Hasta sólo algunos meses atrás, la imagen de los gobernantes de las dos Coreas dándose un apretón de manos era sencillamente impensable. En medio de las fuertes tensiones entre ambos países y las amenazas de ataques por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, los análisis apuntaban más bien a la posibilidad y eventuales consecuencias de un posible enfrentamiento armado en la península.

Sin embargo, la mayoría de quienes temían un reinicio de la guerra -suspendida por el armisticio de 1953 pero no finalizada- olvidaban que ya en otras oportunidades se había vivido crisis más graves en la zona, que incluyeron en su momento intercambios de artillería, hundimiento de buques militares y la muerte de soldados de ambos ejércitos.
La verdad es que el costo de un enfrentamiento habría sido altísimo para ambos lados: según cálculos realizados por el Brigadier General retirado de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, Rob Givens, durante el primer día de combates utilizando sólo armamento convencional, las bajas podrían alcanzar al menos 20 mil muertos.

Pero nada de eso ocurrió. Tras meses de tensiones e intercambio de insultos entre el gobierno norcoreano y el estadounidense, Pyongyang ofreció negociar con Seúl tras anunciar que logró obtener armamento nuclear, y avanzar hacia un acuerdo de paz que pusiera fin formal a la guerra que los enfrentó entre 1950 y 1953, y hacia un pacto que asegure la desnuclearización de la península.

El giro es asombroso para muchos, en particular después de que la imagen que se ha construido del gobierno norcoreano es el de uno basado en la irracionalidad. Pero ¿por qué un país aislado y pobre como la República Popular Democrática de Corea, que durante los años ’90 llegó a sufrir la muerte de parte de su población debido a la falta de alimentos, se ha empeñado hasta el día de hoy en alcanzar el “estatus” de potencia nuclear, en vez de solucionar otras necesidades de su pueblo mucho más urgentes?

Para comprender las acciones del régimen de Pyongyang hay que estudiar un poco su historia. Corea del Norte nunca ha sido un país títere de alguna potencia: no lo fue de la URSS ni tampoco de la China comunista, siendo en realidad el nacionalismo la principal vertiente de la que bebe la doctrina nacional.

Esto porque si bien el sistema político es formalmente comunista, desde los años ’60 la ideología gobernante responde a la idea “Juche”, o “autosuficiencia”, que ha combinado el marxismo leninismo con las bases culturales coreanas más tradicionales, y con la herencia del confucionismo.

Esta combinación política tiene su raíz en los comités populares levantados por una combinación de guerrilleros comunistas coreanos y milicianos nacionalistas a fines de los años ’40, que buscaban gobernar una nueva Corea independiente tras la derrota de los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, sólo para chocar contra los acuerdos entre las nuevas superpotencias mundiales, que dividieron la península en el paralelo 38.

Ello se mezcla con el carácter “dinástico” del gobierno, en donde la figura del líder cumple un rol central en la legitimidad del autoritario sistema, lo que si bien ha sido muchas veces citado como un elemento criticable, no se diferencia en realidad de numerosas monarquías conservadoras que hasta el día de hoy reciben el respaldo irrestricto de Occidente, como es el caso de Arabia Saudí.

Otro elemento que hay que tener en cuenta es que Corea del Norte es un país objetivamente más pobre que su par del Sur, en particular debido al desastroso resultado de la guerra, las sanciones económicas -que incluyeron barreras que dificultaban la importación de medicamentos- impuestas por Estados Unidos, y las consecuencias de la caída de la Unión Soviética.

En ese contexto, el gobierno de la RPDC ha optado desde la muerte de Kim il Sung por darle un lugar cada vez más relevante en la política interna a las Fuerzas Armadas como pilar en la defensa de la independencia del país, como forma de disuadir cualquier agresión en contra de su territorio.

Como telón de fondo a esta decisión está presente no sólo la presencia permanente de un amplio contingente de soldados estadounidenses en Corea del Sur o las constantes maniobras militares que ambas fuerzas realizan en la zona, sino que también los resultados de las crisis en Libia o Siria, o la desaparición total de la República Democrática Alemana tras su reunificación con la Alemania Occidental.

Entonces, ¿cómo se logró llegar desde la tensión por las pruebas nucleares a este histórico acuerdo, en el que por primera vez desde la división del país un gobernante norcoreano cruzó la frontera hacia Corea del Sur?

Dos elementos fueron clave: por una parte el éxito de Corea del Norte al obtener armamento nuclear. Ello permitió que por primera vez en la historia el gobierno “juche” sintiera que su existencia no se encontraba en peligro, sino que podría negociar en una posición de fuerza con sus vecinos del sur.

Por el otro, la llegada al gobierno en Seúl del Partido Democrático de Corea (centroizquierda) con el presidente Moon Jae-in, organización que ya había impulsado un proceso de distensión con la RPDC entre 1998 y 2008, desplazando a los “halcones” del conservador Partido Saneuri.

Es cierto que aún es pronto para proclamar el pleno éxito en el actual proceso de acercamiento entre ambos países, y que en otras oportunidades también se ha hablado de la posibilidad de firmar un acuerdo de paz. Pero nunca se había contado con tantos elementos -prácticos y simbólicos- que permitieran darle tantos visos de realidad a esta posibilidad.

A pesar de que lo más probable es que el presidente Donald Trump intente llevarse el crédito por este acuerdo, lo cierto es que hay dos principales vencedores: el presidente Moon Jae-in, y sobre todo el gobernante norcoreano Kim Jong-un, quien aseguró la sobrevivencia de su sistema político y se encuentra preparando a su país para un nuevo escenario, sin sanciones internacionales y con posibles mejoras económicas.