La merienda estaba lista: tortitas, canapés de huevo, chocolate y un bizcochuelo de merengue con chuby que ella misma había preparado. La mesa lucía con tanta comida y había decorado el comedor con globos de colores. Su hija cumplía 5 años aquel 13 de marzo de 2002 y esa tenía que ser la fiesta perfecta para su celebración. Estaba todo a punto, pero los invitados no llegaban. Soledad, que sabía que los niños y niñas de la población no se acercarían a la casa, decidió ir a buscarlos. ¿Cómo? Se endosó unas ropas de pijama, una peluca y se pintó la cara, con harto lápiz labial. Era el debut de la Payasita Solcito, que desde entonces siguió encarnando hasta hoy. Salió a la calle y empezó a recoger a los chiquillos que se encontraba por el camino. Al rato, la casa estaba llena de vecinos que festejaban el cumpleaños de la pequeña Magyory Ponce Barríos. Objetivo cumplido.

La Magyory era la pequeña de tres hermanas y como tal, también la regalona. Al menos de su mamá. Pero además de ser la más chica, la Magyory era especial: fue diagnosticada con una epilepsia severa, un trastorno de hiperactividad y un retraso mental del 70%. A los cinco años, la niña ya estaba llena de etiquetas médicas que de a poco se convertirían también en etiquetas sociales.

Magyory con una de sus hermanas

Magyory con una de sus hermanas

“No la aceptaban en ningún lado, a veces incluso dentro de la familia era difícil porque todo lo quería y siempre había conflicto. Pero la gente de la población también la discriminaba, en la escuela, en la calle, siempre me la corrían. La encontraban desordenada y la veían como una niña cacho, que no servía a la sociedad”, explica a El Desconcierto su madre, Soledad Barríos.

Lo cierto es que la Magyory no era una niña fácil. Era muy inquieta, le gustaba mucho estar en la calle de su pueblo, Huasco, en la III Región, donde vivía con su familia en la población Villa Victoria. Su madre, que se desvivía por ella, había pedido una medida de protección porque la chica se le escapaba de repente y no la podía dejar nunca sola. Una protección que nunca llegó. Por eso, Soledad nunca dudó cuando su hija, que entonces tenía 10 años y acompañaba a su mamá al laburo, le contó que el jardinero de la casa donde ella trabajaba se le había acercado. “Me dijo que el hombre la había besado ‘con sabor a cerveza’ y luego la violó”, recuerda la madre. La denuncia por los hechos quedó puesta y la agresión acreditada por un médico. Sin embargo, nunca hubo un culpable, a pesar de que el presunto violador que la niña identificó y describió era un vecino conocido del pueblo. “Nunca la creyeron”, lamenta Soledad.

Dos días después de este episodio, la Magyory ingresaba al Hogar Gabriela Mistral de Coquimbo, un centro del Sename, donde permaneció durante ocho años.

Una niña del Sename

“Cuando llegamos al hogar, aquello parecía una cárcel: estaba lleno de rejas y puertas, y había un pasillo enorme. Nunca se me va a olvidar”, recuerda emocionado Mario Ponce, padre de Magyory. Gestionado por la Corporación Gabriel Mistral, el hogar -del mismo nombre- era el único recinto de la zona norte del país que atendía a niños, niñas y adolescentes con discapacidad intelectual y en situación de vulnerabilidad. El ingreso fue uno de los momentos más duros para la familia, que consideraban el espacio como un lugar demasiado hostil. “En el Sename no nos dejaban ver nada de lo que pasaba adentro, no sabíamos la realidad que los niños vivían allí. Nosotros éramos los papás y nos quitaron ese derecho porque no nos informaban de nada y de todo se encargaban ellos. Nunca me dieron un informe sobre las enfermedades de mi hija”, sostiene Soledad.

Con el tiempo, los padres terminaron pensando que lo mejor para su hija era estar dentro del Hogar y la Magyory hizo del centro su casa y de los pares, unos veinte niños y niñas más, sus hermanos. Asistía al centro de la Fundación Coanil de la Serena, dedicado a capacitar y educar a personas con capacidades diferentes, donde aprendió cocina. “Allí se enamoró por primera vez, a los 14 años, de un niño que iba en una silla de ruedas”, recuerda Soledad. Padres e hija se acostumbraron al vínculo telefónico y a las visitas mensuales, principalmente de la madre -”aprovechaba de llevarle cositas”, dice- . Encuentros que llegaban después de semanas juntando plata para financiar el pasaje.

