Por una recomendación confiable, comencé a ver la serie catalana Merlí (Héctor Lozano, 2015 — 2018). De esa serie sólo sabía que se trataba de un profesor de filosofía que había sido un boom en las redes sociales por enviar un saludo al movimiento chileno que promovía la filosofía en los colegios, disciplina que ha estado siendo cercenada por el avance de la neoliberalización de la vida por parte de la derecha. Lo primero en que me fijé al ver la serie fue en el parecido físico entre el atractivo profesor de secundaria y el duque de la Italia fascista: un rostro limpio, una frente amplia y con pliegues rectos, un mentón cuadrado siempre en alto, una mirada seca y un talante vigoroso que se expresa de manera clara. Por supuesto que Merlí es un un profesor de izquierda, un filósofo de mente abierta que enseña Aristóteles y Platón, al mismo ritmo que enseña a Slavoj Žižek, algo que podría distanciarlo de líder fascista, pero que en cierta medida también profundiza su parecido.

Merlí cuenta la historia de un profesor de filosofía cuya actitud produce una cercanía íntima con sus estudiantes, ese tipo de cercanía familiar a la vez que autoritaria, ese liderazgo que influye en las decisiones cotidianas de quienes le siguen. Merlí es un personaje influyente y polémico, por sus maneras de enseñar filosofía, pero también por esa sensación socrática que produce de estar corrompiendo a la juventud. La historia se va centrando en los problemas íntimos de cada estudiante y cómo Merlí influye para que ellos tomen ciertas decisiones en base a las ideas de los filósofos que ven en clases. Vemos cómo habla de Judith Butler ante el problema de un profesor transgénero y un par de estudiantes homosexuales; enseña a los estoicos para darle fuerza a un par de estudiantes que se les venía el mundo encima; enseña a Henry David Thoreau para enseñar la desobediencia civil ante un examen injusto; enseña a Platón y la alegoría de la caverna a un estudiante enclaustrado en su habitación con problemas de agorafobia. Y así, Merlí va detectando problemas y enseñando filósofos, mientras él también sobrelleva cargas amorosas, líos familiares, sospechas de sus colegas y un patente problema de egotismo.

Esta historia del profesor influyente que corrompe a la juventud no es nada nueva. Sin ir más lejos, tenemos la clásica historia de La sociedad de los poetas muertos (Peter Weir, 1989) en la que un profesor de literatura inglesa, interpretado por Robin Williams, enseña a sus estudiantes la filosofía del carpe diem, del gozar la vida y del no someterse a un sistema corrupto y explotador. El profesor es cuestionado por sus métodos poco ortodoxos para enseñar, siendo condenado por otros maestros y apoderados por corromper a la juventud. La historia termina con el suicidio de uno de los estudiantes, a causa de las presiones familiares para que no siguiera sus sueños de dedicarse a la actuación. Por otra parte, tenemos La Ola (Dennis Gansel, 2008), un filme alemán en que un influyente profesor enseña la disciplina y el orden necesarios para cumplir con un régimen dictatorial. Los estudiantes se animan a la sombra de su oscuro profesor y conforman una unidad neo-nazi que se sale de control y que tiene repercusiones más allá de la escuela donde se originó.

En esta ruta de relatos que caen bajo el tópico la corrupción de la juventud, podemos notar cierto factor común, que el filósofo Jacques Rancière denominó el maestro embrutecedor. Rancière cuenta la historia de Joseph Jacotot, un profesor francés que en la primera parte del siglo XIX es exiliado a Países Bajos. En ese lugar, Jacotot impartió clases de francés, a las que muchos estudiantes quisieron sumarse. El problema es que los estudiantes no sabían ni un poco de francés y Jacotot no sabía ni una pizca de holandés. No había una lengua común entre ellos, sin embargo Jacotot decidió establecer entre ellos un objeto común: una edición bilingüe de un texto clásico, que daría a traducir palabra por palabra a los estudiantes y luego escribir un comentario de lo leído en francés. Esperando un desastre con su método, Jacotot se encontró con una sorpresa: los estudiantes pudieron traducir, leer y comentar el texto de manera óptima. Rancière extrae de esta historia la idea de la igualdad de las inteligencias: si alguna vez hubo una persona que pudo aprender un idioma sin saberlo, cualquier persona podrá. Y con esta enseñanza, Rancière establece una diferencia entre los maestros ignorantes, que nada saben pero que en conjunto con otros pueden aprender, y los maestros embrutecedores que buscan establecer constantemente una diferencia entre la sabiduría del maestro y la ignorancia del estudiante. El maestro embrutecedor se sitúa como un sabio que sabe algo que otros no saben, los que requieren de él para salir de ese círculo de ignorancia. El enlace más novedoso de Rancière consiste en comparar ese modelo de maestro con una cierta manera de hacer política, en la que se diferencian los que políticos que saben y un pueblo que no sabe.

Si pensamos en esa figura del maestro embrutecedor, podemos volver a mirar la figura de Merlí. A diferencia de Mussolini, quien era públicamente conocido como un dictador de derecha, Merlí se instala como un personaje ambiguo, que por la vía de la seducción se hace de un séquito de jóvenes que le siguen, lo que le permite esconder un sesgo patriarcal, dominante y embrutecedor. Un maestro embrutecedor encubierto que nos hace darle una segunda vuelta a ese llamado que hace a filosofar, a esa bella solicitud de fomentar el pensamiento en los jóvenes y en fortalecer la filosofía en los colegios. Podemos cuestionar todo eso, y preguntarnos qué clase de filosofía será fomentada, a fin de no arrepentirnos como alguna vez hicieron los que pidieron maestros que los guiaran y terminaron siendo sometidos como burros.


La mirada de los comunes