En octubre de 1956 tuvo lugar lo que comúnmente conocemos como “la crisis de canal de Suez”, cuando los ejércitos de Israel, Francia y el Reino Unido decidieron atacar Egipto, entonces liderado por el coronel Gamal Abdel Nasser. Se trató de una “agresión tripartita” contra un régimen nacionalista árabe afirmada en una mentira, como respuesta a la nacionalización del canal de Suez –controlado por los británicos– por parte del líder egipcio, empecinado en encontrar los recursos necesarios para industrializar su país y sacarlo del subdesarrollo.

Representantes de Inglaterra, Francia e Israel se habían reunido secretamente semanas antes en la ciudad de Sevres para planificar esta operación. Egipto fue acusado de promover ataques de guerrillas palestinas contra Israel, justificando así una invasión por parte de su ejército y la posterior entrada de tropas franco-británicas para “pacificar el territorio”, usándolo de coartada para derrocar al gobierno de Nasser.

Esta maniobra terminó en un fracaso gracias a la intervención de la Unión Soviética y Estados Unidos e instaló a Nasser como uno de los principales líderes anti-imperialistas del Tercer Mundo, gatillando una serie de revoluciones en Siria, Irak y otros países árabes.

El pasado 14 de abril asistimos a una nueva “agresión tripartita”, esta vez perpetrada por Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, basada en argumentos cuestionables y con resultados limitados, contra el único gobierno que todavía afirma su legitimidad en el nacionalismo árabe (habiendo sido derrocados ya los de Saddam Hussein en Irak y MuammarGaddafi en Libia).

Con la excusa de castigar al gobierno de Bashar al-Assad, acusándolo de realizar un ataque con armas químicas en la localidad de Duma, la tríada Trump-Macron-May apuntó a Siria con 110 misiles lanzados desde el Mediterráneo por buques y aviones.

El resultado fue, como mínimo, mediocre: casi dos tercios de los misiles fueron derribados por la defensa anti-aérea siria, compuesta principalmente por sistemas S-200 de la era soviética y con ayuda de algunos aparatos de guerra electrónica para desviar a los misiles de sus blancos. Al día siguiente, los sirios salieron a las calles a celebrar el fracaso del ataque occidental.

Además de las bases aéreas “utilizadas para lanzar ataques químicos”, la agresión tripartita apuntó al Centro de Investigación Científica en Barzeh, un suburbio de Damasco, argumentando que se trataba de una instalación donde se fabricaba armamento químico. Construido en 1969 con apoyo del gobierno francés, este centro tenía por objetivo el desarrollo de tecnologías para el tratamiento de aguas, energía solar, computación y telecomunicaciones, entre otras actividades civiles. De hecho, en noviembre del año pasado, la misión de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) había certificado que dicha instalación no presentaba evidencias de ser utilizada ni de contar con materiales para el desarrollo de este tipo de armas.

Este incidente nos hace recordar aquel de agosto de 1998, cuando el entonces presidente Bill Clinton atacó con misiles lo que se suponía eran “instalaciones de Osama Bin Laden” en Sudán, como respuesta a una serie de atentados de al-Qaeda en África. Pocas semanas más tarde Washington se vio forzado a admitir que no se trataba más que de una empresa farmacéutica, y evadió la responsabilidad acusando “mala inteligencia”. Curiosamente, dicho ataque tuvo lugar el mismo día que Mónica Lewinsky testificaba frente al congreso estadounidense, de la misma manera que hoy el escándalo de la actriz porno Stormy Daniels sacude a la administración de Donald Trump.

“Ataque químico” en Duma: Dudas razonables

El “incidente químico” del 7 de abril en Duma, que sirvió de excusa para la ofensiva tripartita, debe ser también sujeto a escrutinio: hasta el momento no existe prueba alguna de que un ataque químico incluso haya tenido lugar.

El veterano reportero del The Independent, Robert Fisk, ha sido el único periodista occidental que ha visitado Duma, y tras entrevistar a cerca de veinte residentes, todos coincidieron en que no había ocurrido un ataque químico; uno de los médicos del lugar explicó a Fisk que el video que se ha difundido por los medios muestra a algunos residentes de la localidad afectados por hipoxia producto de la aspiración del polvo levantado tras un bombardeo, y no a víctimas de un ataque químico.

