Soy mano de obra hace más de diez años. Apenas salí del liceo quise aventurarme en el mundo laboral, arrastrada por la fantasía de la independencia. Quizás habrían sido más años si mi familia no me lo hubiese prohibido. Recuerdo cómo cada tarde veía llegar a las jóvenes temporeras en el pasaje de mi abuelita, llenas de frutas entre sus ropas. Algo envidiaba ahí, tal vez la posibilidad de creer en aquella autonomía que supuestamente se albergaba en el salario. Durante esos veranos de adolescencia sólo quería trabajar, pero ninguna razón tuvo el peso suficiente para que mi padre accediera a esa petición. Él sólo contestaba que aún no era mi tiempo, que ya llegarían esos días. La fuerza de su tono era de quien conoce los años perdidos bajo el yugo de la explotación. Mi padre, como tantos otros, trabaja desde niño. Ahora, después de diez años de experiencia laboral, entiendo la tozudez de sus palabras: su no como posibilidad de libertad, tan lejano al impedimento.

No obstante, el impulso de independencia se ha fracturado de múltiples formas bajo la voz dominante del capital. Un sonido hegemónico que nos ha envuelto en el sometimiento y el miedo. ¿De dónde proviene ese miedo? ¿De dónde proviene nuestro silencio? En este instante resuena la experiencia de nuestras amistades y familia. Aguantando la misma frase: no tenemos opción. A pesar de los años de luchas obreras y su clamor por justicia, los derechos laborales son cada vez más imperceptibles en comparación a los que tienen los empleadores. El tiempo bajo la sombra neoliberal favorece el tablero de los amos, pues, como la demanda colectiva puede tardar meses sin dinero, se transa por entregar la firma a pesar de las condiciones del finiquito.

En ese sentido, hoy en día, parece interesante reflexionar sobre el rol que se le ha ido dando a la consigna “mujer emprendedora”. Pues se ha instalado la noción de emprendimiento de manera muy vinculada a la noción de empoderamiento. Y ambas categorías se han posicionado fuertemente como cualidades de lo femenino dentro del mercado. Desde esta perspectiva no tan sólo se esencializa burdamente en un lenguaje tecnócrata/corporativo, sino que además se instala un fin a alcanzar: la mujer exitosa. Este es el cliché favorito de nuestros tiempos: la multifacética abnegación de lo femenino. Por un lado, el esfuerzo; por otro, la delicadeza. Ambos, componentes de la caricaturización naif de las mujeres empresarias. Pero no olvidemos que por muy rosa que nos muestren esa imagen, estamos bajo un sistema que aunque quiera enmascararse, supura por todos sus pliegues.

Siguiendo esta lógica, el “empoderamiento” nos podría llevar a ser “emprendedoras”. Este “éxito femenino” incluso es promovido desde políticas estatales de fortalecimiento al comercio, donde constantemente vemos cómo se equipara a alguien que construye una miniempresa a pulso con quienes son propietarias de un capital mayor. Esta es la primera diferencia que se pretende tachar desde la universalización de un (ilusorio) sistema de libre mercado, que lleva la bandera de la emancipación en tanto imagen corporativa de “la nueva mujer empoderada”. Así, homogeniza cuerpos, historias y luchas bajo el rotulo de “la libertad y la igualdad”, como si pudiera existir paridad en una estructura vertical.

Comienzo relatando esto para dar con otro engranaje: si ya lo femenino como empoderamiento pasó a ser una marca propia dentro del frívolo lenguaje mercantil, se glorifica aún más a las empresarias que tienen un equipo compuesto mayoritariamente por otras mujeres. Es cierto que el mundo masculinamente construido parecía fortalecer un neoliberalismo hegemónico por medio de la explotación de cuerpos subalternizados, y que de alguna manera esa era “la regla natural”. Sin embargo, en la lucha por la igualdad en roles de género, parecía también “natural” hacer el giro hacia lo femenino desde la economía de mercado. Promover a esta mujer privilegiada al escalafón corporativo, en el entendido de un supuesto feminismo que aboga por alcanzar las posiciones de privilegios masculinos, escondiendo en esa jugada a los cuerpos trabajadores, que no sólo están separados por su condición de género, sino también por su condición de clase y raza.