Después de ocho años internada, a finales de 2014, el Gabriela Mistral se vio obligado a cerrar. Según publicó la prensa local entonces, las autoridades determinaron que no reunía las condiciones adecuadas de habitabilidad y la Corporación no podía sostenerlo por falta de recursos del Sename. Los menores que vivían en el centro fueron derivados en otros hogares. Y así llegó la Magyory al Hogar Maravilla de Freirina, donde permaneció cuatro meses, hasta que llegó a su mayoría de edad.

magyory ponce

“En Freirina todo fue distinto: vivía con niños más mayores, algunos de la calle, que salían y se drogaban, niñas que habían tenido guagua y medio ‘chorongas’. Como además tenía un retraso, no la querían”, comenta Soledad. De hecho, las nuevas amistades de la joven empezaron a inquietar a su madre que al poco tiempo comprobó que no estaba equivocaba: “Una vez me dijo que las niñas salían y se arrancaban del centro. Al principio no le hice caso, pero un día alguien me avisó -no las tías del hogar- que hacía dos días que varias niñas estaban perdidas, en la calle. Me asusté mucho porque la Magyory no sabía nada de calle. Pero cuando llamé al centro, me dijeron que habían salido todos juntos a la plaza y que la Magyory se había arrancado, pero que quedara tranquila porque ya había llegado. Me mintieron. Al final, la encontró una señora en Vallenar y cuando fui a pedir explicaciones, me echaron los de seguridad”, narra la mamá.

Según la versión de la familia, la Magyory coincidió en el centro cuando empezó el llamado caso “El Bosque”, que ha sacudido al Sename de la región de Atacama durante los último años y que llevó a formalizar a 12 personas por presunta explotación sexual de menores en enero de 2017. Según el fiscal del caso, a partir de 2015 -justo cuando la Magyory estuvo en el centro-, en reiteradas oportunidades, varios hombres coordinados con una de las jóvenes del hogar, pasaron a buscar a las menores luego de que éstas se escaparan de la residencia. Tomaban alcohol, consumían marihuana y pasta base, y mantenían relaciones sexuales.

Soledad recuerda que un día, delante de su otra hija y sobrina, la Magyory se lo expresó sin tapujos: “Mami, estas de acá se venden”, dijo refiriéndose a sus compañeras. Cuando la mujer interpeló a la dirección del centro por eso, se limitaron a recordarle que la chica tenía un retraso mental. Justo la misma justificación que años antes había entregado la impunidad a un presunto pedófilo.

La indolencia hacia la Magyory llegó hasta el punto que nadie del Hogar Maravilla comunicó a Soledad que su hija había contraído la sífilis. Cuando, casualmente, la chica lo contó a su madre, los profesionales del centro, una vez más atribuyeron los dichos a la imaginación de la niña y argumentaron que los granitos aparecidos en el pubis de la muchacha eran producto de una simple depilación. Una vez fuera de la residencia, dos médicos confirmaron que había contraído esa enfermedad de transmisión sexual.

Pocos días antes de su mayoría de edad, la dirección del establecimiento determinó la salida definitiva de la joven porque el Estado dejaba de ejercer su tutela. “Salió con una bolsa de basura con sus cosas y un papel de los medicamentos que estaba tomando”, describe el papá. De su paso por el Sename, los progenitores critican que en diez años de internado saliera sin saberse lavar, sin hábitos de higiene y sin haber aprendido ni a leer ni a escribir. “La sensación que queda al final es que la gente allí trabaja por plata y que lo que tienen que cuidar son cachos”, lamenta el Mario Ponce.

Un sentimiento que le acompaña hasta hoy. Desde hace semanas la familia vive un auténtico dolor de cabeza para recuperar los antecedentes de la chica. Parece que no hay rastro de Magyory Ponce en los hogares del Sename. Ninguno de los dos centros ni tampoco las corporaciones que en su día los sustentaron han dado respuesta a la petición de los padres de conseguir el expediente completo de la chica. “Se pasan la pelota de unos a otros sin que aclaremos dónde hay que ir”, reclama el papá.

La madre, el padre y una de las hermanas de Magyory Ponce

La madre, el padre y una de las hermanas de Magyory Ponce / M. F.

