Un breve recuento ya en pleno 2018: el mejor libro de narrativa en español que arrojó el 2017 no es sino uno publicado a fines del 2016 y que casi nula repercusión tuvo, era que no, en nuestra siempre tan ocupada, desde luego en mucho más relevantes menesteres, crítica literaria local. Exculpemos aquí a los voluntariosos reseñistas: nosotros simplemente no sabemos lo que hacemos y equivocamos felices el rumbo cada vez. La tapa un tanto ingenua con mujer que vela su rostro bajo un paraguas, gatito a las faldas y mariposa azul eléctrico, o tal vez las casi mil páginas de encuadernación en rústica, bien pudieron asegurar un efecto disuasorio. Así es: no es tarea menor diseñar la portada de un libro, especialmente cuando lo que hay dentro es un indómito abismo de ficción.

Mejor dejarlo claro desde un comienzo: de ningún modo Garro es fundamental por haber figurado, más de alguien dirá padecido, como esposa de ese verdadero rey sol llamado Octavio Paz. Tampoco por haber sido acusada de traidora por los círculos intelectuales de izquierda mexicanos con ocasión de los conocidos sucesos de 1968 (Garro habría trabajado como informante de actividades subversivas para el gobierno de García Ordaz) y, a partir de ese hito, haber iniciado una especie de fuga sin fin junto a su hija Helena fuera de México. Estos dos episodios sin embargo, claves ambos, comienzan a dar forma a una producción cuyo común denominador será, primordialmente, la presencia de personajes femeninos sujetos a tramas donde el complot y la paranoia se tornan la moneda de cambio, y donde la habilidad inventiva de Garro para sostener esa clase de transacción (como sólo antes Kafka, aunque de otro modo, supo hacer), alcanza un registro fuera de serie.

Tres son la voces dedicadas, en Testimonios sobre Mariana (1981), a dar cuenta de una mujer casada con el único ser a quien teme en la vida: una eminencia de la arqueología contemporánea. Mariana es una entidad condenada al desprecio y la difamación por parte de su marido, descifrada y adejtivada hasta el mareo por cada uno de sus testigos, cada cual a su modo obsesionado con su existencia así como con los secretos y mentiras de la inestable pareja. El mundo de Augusto es aquel de la izquierda latinoamericana de los ‘60, lectora de Camus y Sartre, en cuyo salón privado se enarbolan toda clase de teorías en sesiones particularmente nefastas: “Augusto escogía a su mujer para ilustrar los temas. En presencia de la muchacha se discutía su educación, sus tendencias autodestructivas, su frigidez sexual, su rechazo a la sociedad y su esquizofrenia, su falta de responsabilidad que la imposibilitaba para educar a su hija”. La protagonista, de este modo, resulta un objeto de estudio abandonado a su suerte, un personaje que se desplaza como alma en pena, reacio a nuevas ofertas de felicidad, como esperando nada más el instante que pondrá fin a la desilusión sistemática de una existencia desperdiciada con el hombre y mundo equivocado.

En Reencuentro de personajes (1982), con análoga agudeza Garro despliega una trama como de “opereta de maleantes”, retratando con magistral ritmo imaginativo y destreza metaficcional, un mundo masculino feroz y grotesco, el de Frank y su círculo íntimo sobre Verónica, una mujer que diagnostica perfectamente a su amante, asesino sádico regido por la manipulación casi absoluta. Verónica deambula por Italia y París con un hombre para quien insultar resulta cotidiano pues el amor no equivale sino a “la degradación del ser amado”. Pronto sucesivos personajes, en su mayoría amistades de estatus, fortuna y vinculados a la casta literaria, traspasarán los mundos de Evelyn Waugh y Scott Fitzgerald, complejizando el relato de una mujer que prosigue leyendo con sagacidad, y pese a las constantes acusaciones de locura, cada calculado movimiento de Frank y el de sus coludidas amistades, descifrando completamente a una pandilla desde la cual “no hay escapatoria. Están en todas partes y se conocen todos… Son como una secta”.

