“Vamos a sacar a Chile de estos 16 años de transición”, declama Laura (Rallen Montenegro), la presidenta del centro de alumnos, frente a la asamblea. Es mayo de 2006 y ya varios colegios se han sumado a las movilizaciones, por lo que su liceo, el Pedro Torres, está decidiendo si se va a toma o no.

A Laura lo secunda Paredes (Juan Cano), vicepresidente, militante de las Juventudes Comunistas y pololo de Laura. Al frente están un puñado de adolescentes que los escuchan y apañan, pero que aún no tienen claro qué quieren en la vida y menos sus convicciones políticas. Uno de esos jóvenes es un apático aspirante a cineasta llamado Martín (Lucas Espinoza).

Martín está secretamente enamorado de Laura, quien además es amiga suya desde la infancia, por lo que se involucra en la toma siguiéndola a ella. Así, en medio del primer gran estallido social desde la dictadura, se desarrolla esta historia sobre la amistad, el amor y los miedos de un grupo de jóvenes que inician la búsqueda de su identidad en medio de protestas, paros y tomas.

De eso se trata “La isla de los pingüinos”, la cinta dirigida por Guillermo Söhrens que se estrena este jueves 10 de mayo en las salas nacionales y que recrea la Revolución Pingüina desde la ocupación de un colegio particular subvencionado que debe enfrentar la presión del sostenedor y los apoderados, la posibilidad de desalojo de Carabineros, los ataques de grupos neonazis y el maquineo de los partidos políticos involucrados en el movimiento.

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A medio camino entre los arquetipos de El Reemplazante y la estética de Sudamerican Rockers, el film se sostiene por el trabajo de un puñado de actores jóvenes que logran hacer un retrato de la generación del Fotolog y el Messenger. Lucas Salvador Espinoza Arias (26), protagonista del film y reconocido comediante, conversó con El Desconcierto respecto a su papel y sobre el subtexto político que subyace a la obra.

—¿A qué público va dirigida la película? Porque sin ser densa, tampoco podría catalogarse como cine comercial.
—Tengo muchas dudas respecto a eso. Por un lado, va dirigida a las personas que marcharon y que fueron parte de la Revolución Pingüina, pero también para las que no fueron a marchar y que ahora, habiendo pasado 12 años, igual se sienten parte. Además, claro, de las personas politizadas que estuvieron totalmente involucrados, por ahí va el público 100% objetivo, que es de nicho.

—Pero eso sería limitar el público sólo al que le llega esa nostalgia generacional.
—No necesariamente. Durante la promoción que hemos estado haciendo ha habido hartos y hartas adolescentes que ni cagando se acuerdan del 2006, que tenían 8 años en ese tiempo y que ahora, viendo el tráiler, se dan cuenta que los estudiantes pueden cambiar las cosas. Mira las tomas feministas que ocurren ahora, hay conciencia de que se pueden generar cambios importante. Ese es el otro nicho, estudiantes que creen que los cambios sociales son posibles.

—Y para alguien que no está politizado, ¿qué le podría interesar más allá de la épica revolucionaria?
—Eso es lo interesante de esta película y por lo que yo le veo un valor fundamental. En general cuando vemos cine político en Chile al tiro hay una sensación de que va a ser una película no necesariamente fome, pero sí densa. Esta película en particular, y a diferencia de todas las otras películas políticas que he visto en Chile, sí entretiene. Te muestra relaciones humanas que van más allá de la toma o las marchas. Cuando tú te quedái encerrado o compartís mucho tiempo con personas, salen relaciones de amor, pelambres, amigos que pensabai que eran amigos y te dái cuenta que tienen otras convicciones. Y ni siquiera convicciones políticas, sino de vida.

—Igual una toma es como un reality.
—Es tal cual como un reality. Las personas no politizadas se pueden sentir identificadas por las relaciones humanas que se generaban en el colegio, no en una toma o en una asamblea, sino que en el recreo o la sala de clases, cuando hay dos amigos en el fondo echando la talla y no pescando el Consejo de Curso. Es bonito recordar todo eso en un contexto como el 2006.

