El terrorismo como significante transita por la discursividad pública nacional y global, etiquetando y criminalizando muchas veces a actores sociales que, vinculados a justas e históricas reivindicaciones, actúan en legítima defensa frente a un orden socioeconómico (con actores y grupos muy específicos que lo regulan) que expropia sus derechos socioculturales.

Quiero referirme en esta ocasión al terrorismo, entendido en su acepción más básica como un concepto que hace referencia al uso de violencia o amenaza de violencia por parte de individuos o grupos contra otros individuos o sectores de una sociedad a los efectos de coaccionar. Comparto la tesis de numerosas voces que plantean que la violencia machista, sexista o de género puede considerarse una forma de terrorismo y que señalan la existencia de elementos comunes entre terrorismo político y de género. Desde estas perspectivas se señala que los caracteres fundamentales de la definición de terrorismo son aplicables a la violencia de género, aunque existan matices diferenciadores. Entre estas características transversales a ambos estarían: es violencia directa, genera dinámicas de terror, tiene intencionalidad política, se ejerce a través de una organización.

No es objeto de esta columna discutir la plausibilidad de esta tesis, sino más bien compartirla entendiendo que hoy las violencias contra las mujeres se ejercen en una trama de interseccionalidades de violencias cruzadas en un orden patriarcal capitalista. Es ese escenario donde se despliegan los mecanismos que permiten y legitiman las violencias hacia las mujeres, y donde se despliegan los mecanismos que no permiten combatirla, quedando en muchos casos en la impugnidad.

Como parte de un continuo una serie de dispositivos sociales generan mecanismos que van violentando la vida de las mujeres. Entonces la atribución causal de las muerte de las mujeres a las patologías de los victimarios o los resabios de una sociedad machista, aborda o visualiza solo la punta del iceberg. No sería absurdo sostener que cuando se tiene educación sexista, que cuando se acosa sexualmente a las estudiantes , cuando el estado y sus poderes fácticos generan mecanismos para impedir el derecho al aborto por causales específicas, que cuando negamos a una mujer el derecho a pre y postnatal cerrando su contrato laboral precario; que cuando se impide o no se impulsa desde los resortes políticos institucionales una participación política equitativa, estamos definitivamente en la misma trama donde se asesinan a las mujeres por ser activistas de movimientos sociales, o donde se violan a las mujeres y niñas. El circuito patriarcal-capitalista es global e integrado. Como han referido en el último tiempo académicas feministas como Rita Segato, y Silvia Federici, hoy día se despliega un violento sistema de control sobre el cuerpo de las mujeres y específicamente de sus soberanías reproductivas.

La ciudadanía moderna, esa que asociamos a los ideales de libertad, igualdad, fraternidad no logró desencarnarse del sujeto hombre, blanco, europeo, de clase alta. Las mujeres y el movimiento que las representa en la lucha por su construcción como sujetas políticas modernas, dará permanente cuenta del legado filosófico-político-científico que representa la corporalidad femenizada y sus limitantes estructurales para ser ciudadanas. Diana Maffia, cientista política, feminista latinoamericana analiza como a partir de las funciones reproductivas de las mujeres, se justifica la enajenación de su autonomía. Desde esta jerga iniciática del contrato social y sexual moderno, el macho será superior a la hembra. Es allí entorno a su naturaleza corporeizada, donde se refundará una jerarquía que las incluye como soportes reproductivos de la escena pública y políticas.

No se excluyen como ciudadanas, se incluyen desde el control, se cautivan en identidades y espacios, cautiverios de la feminidad, que como diría Marcela Lagarde, antropóloga, feminista mexicana, performatean a las madres, putas y locas. Ideales que normatizan, prefiguran, esencializan, controlan el continuo reproductivo-sexual de las mujeres o de los cuerpos feminizados. No podríamos sorprendernos entonces, si decimos que la consigna por el derecho a decidir, pierde sentido o se desvanece o se imposibilita en este continuo histórico capitalista, en este diseño político-institucional, del que nuestros estados son herederos, los derechos de las mujeres serán siempre parciales, disputados.

El avance capitalista, parafraseando otra vez a Rita Segato y Federici, ha llevado al limite la inscripción tutelada sobre el cuerpo de las mujeres, cruzado por jerarquías patriarcales. Los cuerpos femenizados son hoy día el último bastión de los estados, los paraestados, corporaciones religiosas. Sobre el cuerpo de las mujeres se libra hoy una batalla de dominio territorial, de violencia territorial. Los cuerpos de las mujeres son colonizados por mecanismos y procedimientos legislativos: lamentablemente abundan los ejemplo que se han morbosamente mediatizado en días recientes: se permite la objeción de conciencia en clínicas privadas lo que implica negar la posibilidad concreta de recibir esta prestación de salud en un contexto altamente privatizado; se viola a una mujer en Brasil y los poderes legislativos no lograr tipificar como tal este hecho; se viola a una menor de edad, niña chilena de un año, cuya biografía da cuenta de las violencias cruzadas cuando los derechos sociales se vulneran.

Como dadoras y productoras de vidas, de subsistencias y resistencias las mujeres viven hoy el continuo de su reproducción-sexualidad dentro de un circuito globalmente violento. Silvia Federici analiza este proceso que implica la articulación del capital a nivel mundial dando cuenta de su impacto en la vida de las mujeres. La Nueva División Internacional del Trabajo, intensifica la explotación de las mujeres, y recupera formas de trabajo coercitivo que se habíamos considerado extintas con la desaparición de los imperios coloniales. También relanza la imagen de las mujeres como objetos sexuales y como criadoras. De lo antes dicho, deducimos o concluimos entonces que en las sociedades capitalistas modernas, a imagen y semejanza de las cuáles están diseñadas nuestras sociedades latinoamericanas, la deuda en término de la materialidad de los derechos de las mujeres sigue pendiente, la posibilidad concreta de ejercer estos derechos.

La articulación del movimiento de mujeres y feministas es hoy vital para afrontar estos desafíos, desde los espacios más cotidianos y pedestres, hasta los espacios reflexivos más institucionalizados como las instituciones educativas, de salud, y políticas, urge instalar la problemática de las violencias hacia las mujeres como temática de relevancia pública, no solo para ver la punta del iceberg sino para comprender la complejidad de la dominación patriarcal-capitalista que afecta nuestras vidas y que cercena cada vez más la autonomía de nuestros cuerpos sexuados. Porque vivas nos queremos, ni una menos.


Socióloga, Directora Departamento de Sociologìa-UPLA. Integrante Red académica feminista Valparaíso.