Mientras crecemos somos máquinas de absorber información. De nuestros padres, amigos y entorno vamos captando ciertas pistas y vamos formando un mapa conceptual del mundo con el que aprendemos a movernos. Conforme pasan los años creemos tener un buen entendimiento del mundo, siempre sentimos gran certeza de nuestras capacidades, análisis y juicios, que somos rápidos en emitir.

Yo crecí camuflada en un rol masculino, completamente mimetizada y nadie nunca sospechó. Durante todo ese tiempo nunca imaginé que las historias que me contaron mis padres sobre el mundo y las que experimenté mientras crecía eran diferentes a las que escucharon y vivieron mis amigas, nuestras preocupaciones distintas y, desde el lugar particular del mundo en el que estaba, por más preparación que sintiera tener, la verdad es que no entendía nada y todavía estoy tratando de entender cómo desde aquel lugar de donde crecí, a pesar de que fuera una mujer trans atrapada en un rol masculino por miedo al rechazo, era incapaz de ver más allá de mi misma.

El mundo en el que yo crecí se sentía un lugar seguro. Fui a montones de fiestas desde mis 15 años, me acerqué a chicas con algo de miedo al rechazo como única preocupación y tomé siempre tanto alcohol como quise, muchas veces de más y algunas pocas, muy vergonzosas, hasta perder el conocimiento. ¿Mi preocupación? Que mis padres no lo notaran.

Terminando el colegio ingresé a la universidad a estudiar Ingeniería. Mi vida fue tranquila, mis preocupaciones fueron estudiar y carretear, me esforcé bastante y dentro de ese esfuerzo me frustraba e indignaba la relación que tenían algunos profesores con las alumnas atractivas a quienes me daba la impresión que corregían con menor rigurosidad o ayudaban de alguna forma, hacían que se viera desnivelada la cancha.

Entonces, más allá de la delincuencia que nos afectaba a todos de manera similar, para mí el mundo era un lugar tranquilo y seguro, verdad que sentía inobjetable desde donde lo veía y con confianza minimicé preocupaciones de mis amigas o posturas feministas “radicales” que sentía desproporcionadas.

Hoy desde el otro lado se sienten diferentes las calles, me preocupan mucho más que antes. Un par de veces se me han acercado desconocidos a buscarme conversación de manera insistente mientras caminaba y, más allá de la incomodidad de no poder sacármelos de encima, me preocupó que pudieran ponerse violentos por el rechazo o doblemente violentos si se daban cuenta que soy trans, ¿me contaron sobre esto mis amigas mientras crecía? Probablemente sí, pero nunca las tomé en serio.

Ahora conversando con amigas como igual soy parte de conversaciones de las que nunca fui parte, me hacen partícipe de historias que nunca escuché –sus historias– y de pronto, de ser historias que sentía lejanas, exageradas y eventos de mala suerte que no le ocurren a casi nadie, ahora me doy cuenta que son tan frecuentes que me horroriza.

Algunas me contaban cómo desde los 13 ó 12 comenzaban a cambiar las miradas de los adultos, cómo algunos se animaban a comentar su físico y otros hasta a tocarles el rostro o la cintura, odiaban eso pero a tan temprana edad les daba miedo alzar la voz; también me contaron que les preocupaba estar solas en algún espacio con un hombre mayor o peor si eran varios hombres ya sea mayores o de su edad. Yo nunca tuve esa preocupación en mi cabeza, pero ahora que miro desde el otro lado puedo ponerme en sus lugares y sentir el mismo miedo.

Me contaron sobre profesores que las miraban de pies a cabeza y consideraban pertinente opinar en clases sobre su atuendo o su belleza, lo incómodo que una figura de autoridad se propasara de esa forma. ¿Qué impacto tiene esto en el día a día en una universidad? Así no sea algo que frene el desarrollo profesional de una alumna genera preocupaciones que yo nunca tuve. Yo muchas veces iba en buzo a la universidad con un look que decía abiertamente que ese día estaba ahí para estudiar, no para verme bien, nunca nadie comentó sobre mi atuendo y si alguien me miró no fue de una forma tan invasiva, menos desde una figura de autoridad.

Y en las fiestas su realidad era muy diferente. Mientras mi única preocupación era pasarlo bien ellas estaban preparadas para desconfiar: mantenerte con el grupo de amigas, que no te metan algo en el trago, si te pasas de alcohol alguna amiga te cuida, regresar en taxi siempre en grupo y si te vas sola con un chico ten mucho, mucho cuidado. Mientras viví entre los hombres nunca escuché directamente una historia de violación, las sentía historias distantes donde delincuentes, probablemente drogados, atacan a una mujer en la calle; ahora sé que las historias de violación involucran un chico de la universidad tan cotidiano como cualquiera de mis amigos, algún amigo de un amigo que conocieron en la disco o incluso un pariente, todos personas “normales” para cualquiera que los observe e interactúe con ellos en el día a día.

Y mientras mis amigas conversaban con frustración sobre todas estas cosas que tienen que pasar, yo sólo podía pensar para mis adentros: yo nunca me preocupé por nada de eso, qué ciega estuve a esta parte de la realidad.

Y recuerdo cómo cuando escuchaba las posiciones feministas sólo pensaba en lo exageradas que eran, en cómo pintaban como malos a los hombres y que la sociedad no es un lugar tan agresivo como el que describen –no lo era para mí–. Y me enfocaba más en todas las dificultades que yo enfrentaba en mi vida como hombre en el día a día que ellas no eran capaces de percibir; y sí, cuesta superar el miedo al rechazo para acercarse a las chicas, la presión por el dinero que a veces ahoga y la enorme obsesión que hay en la cultura por el tamaño del miembro masculino y el desempeño en la cama como muestra de hombría, pero ninguna de estas cosas son motivos para mirar hacia el lado ante las dificultades únicas que enfrentan las mujeres, ninguna es tan violenta, los miedos no son los mismos.

Yo en mi rol masculino fui impenetrable al discurso feminista, tan distante que al escuchar sus posiciones me generaban un nudo en el estómago equivalente al que me producía mi abuela creacionista cuando me predicaba contra la evolución, mientras escuchaba las historias de #NiUnaMenos sólo podía pensar que no me representaban ni a mis amigos a quienes sentía que clasificaban como violadores.

Tenemos que cambiar la cultura, pero tal vez también tenemos que repensar la forma en que comunicamos.

Hay un sector –del que fui parte– que inmune al discurso actual, siente que la igualdad de género es sólo una máscara en una lucha de un grupo que odia a los hombres; y no es que sean malas personas, no carecen de empatía, es simplemente que escucharon otras historias mientras crecían y qué podría saber el pez del agua donde nada toda su vida.


Ingeniera industrial y activista en diversidad