Cobarde fue el traidor Pinochet que juraba lealtad y golpeaba por la espalda a quien debía obediencia y sobre todo respeto. Y una tropa de cobardes fue la coludida para construir una dictadura que partiría el alma de la nación mediante una represión sin parangón.

Cobardes fueron los autodenominados valientes soldados que se ensañaron con prisioneros y prisioneras amarradas, torturados, diezmados sus cuerpos por ametralladadoras, corvos, explosivos, drogas letales y lanzamientos en alta mar entre  atroces sufrimientos

Cobardes fueron lo civiles que guardaran celoso silencio mientras defendían en Europa la legitimidad del “pronunciamiento” que ellos mismos alentaron y promovieron y esperando secretamente que los conjurados les devolvieran en bandeja de plata el poder, como fueron los expresidentes Frei y Aylwin.

Cobardes fueron los políticos que negociaron la salida posdictadura a espaldas del pueblo, el que como siempre puso el mayor sufrimiento y la mayor cantidad de muertos, y desconocieron la lucha que se dio durante esos diecisiete años, y mantuvieron lo esencial del régimen sin haber siquiera intentado hacer verdad, justicia y reparación

Cobarde han sido muchas autoridades como el Fiscal Nacional Jorge Abbott, que ha mirado sostenidamente para el lado mientras que por sus barbas ha pasado una constelación de políticos corruptos que han corrompido aún más el podrido sistema político, develando una triste y miserable actuación.

En una tropa de cobardes se ha transformado el Cuerpo de Carabineros, cuyos mandos, amparados por la complicad propia de las bandas de delincuentes, han esquilmados las arcas fiscales en una serie increíble de mega robos, de los cuales hasta resulta difícil leerlos en términos de cantidades.

Y cobardes son por cierto los métodos que los funcionarios policiales aplican para tratar a los estudiantes, a los mapuche y todo el que se atreva a reclamar.

Estos rasgos facistoides no son nuevos ni existen por un azar de la evolución. Estas formas de castigo y tortura fueron prohijadas, estimuladas y sistematizadas, por la miseria cobarde de las autoridades de la Concertación y de  la Nueva Mayoría, con el mayor entusiasmo.

Y la cobardía sigue siendo una cosa de hoy cuando un sujeto como el diputado Urrutia escondido en su poltrona inmune, impune, se atreve a ofender de la manera más grosera a las víctimas del tirano.

Los cobardes como el diputado Urrutia no viven ni se desarrollan sino en ambientes que les son propicios.

La pudrición de un país colapsado por una cultura de corrupción, en donde la decencia es la excepción y la probidad una especie en extinción, es la sopa precisa y necesaria para la vida, y desarrollo de vergüenzas humanas como el diputado Urrutia.

No nos confundamos: Urrutia es un criminal en potencia y no hay que perderlo de vista.

En una sociedad sana, en un país de verdad democrático, con apego a principios que fundamenten leyes de rango humano, sujetos como este no tendrían cabida porque ese tipo de cobardía no tiene cabida en una atmósfera decente, higiénicamente democracia.

En muchos países de Europa, Urrutia estaría preso. Y muchos otros que se le parecen.

Cobarde también es la presidenta Bachelet, a propósito de proyecto de ley que dio paso a la irrupción del cobarde diputado Urrutia.

¿Por qué la presidenta esperó hasta el último segundo para deslizar por debajo de la puerta ese proyecto de ley que busca reparar aun que sea mínimamente a quienes sufrieron prisión y tortura, y luego huir?

¿Demoró tres años para decir que no por el expediente mañoso de dejarlo para que fuera  otro, el gobierno de Piñera el que lo hiciera?

La cobardía ha hecho escuela en nuestro en nuestro país enfermo.