Aún están frescas en nuestra memoria las imágenes de Argentina en el año 2001, cuando sucesivos gobiernos fueron incapaces de contener el derrumbe de la economía y evitar una de las crisis sociales más graves que el país ha atravesado en las últimas décadas. La característica más distintiva del despeñadero por el discurrió la economía argentina, fue el ataque especulativo que sufrió la moneda, evidenciado en la clasificación de riesgo que las agencias internacionales utilizaban para calificar su deuda. A medida que la crisis se volvía más grave, esa clasificación empeoraba y ello suponía que el país debía pagar más para obtener recursos frescos, que a su vez le permitían responder a las deudas antiguas que vencían día a día. Todo con el fin de evitar una situación de impago, que se entendía como un mal mayor. Entre tanto, un tipo de cambio desbocado y un déficit cada vez más pronunciado de las finanzas públicas, empobrecía a la sociedad hasta niveles inéditos en las últimas décadas.

La tensión que se produce es propia del tipo de inserción internacional de nuestros países, lo cual determina una disponibilidad limitada de divisas que permiten financiar las importaciones, tanto de bienes de consumo por parte de la población, como los bienes intermedios que alimentan la industria y los propios bienes de capital que materializan la inversión que hace crecer la economía.

La dinámica que se produce es que, en escenarios de crecimiento e incremento del ingreso, aumenta el consumo, también de bienes importados y por tanto del requerimiento de dólares. Como el crecimiento requiere inversión para sostenerse, el mercado de divisas experimenta una presión alcista por la mayor demanda, que encarece los bienes importados o con componentes importados y finalmente acelera la inflación. El Gobierno responde con un ajuste para controlar los precios y se inicia la crisis.

En un escenario de este tipo, los sectores que poseen ahorros en moneda local, buscan refugio en monedas más sólidas y ello presiona más el precio de la divisa, junto con una reducción acelerada de las reservas. Frente a este cuadro inestable, comienza el asalto especulativo de los fondos de inversión internacionales, los llamados “fondos buitre”, en la certeza de que el Estado estará obligado a pagar más por nuevos préstamos para evitar una cesación de pagos.

El proceso vivido el año 2001 inicia su etapa final cuando el Gobierno decreta el llamado “corralito” que buscaba evitar un pánico bancario y el incremento de la presión sobre el precio del dólar y las escasas reservas disponibles.

La llegada de Néstor Kirchner al poder, cambió radicalmente el escenario, al aceptar una cesación de pagos y descomprimir la presión externa sobre la economía. Aún está fresca en la memoria, los augurios apocalípticos de toda una corte de analistas cuyo espíritu deambulaba entre una obsecuencia absoluta con el pensamiento único en economía y una moral de lacayos. Con la vista fija en sus oráculos, pronosticaban el colapso de Argentina como país, al tiempo que ya imaginaban lucrativas “oportunidades de negocio”.

La nueva política impuesta asumió la reestructuración de su deuda (moratoria), el repudio de una deuda impropia fruto de los ataques especulativos de los fondos buitre y la recomposición de la economía y la demanda interna. Pasado unos años y en plena recuperación de la actividad, el empleo y los salarios, se iniciaron las conversaciones con los acreedores que tenían pendiente el pago de su deuda. La oferta del Gobierno argentino fue establecer una reducción cercana al 60%. El 95% de los acreedores aceptó la oferta y Argentina volvió a los mercados formales de deuda, dando por superada la situación externa excepcional. Sin embargo, el restante 5% de los acreedores (los fondos buitre) demandaron al país en Nueva York. A los chilenos nos rememora las acciones legales de las compañías norteamericanas, luego de la nacionalización del cobre en 1971.

Distintas condiciones políticas terminaron los 12 años de la llamada “Era Kirchner”, llevando de vuelta al poder a la derecha argentina, de la mano de Mauricio Macri.

En poco más de dos años, desmontó una parte importante del esfuerzo de fortalecimiento interno de la economía, para aplicar un plan de liberalización que supuso un importante ajuste de los servicios públicos deficitarios y la desregulación de distintas áreas de la economía. Una segunda línea de acción, fue pagar la deuda a los fondos buitre. Como era previsible, el capital internacional reaccionó exultante y los mismos que ayer vistieron de luto, auguraron un futuro promisorio a un país que por fin “veía la luz”.

Sin embargo, las condiciones estructurales del país no han cambiado y las políticas neoliberales de Macri han vuelto a dejar a Argentina severamente expuesta a los desequilibrios externos, al punto que hoy se hunde en una grave crisis económica y de confianza. El capital internacional que mostró su más firme respaldo a las políticas liberalizadoras del nuevo Gobierno, se apresura a abandonar la plaza, frente a la amenaza de una nueva cesación de pagos. En los últimos dos meses, las reservas del Banco Central se han reducido en un 10%, en una espiral ascendente, en que nadie quiere mantener sus dólares en los bancos argentinos ante el temor de un control de la divisa por parte de la autoridad monetaria, pero tampoco quieren mantener saldos en moneda local, por el efecto de pérdida de poder adquisitivo resultado de la devaluación del peso.

La última acción de la autoridad, fue llevar las tasas de interés a un 40%, lo cual tuvo un tibio y transitorio efecto, que a las 24 horas se había diluido. Esto ciertamente no ocurrirá con el impacto de esta medida en la actividad económica.

Los últimos meses evidencian una realidad histórica, solo los ilusos pueden confiar en que el capital internacional tiene una motivación distinta a su beneficio inmediato y tan pronto como se aprecia una leve señal de compromiso de ese objetivo, hacen sus maletas y profundizan el desequilibrio externo y la crisis.

Diecisiete años después de la última gran crisis en el país vecino las constantes retornan como jinetes apocalípticos. Economías liberalizadas y debilitadas internamente, no son capaces de construir equilibrios sólidos en su balanza de pagos y se vuelven rehenes de la especulación financiera. El problema, es cuando los gobiernos tienen Síndrome de Estocolmo respecto a sus captores.

No es claro que Argentina caiga tan profundamente como lo hizo el año 2001, lo que en todo caso no se puede descartar. Lo que es evidente es que elementos importantes de la era Kirchner, vinculados al fortalecimiento de la economía interna, nunca debieron abandonarse.


Economista