El día 5 de octubre del 2017, el Observatorio Regional de Desarrollo Humano ORDHUM, del cual soy director, realizó un conversatorio/debate con el entonces candidato presidencial José Antonio Kast. La gestación del mismo fue un tanto inaudita: un sargento se presentó en mi oficina, con la intención de que organizáramos un evento para que el candidato pudiera expresar sus ideas. Como académico, comparto la visión romántica de lo que es una universidad: un espacio universal, donde ideas y posturas son discutidas, un lugar de espacio para hacer política, moldear la sociedad, pensar la utopía y formar las mentes críticas y curiosas que la transformarán en realidad. Así, el contar con la presencia de un candidato presidencial de ultraderecha me pareció interesante, sobre todo como oportunidad única para que tanto la sociedad civil, como estudiantil y académica, enfrentaran las ideas y opiniones de uno de los mayores exponentes de la intolerancia nacional.

La actividad tomó lugar con un mínimo de asistencia de público, donde el candidato y su séquito tuvo toda la tribuna y poco desafío intelectual por parte de los pocos representantes de la izquierda local, quienes realizaron preguntas demasiado tibias, considerando la historia e ideas personificadas en el –entonces– candidato. Las pocas personas que asistieron eran, en su mayoría, adherentes y fanáticos del ex presidenciable. El resto eran algunos alumnos/as, y personas interesadas en la política nacional. No asistieron representantes de organizaciones estudiantiles, y creo que el único académico presente era yo. En ese contexto, el conversatorio fue relativamente corto, donde el diputado no dijo nada realmente escandaloso (todo está grabado, transcrito y disponible en la página del ORDHUM), y terminó con el candidato tomándose selfies con los pocos alumnos que logró convencer, luego de su monólogo lleno de clichés unidimensionales.

Sin embargo, un sentimiento de insatisfacción profunda quedó en mi cabeza luego de que Kast se retirara rodeado de su comitiva de seguridad (formada por personal de las fuerzas armadas de civil, muy preocupados por posibles atentados terroristas durante la realización del evento). Este sentimiento era amorfo, y sólo se solidificó claramente luego de lo acontecido en la Universidad Arturo Prat en Iquique, después del circo mediático donde un desfile de defensores de la dictadura y sus violadores de derechos humanos, vociferaban defendiendo una “tolerancia” en la cual nunca han creído. Así, este triste espectáculo me llevó a realizar una autocrítica en relación con el debate organizado para el diputado Kast. A continuación, presento algunas de estas reflexiones.

En primer lugar, sigo convencido de que la universidad es un espacio universal para el debate crítico y la discusión de ideas. Sin embargo, también creo que a veces se ha tomado una postura extremadamente pasiva ante las ideologías abiertamente basadas en el odio visceral al otro. Es fácil para un académico ocultarse en “la ciencia”, limitando nuestras opiniones a meras cuestiones medibles, comprobables, lógicamente sólidas y replicables. Cualquier opinión política es vista con sospecha en ciertos círculos científicos respetables. Progresivamente se nos valora menos por cómo colaboramos a mejorar la sociedad en la cuales estamos insertos, y cada vez más a través de métricas basadas en cuántas publicaciones en revistas científicas (casi todas en inglés) logramos escribir en un año. Así, cuando abrimos la universidad a políticos, nos comportamos ordenadamente, somos excelentes anfitriones, organizamos cocteles al finalizar la actividad y damos calurosas palabras de bienvenida. A veces somos tan disciplinados que, de hecho, preferimos mordernos la lengua de rabia ante comentarios abiertamente racistas, xenófobos, machistas, o peyorativos de cualquier tipo. Debemos mantener la apariencia académica, estar a la altura de nuestro doctorado, no dejarnos en ridículo mostrando emociones. Mientras tanto, desde la tribuna que abrimos, algunos invitados presentan ideas venenosas, que llegan impunemente a los oídos y mentes de quienes escuchan debido a nuestro cortés silencio.

Ante lo anterior, me autocritico diciendo que el haber callado ante la personificación de la intolerancia en Chile me hace, en cierta manera, cómplice de su discurso. José Antonio Kast no es cualquier político, es alguien quien orgullosamente dijo “si Pinochet estuviera vivo, votaría por mí”. ¿Qué ser humano puede hoy, en pleno siglo XXI, defender un régimen donde las violaciones a los derechos humanos horrorizan a todos quienes se atreven a reconocerlas? Lamentablemente la respuesta abarca a gran parte del público objetivo de Kast, personas que consideran a personajes siniestros, como las Ingrid Olderock y los Mamo Contreras, como héroes de guerra, a pesar de ser infames por (en el caso de Olderock) entrenar perros para violar mujeres; y (en el caso de Contreras) ser un ejemplo internacional de cómo planificar y ejecutar terrorismo de estado.