Sabemos hace mucho tiempo cómo es trabajar en un modelo con predominio masculino. Pero también sabemos lo que ha significado trabajar para mujeres con los mismos privilegios de esa élite. Nuestras abuelas, madres y vecinas han sido sus nanas toda la vida. La migración mapuche a la ciudad significó que el gran porcentaje de mujeres se internara a trabajar como asesoras de hogar “puertas adentro”, dando su tiempo por completo a la casa de la patrona. Asimismo, muchas campesinas –y, hoy en día, migrantes– vieron ahí una opción de trabajo. Sus pequeñas habitaciones junto a la cocina, criando hijos extraños, su uniforme delantal como primera piel y la abnegación ante una familia ajena fueron y siguen siendo reglas de un orden neocolonial muy parecido a la esclavitud.

Hay diferencias que se intensifican en las múltiples opresiones de una estructura colonial, racista y neoliberal. Esas marcas no pueden ser emborronadas de un día a otro. Neutralizar nuestras demandas bajo un horizonte occidental es despolitizarnos. La petición de igualdad sin querer transformar un sistema neoesclavizante, manteniendo posiciones de poder y además intentando negar los cuerpos otros por medio de una “opresión común”, pareciera no dar cuenta de la complejidad histórica de variadas experiencias subyugadas a la condición dominante de los/as patrones/as.

Una de las cuestiones que profundizan esta experiencia es hacerle creer a otras mujeres una condición de igualdad, universalizando una vez más nuestras narrativas. Como si parte de sus riquezas no tuvieran aquel rastro de ocupación, usurpación y violencia sobre nuestros territorios y cuerpos. Por medio de sus acciones generan la ilusión de que no hay otra opción fuera de su binomio femenino/masculino empresarial y, visto así, su postura parece ser la mejor. En el fondo, venden la fantasía de un espacio laboral acogedor sólo porque la dueña es mujer, como si eso bastara para asegurar nuestros derechos. Siguiendo ese modelo sin zonas grises, deberíamos mostrarnos agradecidas de tener la oportunidad de trabajar para una mujer que “nos entiende”, y no tener un jefe acosador o abusador. Sin embargo, desde su paternalismo no son capaces de cuestionar sus privilegios más allá de sus palabras, y captar lo obvio: el lucro. Ello revela la nula empatía que se tiene frente a otras realidades por medio de la invisibilización de estas injusticias, sin reflexionar sobre cómo sus formas de relación o epistemes siguen subyugando a otras mujeres.

Hay múltiples ejemplos. Quizás muchas veces nosotras mismas no somos conscientes de esa vulneración. Caemos constantemente en la trampa que ha condicionado nuestros cuerpos a la obediencia e, incluso, tendemos a empatizar con ellas y su “opresión” en un campo de competencias masculinas. No obstante, no debería parecer normal que nos restrinjan la posibilidad de organizarnos, el mantener los sueldos base durante años, que no se promuevan transformaciones para nuestro crecimiento profesional, que se despidan compañeras sin evaluaciones, que limiten la comunidad o la amistad entre trabajadoras, etc. Y así podría seguir una lista eterna. No sólo se han beneficiado, además promueven falsamente la fraternidad de género como una sugerencia barata de merchandising, para generar una identificación que nos haga omitir la desigualdad de un orden jerárquico.

Son hechos que parecieran no formar parte de una esclavitud moderna, pues se naturalizan como acontecimientos de un sistema laboral, un disfraz rosa de la emancipación femenina, donde además debemos estar agradecidas por entregar nuestro tiempo a un proyecto sin otra posibilidad que ser mano de obra hasta renunciar de cansancio, porque no se ven transformaciones significativas. O hasta que simplemente nuestra voz exigiendo justicia empiece a molestar y nos arrojen su carta mágica con la frase “necesidades de la empresa”. O incluso intenten convencernos de una renuncia voluntaria para “no manchar nuestros papeles”.

Nuestras luchas no pueden tener sólo en su horizonte el fin del patriarcado, ni esperar la sororidad de quienes nos explotan. Tenemos que hacer presente las críticas internas a los diversos movimientos que generan los feminismos, siendo capaces de politizar nuestras realidades y experiencias. Potenciemos transformaciones y articulaciones colaborativas. Existen otras opciones de organización y trabajo. Mientras nos relacionemos activa y reflexivamente, frente a los ejes de dominación racistas y coloniales que están insertos en tantos de nuestros espacios laborales, por lo menos, haremos visible la falsa apropiación de un tono progresista por aquellas empresarias que dicen apoyar a su género. Pues este discurso no ha sido más que la defensa de un neoliberalismo rosa o un mal chiste liberal con la imagen de una empresaria empoderada, una mujer exitosa que sólo piensa en cómo crecerán sus utilidades con la excusa de la liberación y el feminismo.


Escritora mapuche y Profesora de Filosofía