En las últimas décadas se han producido cambios en el trabajo de una hondura sin parangón en la historia del capitalismo. En un futuro no muy lejano, miles de ocupaciones se habrán desvalorizado o simplemente desaparecerán. Mientras los sindicatos se encuentran atrapados en la legítima defensa contra la precarización de sus condiciones, las resistencias colectivas a este nuevo escenario emergen por fuera de los estrechos límites de la fábrica.

Lo anterior ha llevado a muchos a concluir que el trabajo dejó de ser una actividad vital para la organización de fuerzas sociales. Pero que la realidad parezca una cosa, no significa que lo sea. Al menos eso pensaba Marx cuando elaboró su noción de fetichismo. Es que la voraz y expansiva capacidad del capitalismo contemporáneo para apropiarse de la cooperación humana no se detiene. De ahí la urgencia de revisar ciertas claves para rebasar los lugares comunes que propone la izquierda sobre el trabajo pero también para recuperar un derrotero de luchas con base en las nuevas contradicciones que surgen en el propio capitalismo.

Una de las tendencias más preocupantes del último tiempo es la creciente proporción del valor de bienes y servicios que no está siendo creada por los trabajadores. La automatización y la robotización están reemplazando puestos de trabajo con una voracidad mucho mayor a la que pueden ofertar. En diversas ramas industriales se reemplazan ocupaciones simples y rutinarias, pero también otras especializadas. Al punto que hoy una cantidad importante de los trabajadores manuales se dedican a supervisar máquinas, organizar logística o atender clientes.

Se podrá decir que dado los niveles de industrialización en Chile, no debiéramos preocuparnos por estas transformaciones. Sin embargo, esta primera oleada de robotización afecta a la minería y, en general, a los trabajos en la industria extractiva. Son tecnologías que tendremos que importar, reactualizándose los términos de nuestra dependencia económica.

Una segunda oleada de robotización amenaza los trabajos de oficina, servicios y comercio (principal componente de la fuerza de trabajo chilena). Las nuevas tecnologías eliminarán ocupaciones completas o devaluarán trabajos que antes requerían de conocimiento especializado. Diversos informes anticipan que en las próximas dos décadas desaparecerán carreras como piloto comercial, redactor técnico, contador, vendedor minorista y operador telefónico. Además, la automatización devaluará profesiones que requerían de habilidades cognitivas y una amplia autonomía, como médicos, abogados o profesores, que tendrán que “convivir” con software y robots.

Pese a que la reducción de puestos de trabajo avanza a pasos agigantados en los países industrializados, en términos globales todavía aumenta el número de personas que depende de un salario para vivir. Principalmente, fruto de la disminución del trabajo rural, semiesclavo o infantil en gigantes como China, India o Brasil. No obstante, el encarecimiento de esa mano de obra aumenta el peso de la automatización como principal fuente de utilidades. De todas formas, aún es demasiado pronto para concluir si esta supresión de ocupaciones es propia de una etapa de transición, como otras en la historia, o si avanzamos hacia una fractura irremontable entre trabajo asalariado y reproducción de la vida.

La disminución de las tareas más pesadas o repetitivas es acompañada por una mayor flexibilidad y fragmentación de la jornada y el lugar de trabajo. Mediante celulares o computadores conectados a Internet es posible realizar trabajos desde el hogar, un café o en el transporte. Luego, pese a la disminución formal de la jornada laboral aumentan de forma cuasi ilimitada los tiempos y espacios socialmente disponibles para producir. Son formas de trabajo completamente imbricadas con la vida cotidiana que, de no mediar la acción decidida de los sindicatos, no resultan necesarias de remunerar ni proteger.

Ahora bien, la robotización y la flexibilidad no son las únicas vías para elevar las tasas de ganancia.

La nueva producción flexible y terciarizada se sostiene principalmente por el trabajo de las mujeres. Esta asalarización ocurre en condiciones desiguales en relación a los hombres (peores contratos, salario y oportunidades) y en trabajos que requieren “habilidades femeninas” como el cuidado, la empatía o la cosificación del cuerpo. Además, el trabajo doméstico sigue recayendo mayoritariamente en ellas, lo que limita el poco tiempo libre que les deja su jornada remunerada. En definitiva, el capital aumenta la fuerza de trabajo disponible mediante un uso intensivo de la división sexual del trabajo y, al mismo tiempo, asegura su reproducción gratuita. La resistencia a estos procesos se ha expresado en movimientos de mujeres de carácter internacional cuya fuerza e impacto en la sociedad resultan muy superiores a los que producen los sindicatos tradicionales, como ocurrió en la reciente paralización de mujeres el 8 de marzo.

Diversos conflictos han devastado regiones enteras del planeta, acelerando la movilidad internacional de los trabajadores. Mayoritariamente, éstos se emplean en actividades que exigen menor calificación y que son consideradas denigrantes, con contratos más flexibles, salarios más bajos y jornadas más extensas que las de sus pares nacionales. De lo que se trata es de una nueva “división inmigrante del trabajo”, cuyo carácter internacional y socialmente devaluado catapulta a sus trabajadores como fuerza que enfrenta las desigualdades, el nacionalismo y la xenofobia, renovando las anquilosadas estructuras sindicales.

La cancelación de derechos fundamentales refuerza la necesidad de trabajar más y en peores condiciones. Es cada vez más común ser al mismo tiempo trabajador asalariado y por cuenta propia como forma de asegurar niveles básicos de ingreso. Ahora bien, el problema no se reduce únicamente a la pérdida del salario social de antaño: el acceso a la ciudad, a una vida saludable o el ejercicio de libertades individuales quedan condicionadas a los ingresos. Entonces, la soberanía del individuo queda limitada, pero también el sentido de solidaridad de éstos con el colectivo, lo que hace de la política existente una herramienta ineficaz para asegurar algo tan elemental como el derecho a la existencia humana.

La profundidad de todo estos cambio hace casi imposible un retorno al siglo XX. En efecto, es sumamente difícil que sobrevivan las instituciones políticas y los sistemas de seguridad social forjados en la centuria pasada, pero también las organizaciones del trabajo que aún persisten. Específicamente, es fundamental que los sindicatos articulen a los trabajadores y trabajadoras que están fuera de su radio legal de representación, que se desembaracen de todo nacionalismo disimulado bajo la defensa de la calificación, pero también que promuevan nuevas formas de lucha, liderazgo, y una democratización radical de sus estructuras. No tenemos alternativa. Hemos llegado a un punto en que capitalismo se estrella con la finitud de los recursos del planeta, por lo que ni el nuevo extractivismo estatal y sus mecanismos redistributivos, que tanto seducen a la izquierda y a los populismos, son alternativa en el mediano plazo.

En ese sentido, es necesario un cambio de rumbo que garantice el derecho a la existencia a esos millones de desempleados estructurales y de aquellos que por la devaluación de sus trabajos no podrán vivir dignamente. Pero también se requerirá de prácticas que acaben con el trabajo no remunerado de mujeres, las desigualdades de género en todo orden de cosas y con la sobre explotación de los inmigrantes. Todo lo cual no significa abandonar las viejas banderas contra la explotación en el trabajo, más bien implica resignificarlas al calor de las luchas democráticas que surgen desde las entrañas del capitalismo. Es nuestra responsabilidad producir un futuro alternativo, pero para ello se requerirá organizar una fuerza política radicalmente democrática que articule todos estos enfrentamientos que hoy emergen de forma desarticulada.


Fundación Nodo XXI