La intervención del diputado Ignacio Urrutia (UDI) en el parlamento a propósito de la suspensión del beneficio que el Estado otorgaría a víctimas de prisión política y tortura, en la cual se refirió a ellas como “terroristas” y “becados” (dijo varias cosas más que no repetiré), parece haber inaugurado una seguidilla de episodios que hoy se discuten como parte de fronteras éticas que no se deberían transgredir.

No es que varios de esos episodios fueran nuevos, las horrorosas camisetas alusivas a la dictadura con la imagen de un helicóptero lanzando personas (Pinochet’s helicopter tours) no aparecieron cuando José Antonio Kast decidió fotografiarse con el emprendedor de esta macabra “iniciativa comercial”, tampoco los ofensivos e inmorales comentarios que en cada oportunidad posible Patricia Maldonado profiere por la pantalla de Mega, esparciendo el veneno de su torcida moral, que sin embargo es la de muchos y muchas, pero no por ello admisible o tolerable.

La incitación al odio y el negacionismo han estado constantemente en nuestra vida pública desde el fin de la dictadura, ¿lo escuchábamos menos antes del 11 de marzo?, tal vez, o ¿había menos arrojo para decir cosas como las que dijo Urrutia o las que dice Maldonado públicamente?, quizás. Pero convengamos que no aparecieron ahora, ya durante la campaña parlamentaria la candidata UDI Loreto Letelier, había reiterado la  mentira que la dictadura montó sobre Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas, haciendo ver que ese partido adoctrina a sus juventudes en la propaganda y la mentira. Porque digámoslo con todas sus letras, lo que ella dijo no era una mera “opinión” sobre acontecimientos del pasado, era directamente una mentira, la verdad es opinable, si acordamos que sobre lo cual opinamos continúa siendo verdad, negar lo ocurrido es deliberadamente ejercitar la falsedad. Las opiniones se vuelven intolerables cuando se transforman en mentiras.

Por otra parte, mucho antes hubo actos en homenaje al dictador y a sus secuaces, y el año 2015 la diputada Karol Cariola (PC) presentó el proyecto de ley “Ninguna calle llevará tu nombre” dirigido a impedir el homenaje y exaltación de la dictadura. Diariamente en las redes sociales se vierten comentarios que glorifican a la dictadura y se lamentan porque esta podría haber asesinado a muchas más personas, los leo todo el tiempo, sobre todo en diarios como Emol, La Tercera y El Mercurio (ni hablar de páginas web y blogueros de derecha), esos comentarios están permitidos, porque los podemos leer.

No puedo ofrecer respuestas sobre qué es lo que hoy ha cambiado y qué hace que expresiones que no son nuevas y ante las cuales ya se había expresado rechazo, puedan abrir un debate público. Así vimos cómo la diputada Pamela Jiles (PH) confrontó a Urrutia, cómo una periodista en un programa televisivo de farándula se toma un espacio ante las cámaras para censurar a Patricia Maldonado y decir con todas sus letras que ésta incita al odio, y que este no es un problema de política partidista.

Este escenario ha puesto en el centro la demanda por una legislación que castigue el negacionismo de los crímenes de la dictadura y la incitación al odio. Para comprender los alcances de esto es importante considerar que el negacionismo no sólo se reduce a manifestar públicamente que algo no existió, sino que éste puede traducirse en una serie de expresiones y usos de lenguaje que buscan atenuar los hechos que intentan ser negados, o también por medio de argumentos justificatorios dirigidos a legitimar los crímenes cometidos, en este caso las violaciones a los derechos humanos bajo una política de terror estatal. Se puede negar diciendo que nada ocurrió, como se hacía durante la dictadura; se puede negar justificando, y se puede negar disfrazando lingüísticamente lo acontecido, usando eufemismos o apelando a una legislación vigente que desconocía o no castigaba los crímenes, por ejemplo. En esta última estrategia también se podría negar trivializando los acontecimientos y sus protagonistas. Al parecer esto último es lo que en estos momentos está ocurriendo en el Museo Histórico Nacional.

Recientemente el Museo ha inaugurado la exhibición temporal “Hijos de la libertad. 200 años de Independencia, 1818-2018”, en la cual se incluyen frases alusivas a la libertad pronunciadas por diversos personajes históricos, hombres y mujeres por cierto, lo de “hijos” es algo parcial. En ella el Museo decidió incluir una frase e imagen del dictador Augusto Pinochet, quien fue perseguido penalmente por  los crímenes de lesa humanidad que la dictadura por él encabezada cometió contra miles de chilenos y chilenas. No parece que el resto de las personalidades hayan sido escogidas en función de su prontuario criminal, ¿Pinochet si?, ¿está representando a los “dictadores”?, y si es así, ¿debe un dictador y asesino tener un espacio en una exposición como la propuesta por el Museo? (un museo estatal, no es la potencial casa museo de la fundación Pinochet), por muy loables y altruistas que puedan ser sus fines: “una reflexión por los distintos discursos de la libertad a lo largo del tiempo”.

Nos enfrentamos a un nuevo ejercicio de negación, por medio del cual se legitima la figura del dictador al incluirla en una exposición en virtud de sus palabras sobre la libertad, a la misma altura que otros personajes históricos, vistiendo la banda presidencial, desviando la atención de la verdad oficial que los informes de verdad establecieron en cuanto a la responsabilidad de Pinochet por las violaciones a los derechos humanos, lo que las cortes penales juzgaron como una verdad jurídica, y que mucho antes, los tribunales del sentido común  y la memoria de miles de personas, víctimas y no víctimas, sentenciaron como una realidad irrefutable. Aquí está el Pinochet que en 1973 (según indicó el Museo como fecha del discurso) hablaba de la libertad, mientras por su orden se detenían, torturaban, asesinaban y desaparecían personas.

Es cierto que una legislación que castigue el negacionismo podría ser de utilidad, pero creo que junto a ella es preciso defender la verdad trazando límites que debemos estar dispuestos a defender más allá de la acción de los tribunales, en el espacio público, y día a día, siendo intolerantes con lo intolerable, contra acciones que de diversa manera debilitan la verdad alcanzada y sobre la cual se ha intentado construir un marco ético basado en el respeto por los derechos humanos, que trasciende la memoria de las víctimas, y que involucra a toda la sociedad chilena.


Antropóloga, Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.