Asimismo, Kast ha basado su popularidad en escándalos mediáticos y un discurso violento basado en la intolerancia. Presentaré sólo tres ejemplos. Primero, la continua e irresponsable actitud de sugerir la militarización del conflicto en la Araucanía, subiendo un video a redes sociales mostrando el supuesto armamento que utilizarían los llamados “terroristas”; sugiriendo numerosas veces que en la Araucanía “no existe estado de derecho”; y que “si fuera presidente decretaría la ayuda de las Fuerzas Armadas” en esa región. Segundo, reforzar ideas xenofóbicas y negar el derecho humano a la libre movilidad, al plantear que no quiere que los inmigrantes se aprovechen y “vengan [a Chile] pensando que van a salvar sus vidas”, algo que se contrapone directamente con su cruzada “pro-vida” y discurso de “favorecer siempre la vida de todos”. Tercero, su lamentable actitud transfóbica al escribir que la reciente ganadora del Oscar, Daniela Vega, “es hombre” (algo a lo que la actriz contestó “estoy a otro nivel, no me interesa responderle”, anulándolo completamente). Todo lo anterior le hace un personaje que sólo existe, crece y se alimenta en el odio y la intolerancia, postura que lamentablemente sigue siendo muy popular en algunos sectores chilenos.

Sin embargo, vuelvo a la autocrítica de esta reflexión. Creo que algunos académicos hemos caído de cabeza en la paradoja de la tolerancia de Popper. Es decir, hemos tolerado a los intolerantes, con la ingenua esperanza de que a través del diálogo lógico y crítico se podrán encontrar síntesis razonables. Lamentablemente, como el mismo Karl Popper indica, esta actitud ha llevado una y otra vez al auge de totalitarismos, donde extremistas, fanáticos e intolerantes han llegado a una situación de poder inmerecidas, debido a la inactividad de quienes teniendo las capacidades intelectuales no hicieron lo suficiente por evitarlo. Creo que la universidad debe ser abierta solamente para aquellos que estén dispuestos a debatir y cambiar, es decir, que estén dispuestos a poner a prueba sus argumentos contra otros, y si éstos son lo suficientemente razonables y beneficiosos para la sociedad, sean adoptados en lugar de los anteriores. La universidad históricamente ha sido (y debiera ser) un enemigo natural de aquellos discursos dogmáticos, basados en el odio y adoctrinamiento, puesto que la base de la ciencia como conocimiento es su capacidad crítica y anti dogmática evolutiva. Creo necesario mencionar que esta reflexión no sólo se aplica a la ultraderecha, sino también a su equivalente en la izquierda. George Orwell continuamente denunció los abusos del régimen soviético y la corrupción dentro de la izquierda española antifranquista cuando era totalmente impopular hacerlo, lo que le costó el ostracismo intelectual varios años, a pesar de que el tiempo le dio la razón.

Por tanto, si tuviera que organizar otro conversatorio para Kast (cosa que dudo) dejo en claro lo siguiente: Primero, la universidad (como institución) ya bastante haría con abrirle las puertas, pero si es atacado debido al odio que ha sembrado, no tiene ningún argumento válido para decir cosas como “no me voy a rendir, voy a seguir planteando la defensa de la libertad, la defensa de la democracia”, siendo que en su vida ha defendido todo lo contrario: la coerción de una dictadura, junto a sus peores violadores de derechos humanos. Un ejemplo es su opinión de Miguel Krassnoff, quien a pesar de estar condenado a penas que suman más de 400 años de cárcel, sus múltiples delitos corresponden sólo “a cosas que se dicen de él” para Kast.

Después de lo ocurrido en Iquique es claro que Kast, y otros como él, deberán hacerse cargo de la creciente sanción social que sus palabras y acciones implican. Ante este escenario, esos intolerantes usualmente se escudan en la expresión (falsamente) atribuida a Voltaire “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Sin embargo, no sólo Voltaire nunca dijo eso, sino que planteó que “es preciso que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia”. En este sentido, defiendo totalmente el derecho de la sociedad civil de no tolerar a los intolerantes; pero también recuerdo que la victimización es clave como estrategia para la propagación de estas ideologías intolerantes, algo a considerar por posibles futuras sanciones sociales.

Segundo, es deber de los académicos el promover el pensamiento crítico, base del conocimiento científico. Así, somos nosotros/as los primeros que deberíamos poner contra las cuerdas las irracionales ideas basadas en el odio al otro, ya sean fascistas, machistas, xenófobas u homofóbicas, de cualquier político o persona con capacidad de influencia, a través de todos los medios posibles. Es decir, reconocerles, pero sólo para resaltar lo pequeño de sus argumentos, lo acomplejado de sus valores, lo irracional de sus comentarios y, así, despojarlos de todo tipo de influencia intelectual. Debemos superar el miedo paralizante (cuando exista), y desarticular la intolerancia de manera teórica, lógica, y científica, devolviendo las ciencias y sus metodologías al servicio de la sociedad. Esto, permitirá la recuperación del verdadero rol de la universidad, no sólo como fábrica de profesionales y técnicos, sino también como plataforma de formación de ciudadanos críticos y espacio de discusión e influencia política.

Por tanto, abrirles las puertas de la universidad a los intolerantes con cualquier otro objetivo que la desarticulación de sus argumentos e influencia no sólo sería irresponsable, sino que una traición a las víctimas pasadas, presentes y futuras del odio y violencia que estos grupos plantean. La pasividad académica no sólo facilita el camino al poder del intolerante y el surgimiento de nuevos totalitarismos, sino que (como advertía Popper), asegura la propia destrucción de la crítica y la tolerancia. En ese sentido, el sueño de la razón puede producir monstruos. Ése es el costo de tolerar un intolerante.


Académico y director del ORDHUM, Universidad Católica del Norte