“La TV consiguió imágenes de ellos, la TV los tiene a todos. Nada es impactante
Me mostró a todos, desnudos y desfigurados. Nada es impactante
El sexo es violento”

Treinta años se cumplen desde que el disco cuyas duras frases encabezan estas líneas vio la luz en boca de Perry Farrel y los Jane’s Addiction. La canción en cuestión se llama “Ted, just admit it” en alusión al furioso asesino serial Ted Bundy, y abría con ese gesto una sugerente pero funesta trama en que se anudan sexo, violencia y sobre exposición.

En estos días este encadenamiento se nos vuelve dramaticamente vigente. La pavorosa sentencia que recibió el caso de “La Manada” pone sobre la mesa al menos dos graves dolencias. Por una parte, la insensibilidad cómplice de un sistema de justicia que –con un tono religioso sacrificial– exige el martirio como único elemento probatorio de resistencia a la violación. Pero por otra parte, la terrible certeza de que los cinco implicados directos en el caso no son los únicos que gozaban con el sufrimiento de la víctima. Y no solo nos referimos a los restantes miembros de grupo de WhatsApp de 21 personas, sino también a los millares de “curiosos” que pusieron los videos del caso en el número uno de búsquedas en páginas porno durante los días en que la bestialidad del caso y su sentencia lo hacían recorrer el mundo.

Con mayor dolor y con la misma dureza nos remece, en nuestro país, el caso de la violación y asesinato de la pequeña Ambar a manos de un personaje vinculado a aquellos tragasantos que dicen estar “por la vida”. En este caso el abandono y la miseria parecen ser el panorama propicio para la arremetida de la perversión y el ensañamiento con los más débiles.

Con todo, este atemorizador paisaje parece no sanearse únicamente con una justicia más drástica o con miradas más atentas repartidas por todos lados. El asunto parece ser más serio en la medida en que pone en perspectiva las acciones que, en la vida cotidiana, anudan sexo con dominación, deseo con abuso, dolor con afecto. Porque de lo que se trata no es solo de vigilar y castigar al sujeto que franquea los límites del resguardo, sino de preguntar, de una vez por todas, por la naturalización de un tipo de sujeto que pretende adquirir con el sexo una posición simultanea de dominio, estatus y placer. Un sujeto cercano que integra en su repertorio intimo aquello que denigra, violenta o lastima: puede ser un forcejeo, un insulto, un simple mandato en la cama o cualquier coqueteo con la fuerza;  la inocencia –o la normalidad saludable– parecen entrar en una zona turbia en que se desdibujan sus seguridades. Es lo que impresiona, e incluso horroriza, en un documental como Hot Girls Wanted: paulatinamente el consumidor porno “normal” –en este caso gringo– demanda por un género en que la humillación de género, etnia y clase se hace más evidente y explícita. O tal vez es lo que hay que preguntar en un país donde el VIH parece multiplicarse velozmente a un ritmo que es el mismo ritmo de las contribuciones voluntarias en páginas de porno casero. Un ritmo que –si lo pensamos– tiene la cadencia del trap o del reggaetón y  que promueve, con total indiferencia, toda su mensajería sobre sexo, dinero, ilegalidad y poder.

Así que más allá del desgarro de vestiduras que busca soluciones reclamando medidas de intervención verticales, la cuestión también parece recaer en esos distritos en que nosotros mismos habitamos  y en los que la sexualidad confiere cierta forma y cierta sustancia a la subjetividad. ¿En qué práctica nos reconocemos a la hora de compartir la cama? ¿Cómo nos gusta vernos –o que nos vean– cuando nos vestimos de sujetos de goce? ¿Cómo comparece nuestra estima a la hora de confesar aquello que nos gusta hacer o dejar que nos hagan? Una interrogación en que se hilvane la sexualidad con los sujetos y su verdad, parece ser, más que un rollo filosófico foucaulteano, una tarea cada vez más urgente si queremos evitar aquello los Jane’s Addiction nos advertían: que ya nada nos impacte.


Profesor de Filosofía en el Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y en Colegio Alonso de Quintero