Me enteré de lo dicho por un tal Urrutia. Un señor que no ubico (lo que no es raro pues como tanta otra gente hija de vecina, me agota la política vigente).

En la mañana, cuando supe, me burlé un poco. Me pareció un tipo básico: típico pinochetista (es lo que hay, no más).

“Terroristas con aguinaldo”, dijo el tal Urrutia, que por lo que se ve, está en el extremo facho y todo lo que No es facho -para él- es “terrorista”: le da terror.

Típico de gente que no flexibiliza. Rígido el Urrutia este, lo que no es un crimen, sólo una limitación que en el caso de un tipo que legisla igual es peligrosa. Lo verdaderamente criminal de Urrutia es lo que defiende, su complicidad con violadores, torturadores, asesinos que se organizaron en el poder para eliminarnos. Para eliminar a niños, niñas, adolescentes, jóvenes, gente adulta horrorizada con lo que estaba pasando en Chile desde el 11 de septiembre del ’73. Estábamos viviendo el horror. No era necesario conocer marxismo ni nada, para saber que tanques en las calles, allanamientos, toque de queda, muertos en el río, no era bueno y había que revertirlo. Y revertirlo no era pacifista. El pacifismo como estrategia nos colocaba en riesgo de ser eliminados también como a los cadáveres en la playa, enterrados en hoyos profundos en el campo, cuerpos ametrallados en cajones…

Crecimos violentadas por el poder dictatorial que les heredó su plata a los enriquecidos actuales. Y ahí descubro el problemita de Urrutia con lo que llama “aguinaldo”.

La plata les duele –a todos ellos, los fachos- porque es su centro, su motivo. Todo su ser desaparece en su tener. Lo que defienden por sobre todo, son sus intereses, su propiedad, ser dueños del fundo, terratenientes, ladrones con plata que controlan trasnacionales.

Para acumular sus capitales mataron, torturaron, robaron bancos y depredaron territorios. Lo hicieron desde los resquicios de sus leyes, no necesitaron encapucharse. Se encapucha el que entendió que el mundo no le pertenece y debe ocultarse. El que, en cambio, se sabe dueño, actúa a rostro descubierto y en reuniones de gerencia traspasa capitales hacia sus cuentas en paraísos fiscales.

Para estar al mando de las patronales persiguieron y desaparecieron selectivamente a dirigentas, líderes, activistas sindicales, populares. Las violaron, las amarraron, las tiraron al mar amarradas a rieles. Desataron sus perversidades sobre la humanidad de quienes luchaban. Con sus charreteras, asesinos encargados por los patrones y latifundistas, realizaron su envidia –igual que ahora- en jóvenes que se leían libros que ellos ni sospechan que existen. Si hay algo que odian los agresores –lo sé- es que una sepa, porque entonces una responde y actúa.

Así fue la razzia, desde sus frustraciones y al servicio del poder. Se empoderaron. El empoderamiento lo reconozco bien en la práctica habitual del(de la) arribista que cree que elevándose en el poder consigue aquello de lo que carece en su ser, y para realizarlo no trepida en subyugar a otros y tampoco en borrar su propia historia.

De ese mismo tipo de borrón y cuenta nueva se construyó la postdictadura, todos sus gobiernos y coaliciones políticas institucionales.

En la noche, en las noticias, vi el “incidente” en el Congreso. A Pamela Jiles confrontando a Urrutia, y también a varios hombres defendiendo al agresor. Aplaudí a Pamela Jiles. Me interpretó amplia y profundamente. Y los hombres defendiendo al agresor, nada nuevo bajo el sol. Así nos pasa siempre a las mujeres que nos defendemos y confrontamos a los agresores (y agresoras), en la familia, en la escuela, el liceo y en la universidad, en la población, en el trabajo, en las organizaciones, partidos y movimientos; tenía que pasar también en el Congreso, masculino y heterosexualizado.

Luego vi a varios derechistas disculpándose por el agresor ante las cámaras de la televisión abierta, explicando que ellos no piensan lo mismo… ahí recién pude enfurecerme sin racionalidades ni ironías, y llorar un rato.

Hiere doblemente que ahora mientan diciendo que “empatizan” con las víctimas. Pura oralidad. Mientras discursean, destrozan la vida de inmigrantes con sus nuevas disposiciones y muere una mujer haitiana que no fue atendida en la salud pública (que ellos proyectaron y los demás gobiernos estrangularon), por negra y sin manejo del idioma oficial

Mientras los dere$histas discursean, las adolescentes pobres están obligadas a parir porque sus médicos objetan conciencia incluso con el mísero “aborto en tres causales” (que dejó la Nueva Mayoría).

Mientras ellos se limpian de polvo y paja por los dichos del tal Urrutia, sus policías atropellan a mansalva a jóvenes manifestantes y los dejan grave (como siempre han hecho).

Mientras posan de éticos, refuerzan policías racistas al servicio de sus trasnacionales en territorio mapuche.

Mientras ellos, cínicos, se hacen los “pacifistas”, gente que luchó contra la dictadura envejecemos y el tal Urrutia y sus secuaces creen que si nos morimos desaparece la memoria y la historia de su crimen. Creen también que si no nos dan plata, nos van a arrebatar –en su fantasía- la posibilidad de activismo de la memoria. Se equivocan porque muchas y muchos de nosotros no luchamos para obtener gobiernos ni empoderarnos subiendo de pelo y desclasándonos con “títulos profesionales”, lo que teníamos y hoy persiste, es el sentimiento honesto de confrontar el horror.

Estos cómplices de violaciones de lesa humanidad, algunos de ellos, efectivamente torturadores, gobiernan hoy y nos llaman “terroristas” porque odian la verdad y la memoria que está escrita en los cuerpos y la energía política de las víctimas de la dictadura, eso es lo que quieren y no pueden rematar.

*Sobre la autora: Fui presa a los 17 años, me gano la vida como terapeuta, soy escritora, activista lesbiana feminista antirracista, he abortado, madre de una hija.


Terapeuta, escritora, lesbiana feminista wallmapu