Es común, al encontrarse y hablar con estudiantes universitarios, notar el estrés y cansancio generalizados, la desmotivación y apatía, y el desinterés y falta de esperanza sobre la vida en general. Pero, ¿es normal que personas que rondan entre los 18 y 25 años estén constantemente en un estado tan lamentable? ¿Será que hemos naturalizado la vida universitaria como una etapa marcada por el estrés y el cansancio?

Partiendo del supuesto de que no es normal ni debería ser así, me propongo ahondar en las razones de por qué la salud mental en las universidades y recintos de educación superior en general, es una trinchera continuamente bombardeada.

Sin embargo, el primer supuesto relevante a tomar en consideración es que la salud mental no es un problema exclusivamente privado e individual, sino que denota fallos y errores de la sociedad como colectivo. La salud mental, a diferencia de la concepción tradicional y clínica, puede ser abordada como problema social, que expresa que como grupo hemos fallado, pero que, de igual manera, podemos encontrarle respuestas colectivas.

La salud mental como un problema social, implica un diagnostico respecto a las formas de relacionarnos intersubjetivamente con un “otro” y con nuestros espacios. Implica que hay grandes problemas en las maneras en cómo nos relacionamos con el resto, muchas veces a partir de meras rutinas maquinales y una comunicación precaria. Por ejemplo, tratamos con el resto porque tenemos que, más que porque queremos. Hay que hablar con los compañeros de trabajo y estudio porque es necesario o útil, más que por un genuino afán de contacto humano y la creación de relaciones significativas con otros sujetos.

En muchos días, no tenemos ninguna conversación que signifique una verdadera comunicación con otras personas; un verdadero entendimiento, un verdadero compartir de ideas, anhelos o frustraciones. Y si bien las redes sociales pueden servir como suplemento de comunicación en un mundo “conectado”, en muchos casos no son más que una venta de falsas conexiones. Porque en la era de la posmodernidad, a falta de verdades absolutas y certezas, tal vez la conexión auténtica con otro ser humano sea lo único real que nos queda.

Es por esta crisis de desconexión, que terminamos creando vínculos no con personas, sino con objetos, tales como un celular y sus redes sociales, con ropa, con autos, o con pastillas que prometen estabilizar el estrés o la depresión. La auto medicalización y su exceso, en la que caen un número de estudiantes superior al que se piensa, revela el intento de una solución individual que en muchos casos lleva a la dependencia y la falta de información en su uso, a problemas aún mayores.

No obstante, con todo esto surge la pregunta sobre una recuperación social por sobre individual, a partir de cambiar progresivamente la manera en cómo nos relacionamos con el resto, pasando de la indiferencia y la alienación a un estado de conciencia sobre que aquel “otro” es más que alguien en mi camino, más que la “competencia” y más que alguien que indudablemente no comprendería las situaciones que me aquejan.

La respuesta colectiva a problemas de una sociedad individualista también pasa por intervenir activamente nuestro entorno, desde la universidad en la que estudiamos hasta nuestro lugar de trabajo y por supuesto, el hogar y comunidad en la que vivimos. Una intervención orientada a transformar un lugar hostil y vacío en un ambiente propicio al desenvolvimiento, al encuentro social y la comunicación. Un lugar en donde se creen conexiones con personas y no con objetos, y en donde la salud mental en vez de ser abordada solamente a través de pastillas y atención clínica, pueda ser aprehendida como un fenómeno social, del cual todos, colectivamente, podemos ser parte de la solución y rescatarlo de sus trincheras.

Es por todo esto que el llamado es a la acción y a organizarse, en todos los espacios en los que estamos insertos. Porque la salud mental ha sido dejada de lado notablemente, y el enfoque sobre ella ha sido errado. Pero aún estamos a tiempo de romper con los viejos esquemas de que, por ejemplo, cada persona es un universo “impenetrable” e imposible de acceder. Porque si bien la soledad (que en otros países es tratada como un problema de estado) es un mal inmenso de nuestra época, sirve como expresión de que, hasta el hecho de sentirnos esencialmente solos, sirve como lugar en común desde el cual empezar a crear redes que nos permitan vivir menos separados.


Estudiante de Derecho en la Universidad de Chile