Este par de novelas, que disectan la brutalidad de círculos intelectuales gobernados por las ambiciones que aparantemente condenan (“Los escritores son fatídicos, ellos escribieron mi destino… No pidieron mi opinión”), bastaría para situar a Garro, sin ningún tipo de reserva, en lo más alto de la ficción de todos los tiempos. Pero por fortuna hay más: “La desdicha empezó en mi casa con la desaparición de mi hermanita Magdalena”, narra Estefanía al comienzo de Mi hermanita Magdalena (1998), quien junto a su hermana Rosa comienzan a jugar al detective para averiguar, por los barrios del D. F.,  adónde fue a parar la menor tras su boda con el oscuro Enrique. La lectura de Crimen y Castigo resulta inspiradora, y tras barajar la posibilidad de asesinar a la sórdida madre de su cuñado (“Nuestra óptica sobre el pecado cambió y nos sentimos dispuestas a ejercer el derecho a matar para salvar a Magdalena”), Estefanía viaja a Europa tras un telegrama urgente escrito por la propia desaparecida desde París. Allí parte a develarse el thriller: Magdalena teme a un marido que desconoce, que se inventó un pasado aristocrático ante la sociedad parisina y que parece estar vinculado a actividades truculentas cuyos brazos apenas se adivinan. El temor aquí es gatillante, y una peripecia colmada de personajes que parecen todos agentes doble en un contexto ideológicamente polarizado (Argelia, el tráfico de armas), comienza para jamás dar respiro.

El tono de Garro oscila entre lo farsesco y un peculiar relato de terror cuyos monstruos no son sino las acciones de hombres ligados al mundo del arte, la burguesía de izquierda y al poder que brota como la zarza a la vuelta de esas exclusivas esquinas. Y es ésa la ligazón, o tal vez la trampa, donde con peor o mejor suerte los personajes–víctima de Garro se debaten. Víctimas no en un sentido pasivo, es justo aclarar, pues las desventuras que la mexicana narra jamás carecen de humor y sátira, y eso redime a la narración de una coloración excesivamente sombría que naturalmente pudiese adquirir como relato tortuoso basado en un ánimo meramente conmiserativo. Garro no va por ahí. Garro venturosamente carece de todo eso. Lo suyo es algo así como una comedia de espanto, vuelta de tuerca a la picaresca más clásica y al relato de horror mismo, donde jamás se renuncia a la aguda observación de una violencia macabramente diseñada y orquestada desde la organización masculina del mundo, pero del que —ojo aquí— tanto mujeres como hombres toman parte.

Porque si bien cada novela de Elena Garro involucra necesariamente una puesta en evidencia de las voraces desequilibrios derivados de una suerte de violencia elitista legitimada y cruenta, otro gran mérito de la autora es trascender la denuncia polarizada, maniquea y carente del filtro de la invención. De otro modo no estaríamos hablando aquí de una cumbre de la literatura en español y no solo en español, pues el trabajo de Garro, como las brillantes novelas breves que completan el volumen bien demuestran (Y Matarazo no llamó…, 1991; La casa junto al río, 1983), se avoca acaso metódicamente a desentrañar algo que bien podríamos llamar la velocidad del complot latinoamericano.

La traición y la consipiración en Latinoamérica poseen una velocidad peculiar, pareciera querer decirnos el genio de la mexicana. Si en Kafka los procesos son precisamente eso, procesos, trámites engorrosos y burocráticos donde lo que prima es una frustrante demora sin fin, en Garro la conspiración posee una velocidad de ensamblaje desigual, donde lo que prevalece es la rapidez con que sus agentes hacen y deshacen, condenan y redimen, traicionan o guardan lealtad. La velocidad con que las chaquetas se dan vueltas: es eso lo que mueve la narración y es ese también el ritmo que define una paranoia extraordinariamente dinámica e inasible.

Tal vez sea por ello mismo que la prosa convulsa de Garro fluye como poseída, a una velocidad que no pertenece al tiempo de lectura en el que a la mexicana le tocó publicar, el momento dorado de Seix Barral y sus conocidos caballitos latinos de batalla; tiempo además que estacionó su obra en una difusión y tiraje discretos, con toda seguridad por razones extraliterarias. La contingencia por fortuna pasó, pero es por esa razón que a esta extraordinaria novelista no la conocen ni los libreros de segunda mano. Y sin embargo se trata de una escritora mayor, una escritora mayor en español, probablemente la de mayor potencia creativa del siglo pasado (Garro además fue guionista, periodista, coreógrafa y activista defensora de comunidades indígenas) y, por qué no, la más original de lo que va de éste también.

Elevemos la apuesta: la historia de la literatura contemporánea le debe a Garro un capítulo en el orden alfabético del canon que ubique su apellido, y su noticia, encabezando las literaturas no del pasado, sino del porvenir. Partiendo por el propio canon, todo está en contra de tal posibilidad. Es lo que, en último término, Elena Garro quiso transmitir en sus novelas brillantes y desesperadas, lo que lúcidamente autorretrató. Pero sabemos que toda gran literatura se las arregla para hacerse un espacio en la historia. Y es ese precisamente el caso de la literatura de Garro: pues no es sino ahora que adviene el tiempo de sus lectores.

Novelas escogidas (1981-1998)
Elena Garro
Fondo de Cultura Económica
945 páginas
Precio de referencia: $18.900