La vida en la calle

Soledad sabía que la salida del hogar de su hija la complicaría. Temía que se escapara, como había pasado siempre antes, y no sabía cómo contenerla. Pero, a pesar de todo, era su hija, y quería tenerla con ella, al menos, hasta que junto con su marido, lograran encontrarle un nuevo espacio de cuidado y asistencia. Sin embargo, para la Magyory vivir en un hogar ya era cosa del pasado. Ella quería hacer valer sus 18 años a toda costa, salir y meterse de lleno en ese mundo que había empezado a conocer meses antes, en Freirina.

“Sus primeras arrancadas eran al centro de Huasco, se compraba un corto y volvía. Luego empezó a ir hasta Freirina, a no llegar en la noche y tener que salir a buscarla. Andaba siempre con otros cabros y decía que eran sus pololos. Eso fue aumentando y empezó a llegar hasta Vallenar y Coquimbo. Muchas veces la encontrábamos pidiendo por la calle”, comenta el padre.

La vuelta era siempre más o menos la misma: pasaba unas horas, quizás pocos días, y luego arrancaba de nuevo. “Así estuvo meses, yendo y viniendo, y se ponía muy agresiva, con muchas ansias de querer salir”, añade Mario. Cuanto más empeoraba la situación con la Magyory, más se complicaba también la convivencia familiar. “Nos culpábamos unos a otros de lo que estaba fallando y esto nos sobrepasó. Tuvimos dificultades con el tema de la violencia, nosotros mismos discutíamos mucho y fue muy terrible el coste para nosotros”, reconoce Mario. “Lo que yo más quería era internarla y lo intenté todo, porque llegó un momento que yo también me cansé: me pegaba y empezó a robarme”, relata Soledad. De repente, las vueltas a casa empezaron a espaciarse y cada vez pasaba más tiempo sin saber de ella.

Fue en ese período, limpiando autos en Vallenar, cuando conoció a Nicolás Rivera, un tipo 12 años mayor que ella y con quien mantuvo una relación de pololeo de largos meses. Juntos se movieron por varias ciudades de la región, mientras sus padres se desesperaban cada vez que pasaban días sin recibir noticias suyas.

“Estuve como una semana buscándola en Antofagasta, colocando letreros. La encontraron en una carpa con el Nico. Cuando la vi sentí un dolor muy grande: estaba arruinada, sin bañarse, hedionda, golpeada. Pusimos una denuncia por lesiones. Al Nico lo detuvieron allá pero lo volvieron a soltar con una orden de alejamiento de la Magyory”, recuerda Mario, que entonces se enteró que el pololo de su hija ya tenía antecedentes por robo. La denuncia de Antofagasta marcó un punto de inflexión en la relación entre la joven y Nicolás. Primero, porque por primera vez se dictó una orden de alejamiento que nunca se cumplió. Pero, además, porque, según asegura su familia, desde aquel momento la Magyory empezó a sentir miedo hacia él.

magyory ponce

“Ella siempre lloraba por el Nico, estaba muy enamorada de él, pero a la vez le tenía mucho miedo. Era un amor raro”, cuenta Jennifer Baeza, hermana de Magyory. Según los familiares, que desconocen la cantidad de veces que la chica fue golpeada o agredida por su pololo, ella nunca interpuso ninguna denuncia contra él por miedo. Soledad también asegura que no saber leer ni escribir -más allá de algunos nombres-, complejizaba mucho el procedimiento si desde Carabineros no existía voluntad para facilitar el trámite. Eso y el poco recorrido de todas las demandas interpuestas con anterioridad, hicieron que incluso la propia familia desestimara presentar denuncias por las agresiones sufridas. Su madre asegura que, al menos en dos ocasiones más, la recogió violada en la calle.

Según los datos que la familia ha recabado en la Fiscalía de Freirina, en total, desde que la joven salió de Sename, en marzo de 2015, hasta mayo de 2017, existe registro de siete denuncias por lesiones, violación y presunta desgracia (pérdida temporal o permanente de una persona). La octava fue por femicidio.

Magyory y Nicolás vivieron casi un mes juntos en la casa de la familia Ponce Barríos / M. F.

Femicidio en la VI Región

El día 13 de mayo de 2017, Soledad se encontraba en Arica, preparándose para una entrevista de trabajo cuando a las 7:30 de la mañana recibió una llamada de su cuñada. “A la Magyory la encontraron muerta. Le dio un ataque epiléptico”, le soltó la parienta. Luego fue Nicolás quien la avisó de lo mismo, con la diferencia que él le dijo que la crisis había ocurrido en la calle, lo que no calzó con la versión de la cuñada, que le había dicho que fue en la pieza de un departamento. Finalmente, una llamada de la PDI esclareció las sospechas de la madre.

