nada menos que 1.625 presentadas.

Ese día estábamos contentas, orgullosas y seguras de que podríamos asumir los retos y responsabilidades que teníamos ante nosotras. Creíamos que continuaríamos rompiendo barreras.

La última vez que estuvimos juntas fue en un acto en el que Marielle rindió homenaje a Conceição Evaristo, íntima amiga y una de las escritoras más grandes de Brasil, en nombre del ayuntamiento de Río. Fue otra oportunidad de celebrar nuestra hermandad.

Decidida a transformar la sociedad y defender a quienes necesitaban protección, Marielle tenía una sonrisa permanente que hacía que todo pareciera posible.

Al trabajar muy cerca una de otra por metas comunes, para mí era evidente la voz fresca e inspiradora que tenía. Su negativa a aceptar las múltiples injusticias que ella y otras personas como ella soportaban en Río se había convertido, no en un carga, sino en un impulso para vencerlas.

Esas injusticias no ponían a Marielle enfadada, sino contenta. No la debilitaban, sino que la empoderaban. No la inhibían, sino que la hacían sentirse orgullosa de salir en defensa de quienes no tenían voz.

Un mes después de su homicidio, me siento más decidida que nunca a luchar y a movilizar a la gente para pedir justicia para Marielle.

La autoridades brasileñas no han determinado aún quién disparó contra ella, quién ordenó el homicidio ni por qué la mataron. Pero cuanto más sabemos de lo que pasó, más claro parece que la mataron por ser quien era: una orgullosa mujer negra, nacida en una favela, lesbiana y activista contra la violencia que infligen a quienes viven en la pobreza algunos miembros del ejército y la policía.

¿Tan peligrosas somos que creen necesario silenciar nuestras voces? ¿Quién va a ser la próxima víctima, otra de mis muchas compañeras y compañeros de las favelas que piden el fin de las operaciones policiales y militares efectuadas para “pacificarnos”? ¿Una de mis hermanas de las organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres que se oponen a la violencia patriarcal? ¿O será alguno o alguna de mis colegas que defienden los derechos humanos en todo Brasil?

Hace falta mucha valentía, determinación y solidaridad para afrontar nuestros miedos y poner fin a este dolor de una vez por todas.

Las autoridades brasileñas probablemente no esperaban la reacción mundial masiva provocada por el homicidio de Marielle.

En Río sabemos lo que tenemos que hacer para demostrarles que se equivocaron: asumir nuestro dolor, consolarnos, reagruparnos y actuar todas y todos juntos contra la impunidad. Lo tenemos claro.

Pero una vez más necesito enviar este SOS a todas y todos los que no estáis en mi país. Nos resultará más fácil ganar esta lucha si hacéis oír vuestras voces también.

Marielle solía citar la filosofía Ubuntu: “Soy porque nosotros somos”.

Ahora ha llegado el momento de que seamos nosotras y nosotros quienes salgamos en defensa de Marielle. Somos porque ella fue.


Directora ejecutiva de Amnistía Internacional Brasil