—¿Por qué eligieron la Revolución Pingüina como escenario si sólo querían hablar de relaciones humanas? ¿Por qué no simplemente ambientarla en 2018?
—Porque la Revolución Pingüina no es solamente un contexto, es parte de la trama. El 2006 es particularmente clave, incluso más que el 2011, no por los cambios que generó, sino porque fue primera vez, desde la dictadura, que una masa de gente empezó a tomar voz. Y a mí, sin haber sido guionista, eso me parece maravilloso.

—¿El que hayan sido jóvenes los que lideraron esto?
—Sí, pero no sólo jóvenes, eran niños. Es muy interesante que no hayan sido nuestros papás los que intentaron cambiar algo, no sigo sólo por la educación, sino por cualquier ley de las que dejó Pinochet. ¡Y eran niños! Eso me parece muy noble.

De comediante a cineasta

La vida de Espinoza se volvió a enrielar hace poco. El quiebre con su polola le dejó, a mediados del año pasado, un vacío tan grande que lo tenía deprimido pese al éxito que cosechaba con sus distintos proyectos. Pero hace poco volvieron a retomar la relación y eso le ha devuelto la vitalidad perdida a su existencia.

“Estuve separado seis meses y fueron los seis meses más angustiantes de mi vida. Yo despertaba curao un martes a las 10 de la mañana porque extrañaba a mi pareja, me sentía súper perdido. Yo hacía hartas cosas, pero nada valía mucho la pena. Sentía que faltaba el 60% de mi vida, y eso que me iba bien haciendo stand-up, radio y cine. Pero es una ansiedad que no te la podís sacar de encima, es algo permanente”, cuenta.

Sin embargo, ahora que encontró la estabilidad tiene clara su hoja de ruta. Proyecto Lupa seguirá existiendo pero de manera esporádica y sin presiones (“quiero que seamos como una banda que se junta a sacar EPs cada 6 meses”), escribirá este año su primera película (“quiero hacer al menos un film por año”), está grabando la webserie Tiempos Mozos junto a Ignacio Socías (“quiero grabar los últimos tres capítulos que quedan”) y sigue aún con El Amor Es Más Fuerte, el programa de radio y la sociedad de stand-up que tiene con el mismo Socías.

—¿Va a seguir existiendo El Amor es Más Fuerte? Antes eran tres y ahora son sólo dos.
—Con Socías estamos trabajando en la quinta temporada de programa de radio y ahora vamos a estrenar un show en Teatro Bazaes, que es nuestro primer show como dúo. Igual yo creo que El Amor Es Más Fuerte también tiene fecha de caducidad. Estoy en un proceso muy fuerte de cambios y este estreno de la película me da la sensación que como artista me estoy yendo para otro lado.

—¿Estái siendo menos comediante?
—Estoy siendo más versátil. La comedia, a diferencia de antes, ya no es lo único que me preocupa. Ahora me preocupa también desarrollar historias, pero bien hechas. Pueden ser chistosas y disparatadas, pero que lo sean ya no es el norte final, me interesa es que sean buenas. Y si para ser buenas tienen que ser dramáticas, que lo sean.

—¿Eso significa que Tiempos Mozos también se acaba?
—Tiempos Mozos va a seguir hasta que las ideas se nos acaben. Nosotros no ganamos mucha plata con esta serie y cuando sintamos que muere, muere. No quiero prometerme a mí ni a Socías nada. Es muy bonito crecer laboralmente con un amigo, pero todo se desgasta. Además ambos estamos en un despertar donde de ser tres ahora somos dos, por lo que estamos intentando cambiar nuestro target y nuestra forma de hacer comedia.

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Pragmatismo, moda y cachetazo de realidad

Lucas estudió en el Manuel de Salas, el icónico liceo experimental particular pagado de Ñuñoa -donde también estudió el director Guille Söhrens- que es reconocido por su alto nivel de politización. Cuando estalló la Revolución Pingüina cursaba 7° básico y no entendía mucho lo que estaba pasando, pero aún así participó en las protestas.

“Yo las marché todas, pero súper desde la ignorancia. Yo no tenía idea de nada, ¡de nada! Mis papás me decían ‘la educación puede ser gratuita’, así que puedes salir a marchar. Yo era chico y preguntaba ‘¿en serio puede ser gratuita?”. Para mí era una aventura cuando el guanaco nos perseguía, era un videojuego donde ellos son los malos. ¿Cuánta conciencia podía tener marchando a esa edad?”, recuerda.