El Secretario de Defensa de Estados Unidos, general James Mattis, le dijo al congreso estadounidense que no tenía pruebas del ataque químico de Duma. En febrero pasado, el mismo Mattis había confirmado que Washington tampoco tenía pruebas de que Assad fuera responsable del incidente químico de abril de 2017 en Jan Sheijún, que sirvió de excusa para el primer ataque estadounidense deliberado contra el ejército sirio. En aquella ocasión, tanto el ex inspector de armas químicas de la ONU en Irak, Scott Ritter, como el profesor del MIT, Theodore Postol, cuestionaron la “versión oficial” respecto a los incidentes químicos en Siria. De la misma forma, el primer ataque químico atribuido a las fuerzas de Bashar al-Assad, de agosto de 2013, se encuentra cubierto por un manto de dudas.

También resulta sospechoso el “timing” de estos incidentes: cada vez que el gobierno sirio parece anotarse una victoria política o militar, cae en un “acto de irracionalidad” para echarse encima a la comunidad internacional.

El sentido común nos dice que estos incidentes parecen más una maniobra desesperada de los grupos rebeldes y sus patrocinadores por entorpecer los avances militares del bando leal: en agosto de 2013, el gobierno sirio se encontraba empoderado gracias a la ayuda militar de Hezbolá e Irán; en abril de 2017, Assad se estaba anotando un triunfo político cuando Trump había anunciado que Estados Unidos no buscaba el “cambio de régimen” en Siria; y ahora, en abril de 2018, el mismo Trump había declarado su intención de retirar las tropas estadounidenses que ilegalmente ocupan el norte de Siria, mientras sus fuerzas habían liberado casi toda la Guta oriental, bastión de los rebeldes islamistas.

En cada una de esas oportunidades, Assad tenía mucho que perder si perpetraba un ataque químico; los rebeldes, por el contrario, obtenían un comodín para preservar el patrocinio externo a sus operaciones militares.

Por último, hay que recordar que el arsenal químico de Siria fue desmantelado en barcos norteamericanos en 2014, en virtud de un acuerdo entre Rusia y Estados Unidos. Fue el mismo John Kerry, entonces Secretario de Estado, quien confirmó la destrucción del 100% del arsenal químico sirio. Al mismo tiempo, se ha informado que diferentes grupos rebeldes, además del Estado Islámico (Da’esh), cuentan con armamento químico; de hecho, la organización Jaysh al-Islam – que controlaba Duma – fue acusado perpetrar un ataque químico contra población kurda en 2016.
Nota aparte es que el Ministerio de Defensa de Rusia haya denunciado, al menos desde mediados de marzo, la inminencia de un “incidente químico” en Siria para culpar al gobierno y forzar una escalada militar.

Juego de tronos en la Casa Blanca

Finalmente, se deben considerar las tensiones internas que agobian a la administración de Donald Trump.

En lo que respecta a política exterior, el general Mattis parece el único actor realista en esta obra, debiendo enfrentar la presión de neoconservadores como el nuevo Secretario de Defensa, Mike Pompeo, y el nuevo Asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, uno de los artífices de la guerra de Irak en 2003 –y que antes de asumir había argumentado en favor de atacar Siria, Irán y Corea del Norte. Según algunos informes, Mattis evitó en al menos dos ocasiones el lanzamiento del ataque norteamericano durante la semana del 7 al 13 de abril y siempre favoreció blancos limitados; Bolton, por su parte argumentó en favor de una “campaña sostenida” de bombardeos a infraestructura civil y militar– un adelanto de dicha campaña serían los ataques de Israel a Siria, que tuvieron lugar a pocas horas del “incidente químico”, a los que Bolton había dado luz verde.

Tras las amenazas veladas de Moscú –como las declaraciones del embajador ruso en el Líbano, de derribar cualquier misil norteamericano en Siria– la Casa Blanca optó por un ataque limitado y en coordinación con el Reino Unido y Francia.

Aunque esta última bravata imperial no gatilló un enfrentamiento militar directo entre Estados Unidos y Rusia, bien podría tener lugar la próxima vez. Las últimas dos guerras mundiales estallaron por errores de cálculo de las potencias, que en su arrogancia confían en una victoria rápida o no se esperan una respuesta del enemigo. Y en ambos casos, fueron las potencias que iniciaron el conflicto las que terminaron perdiéndolo.


Magíster en Estudios Internacionales, U. de Chile