En un escenario global marcado por brutales feminicidios, fallos judiciales que naturalizan y justifican la violencia hacia mujeres y niñas, vemos cómo las protestas feministas se articulan en relación a las demandas sobre violencia de género y precarización de la vida. Dos problemas que anudan la condición crítica y el hastío actual de muchos feminismos, que no sólo se enuncian como una identidad o posicionamiento, sino que buscan una transformación de las situaciones que vulneran y violentan cotidianamente a las personas. Es este énfasis el que quisiéramos recalcar, la transversalidad que adquiere el problema sólo es posible en tanto el feminismo se comprende como una acción, una lucha y un proyecto, en diálogo con otras coyunturas y problemáticas que traspasan y desbordan a la misma identidad feminista.

Mujeres de diferentes procedencias, pobladoras, sindicadas, estudiantes, inmigrantes, jóvenes y diversas, se articulan en su diversidad, cuestión que apela también a la pluralidad de la composición y problemática feminista. A decir verdad, muchas veces se establece el feminismo como un espacio de activismo circunscrito a las problemáticas de género, cuestión por cierto necesaria y efectiva para avanzar en las consignas y demandas del movimiento. Pero justamente, la condición de movimiento es la que nos tensiona. ¿Cómo fortalecer la articulación de un feminismo que se organiza y posiciona públicamente desde hitos, marchas y manifestaciones acotadas?. Consideramos, que el feminismo tiene una vigencia y potencia indudable en comparación con otros espacios de lucha y conflicto: su transversalidad –en términos de problemática– es posible apreciarla en otros procesos sociales y movimientos donde la situación de las mujeres es aún más precaria. Basta pensar en la situación de las AFP, Isapres, y demandas como el agua y la vivienda digna. Luchas que también deben comprenderse y articularse desde el feminismo.

Feminismo, violencia, precarización y movimiento

Relevar el lugar del movimiento feminista como articulador y desencadenante de movimientos sociales más amplios, no sólo refuerza la condición transversal de la perspectiva sino que al mismo tiempo las mujeres permanecen en el centro de ellas. Un movimiento feminista que empieza a trazar el camino demostrando una nueva conciencia, desde la necesidad de reconstruir la solidaridad y acción colectiva como las únicas maneras que podemos defendernos de la violencia hacia nuestros cuerpos, frente a la desigualdad y la precarización. Y es justamente este último punto aquel que las feministas hemos olvidado: visibilizar el trabajo de las mujeres, en tanto trabajadoras, en la casa como en la desigualdad que imprime nuestra cotidianeidad laboral, desde el trato hasta el sueldo, el contrato, salud y previsión. Estamos en una condición no sólo precaria, sino que critica frente a nuestra realidad como trabajadoras. La articulación del movimiento debe sin duda propiciar una reflexión que pueda comprender el problema, ya sea en lo subjetivo como lo estructural.

En este contexto, no es casual la disputa por el carácter político y social de la re configuración del movimiento feminista. Luego de años de integración –por parte de las corrientes liberales al neoliberalismo– el feminismo se deslavó siguiendo el mantra de la política del género en la igualdad de oportunidades, atendiendo más al ingreso al espacio laboral que a las condiciones en las cuales se produjo, sus consecuencias y repercusiones. Mientras el salario cada vez alcanza menos, los ingresos de una élite de mujeres crecieron como expresión del aumento de la desigualdad económica y social entre las mismas.

Un feminismo que pretenda constituirse en movimiento –y con ello tensionar las formas en que se reproduce el neoliberalismo patriarcal– debe entenderse como alternativa al feminismo liberal: un feminismo de clase, popular, antirracista, inclusivo y diverso. Un feminismo que pueda reconocer cómo las reivindicaciones específicas de nuestra reflexión se representan de manera indistinta en la experiencia concreta de las personas que no viven por separado, ni de manera abstracta sus diferencias de clase, raza y género. Ver el feminismo de manera transversal no implica aminorar su lucha, por el contrario, refuerza la acción desde cada particularidad entrelazando demandas y las reivindicaciones que se levantan desde cada espacio.