Por lo mismo, Espinoza asegura que tiene mucho de Martín, el protagonista de la cinta. También vivió una época de apatía, no política, sino que general. “No me movía por nada, eso me trajo hartos problemas durante mi adolescencia y empezó a cambiar recién cuando cumplí 17. Por eso me identifico harto con el personaje”, cuenta.

—Paredes, el vicepresidente del centro de alumnos, es militante de la Jota, medio maquinero y con discurso claro. Por otro lado, está Laura que es más radical. Tu personaje es todo lo contrario a ambos.
—Ambos, Paredes y Laura, tienen un tira y afloja constante entre ellos para llegar a ciertos acuerdos, lo que tiene mucha relación con cómo es la política a nivel nacional. Onda, “estamos pidiendo 20 cosas en el colegio” y llega el vicepresidente y dice “mira, cedamos en 8”. Esos ceder o no ceder está reflejado en estas dos figuras, que pasan rápidamente del amor al odio. Pero la política es así, sea entre adolescentes o entre adultos.

—Laura tiene el co-protagónico, e igual es interesante porque es una mujer en un cargo de dirigenta, que viene de región y que tiene dudas, pero aún así se muestra firme pese a las adversidades e incluso da cara frente a la ACES.
—Qué bueno que esa figura haya sido femenina, porque al ser ficción podemos jugar con esas cosas, y hacer una apología con lo que pasó el 2011 donde estaba Camila Vallejo, y es bueno que sea una mujer, porque es duro tener convicciones y hacer política, sobre todo en un colegio, donde estái moviendo sólo un 0,001% de algo. Entonces pasa que quienes fueron a marchar el 2006 o el 2011 puede que después se vayan para la casa porque tengan otros intereses, y eso es súper válido porque no todos estamos siempre sobreideologizados. Eso del “amarillar”, que se habla en la política, es parte de Laura igual. Aunque no sé si amarillismo es la palabra…

—Pragmatismo es el concepto que buscái.
—¡Pragmatismo! Mira qué bonito. Es que de eso se le acusa a Camila Vallejo y no sé qué quieren, si estái haciendo política. Cuando critican a Camila Vallejo yo pienso “¡ella es de las buenas! ¡Por qué estamos perdiendo tiempo en esto!”. Hay una sobreexigencia por asumir un cargo como el de diputada, que es igual de válido. Deberíamos enfocarnos más en remar todos para el mismo lado en vez de chaquetearla porque me creo más extremo o más a la izquierda.

—¿A ti te gusta el pragmatismo en general?
—Mientras no sea una vuelta de chaqueta completa, yo lo entiendo y estoy de acuerdo. Me parece noble e inteligente.

—¿Cómo recordái tu 2006? ¿Alcanzaste a estar en toma alguna vez?
—Se tomaron mi colegio y me quedé una noche. Igual era una moda, que algunas personas podrían decir que digo eso para chaquetear, pero a mí me parece la raja. ¡Qué bueno que haya estado de moda eso, en mi colegio y en todos! ¡Qué cool que marchar sea una moda!

—¿Pero eso es necesariamente bueno? Que sea moda puede vaciar el discurso y dejarlo como algo meramente estético.
—Viéndolo 12 años después, puede que haya habido algo de moda. Pero aunque no tenía mucha conciencia de lo que estaba haciendo, yo estaba de acuerdo con el fondo.

—Y tu 2011, ¿cómo fue?
—Participé, pero pasivamente. Es decir, métale “me gusta” en Facebook a cada publicación a favor del movimiento (risas).

—Oye, pero me queda una duda: en la entrevista que te hice el año pasado acá en El Desconcierto me contabai que teníai papás de izquierda. ¿En ese tiempo aún no te había despertado el interés por la política ni siquiera por tu familia?
—Era mi desinterés. Tenía harto que ver con este personaje del indiferente el que hacía que no me interesara en la política, ni con mi familia ni en ningún otro lado. Y ahí fue mi primer cachetazo de “chucha, está pasando algo”. Por eso para mí grabar una película justo siendo yo el protagonista de ese cachetazo de realidad es cuático.