Según recoge la querella interpuesta por Mario Ponce, los hechos ocurrieron en Bucalemu, en la comuna de Paredones, en la Región de O’Higgins. “Cerca de las 3:30 horas del día sábado, el querellado sin causa justa comenzó a golpear con gran intensidad a su conviviente, dándole un golpe de puño a la altura de la frente, causándole una hematoma, ejerciendo además presión sobre el cuello, causándole diversas lesiones de profundidad en el mismo lugar […] Estas lesiones descritas en la cabeza de la víctima son las que le produjeron en definitiva la muerte”. La Magyory tenía entonces 20 años. Él, 32.

Querella Mario Ponce por femicidio Magyory Ponce by Meritxell Freixas on Scribd

La detención de Nicolás se produjo luego de que él mismo cayera en contradicciones a la hora de explicar lo ocurrido. “El cuerpo tenía más de un golpe y ya nos estaba dando luces que el sujeto nos estaba ocultando información”, dijo entonces el comisario Orlando Calderón, de la Brigada de Homicidios de la PDI de Rancagua. “La autopsia reveló que había lesiones todas de tipo homicida”, añadió. Los detectives encontraron el cuerpo de la joven en una pieza, desnuda. Desde entonces, Nicolás Rivera permanece en prisión preventiva como presunto autor del femicidio de Magyory.

El día del velorio, Carabineros llegó a la casa Ponce-Barríos para entregar un documento de la Fiscalía. Era una constancia de que semanas antes la chica había explicitado a Carabineros que quería regresar al Huasco, a su casa.

El caso, que todavía se encuentra en fase de investigaciones, podría llegar al juicio oral la próxima primavera. El presunto femicida arriesga penas de entre 10 y 20 años de cárcel.

Responsabilidades y justicia

“La ‘Mayito’ necesitaba una ayuda. Yo grité y lloré, pero nadie me escuchó, anduve sola en esta batalla. Me arrebataron lo más que quería”, expresa entre sollozos Soledad. La mamá recuerda muy bien el caso de otra joven huasquina, Marta Bustos, quien fue encontrada semienterrada cubierta de cal meses antes de la muerte de su hija. “Cuando mataron a la Marta dije a las autoridades [locales] que no quería que la siguiente fuera mi hija. Les pedí ayuda y nadie me respondió. No llegaron al funeral, ni siquiera me llamaron”, critica Soledad.

magyory ponce

/ M. F.

“Nos cerraron muchas puertas y hemos vivido una cadena de fallos de autoridades, redes asistenciales y protocolos de ayuda… hemos recibido visitas de psicólogos y organizaciones de violencia intrafamiliar. Vinieron a hacer preguntas, evaluaciones y a ofrecer ayuda. Luego pasaron meses y llegaron otras personas nuevas que hicieron las mismas preguntas y ofrecieron lo mismo. Pero llegan hasta ahí nomás, hasta el cuaderno. Siempre tuve la sensación que fue por cumplir”, denuncia Mario.

La noticia tampoco tuvo repercusión en la prensa, excepto algunos medios locales.

Hoy, el cuerpo de la Magyory descansa en el cementerio de Huasco, en un nicho decorado especialmente para ella. “Era una niña de 10 años en un cuerpo de mujer”, dice su madre conmovida. “Vivía en un mundo de niña chica, suyo y propio, hasta que cambiaba el chip y quería actuar como una mujer. Era como si tuviera dos personalidades”, recuerda su hermana.

magyory ponce

/ M. F.

La historia de silencio, abandono institucional, negligencias y abusos que atravesó la vida de la Magyory es el motivo y la razón por la que la familia ha decidido levantar su voz. Convencidos de que las responsabilidades del desenlace de la chica van más allá del autor del femicidio, han decidido hablar, “para que no haya más ‘magyories’”, enfatiza la madre.

Soledad y Mario han decidido explicar quién era su hija, visibilizarla, contar qué hacía, qué le pasó y por qué. “Ella merecía un mundo mejor y lo que estoy haciendo espero que sirva para que haya justicia y se conozca todo lo que vivió”, agrega Soledad. A un año de su muerte, el recuerdo y la mejor forma de hacer justicia a la Magyory es que hoy usted haya leído este texto.

justicia magyory ponce