Si el feminismo y el antirracismo aspiran a ser proyectos de liberación para el conjunto de la humanidad, entonces la cuestión del neoliberalismo es ineludible. Un movimiento feminista que busque mayorías sociales debe superar los discursos de autopromoción al servicio de una élite de mujeres, en este sentido, establecer la centralidad en las problemáticas que afectan a las mujeres trabajadoras. ¿Cómo romper esa estrechez social del actual feminismo? Justamente, un primer paso es tensionar la centralidad del feminismo a ratos caído en la individualidad identitaria y en consignas que no logran permear a la mayoría de las mujeres.

Feminismo y construcción de alternativa

La incorporación del feminismo en términos de problemática se ha vuelto un imperativo en las formas de construcción política actual. Independiente del sector, las izquierdas y progresismos han establecido este eje como un espacio de reflexión y posicionamiento desde las distintas orgánicas políticas. Lo problemático, ocurre cuando este posicionamiento se utiliza para homogeneizar la diversidad que compone al mismo feminismo: no por el hecho de enunciarlo se circunscribe a una misma reflexión y estrategia de acción.

Una de las formas de incorporación del feminismo en estos espacios ha sido a través de dos ejes, a la interna mediante la promoción de cargos femeninos, y a la externa, articulando una política en base al vínculo del ser mujeres. Dos medidas funcionan como necesarias pero también mínimas si la pregunta es la construcción de un proyecto político feminista. En este sentido, es necesario diferenciar las dimensiones, por una parte, el fortalecimiento y democratización de las prácticas políticas en los espacios tradicionales, ya sea organizaciones y partidos, y por otra, la forma en que la condición proyectiva y transversal que adquiere el feminismo en tanto se encarna y vincula a una estrategia política. Dentro del primer aspecto, es preciso señalar que el feminismo también debe marcar diferencia en tanto ejercicio democrático y democratizador: la concentración de la decisión y palabra política juegan en contra al momento de plantear un proyecto político feminista. Por el contrario, un proyecto feminista debe abogar por la socialización de la política en sí misma, articulando un espacio de diferenciación respecto de las formas tradicionales de entenderla. No basta en la construcción de una unidad política el que sea en tanto feministas,  más bien, es necesario traspasar esa homogeneización poniendo en juego los disensos y diferencias que caracterizan al feminismo. Esta tensión la debemos resolver, apelando a una nueva construcción y significación sobre las formas democráticas de construcción política en un amplio sentido.

El articular demandas emanadas desde los distintos conflictos y movimientos sociales actuales, implica acentuar la mirada en aquellos sectores históricamente desplazados y con ello, excluídos de la política. Desde el Frente Amplio, y en particular desde la izquierda, es preciso en este sentido comprender los grados y la necesidad de unidad política en torno a una discusión franca y abierta en relación a las formas de comprender y actuar desde el feminismo, volviéndose una tarea y centralidad.

Más que fortalecer una reflexión a puerta cerrada, los feminismos críticos requieren ser un engarce con la realidad contingente y práctica desde las experiencias cotidianas de los sujetos, para el establecimiento de canales de acción y coordinación con las organizaciones sociales, territoriales y movimientos democratizadores. Señalar la centralidad de lo anterior, requiere entonces que los feminismos críticos del Frente Amplio no sólo se establezcan en diálogo con los sectores en conflicto, sino que también, plantéen una apertura que pueda forjar una alternativa de construcción y unidad de la izquierda desde el feminismo.

Para ello, es preciso abandonar la construcción de una mirada feminista en tanto ‘sello’ o propiedad, más bien, requiere transversalizar esa reflexión como una proyección y tarea histórica de la izquierda. El feminismo tiene aquí un lugar central, no sólo advierte sobre las formas de explotación, subordinación y desigualdad actual, sino que también debe componer un proyecto: la incorporación del feminismo no aplica como maquillaje, debe entrelazarse con la construcción y proyección de una sociedad donde las formas de exclusión sean puestas en cuestión, en todas sus dimensiones. Y esa problemática traspasa no sólo las estructuras actuales de la política frenteamplista, sino que también, debe ser incluyente en la construcción histórica del feminismo y los peligros que concita su incorporación desde un feminismo liberal que descompone el componente subversivo de su acción. Un feminismo crítico, que se pretende construir como alternativa, requiere la necesidad de articulación de toda la izquierda del Frente Amplio para, precisamente, ampliar su campo de acción más allá del escenario de la política en tanto espacio de representación y funcionar en términos de acción desbordando los límites y canales de la política: sólo ahí podremos dar el salto cualitativo de la denominación a la transformación.


Feministas SOL e Izquierda Autónoma