La muestra del Museo Histórico Nacional (MHN), abruptamente clausurada, era bastante más que una mal ubicada foto y una frase de Pinochet. En el marco de una muestra muy interesante y bien lograda museográficamente, la referencia a este era mínima, y el texto citado expresa bien lo burdo del dictador. Excluirlo era lo obvio pues una dictadura sanguinaria es la figura anti-libertaria por antonomasia. La pregunta obvia por tanto es por qué hacer algo tan contra-intuitivo, sabiendo además que no se trata de un acto de pinochetistas infiltrados, ni nada parecido.

Se escuchó, como respuesta, que se hizo como un acto intencional de provocación. De ser así, ello abre un debate crucial sobre la definición y función de un museo de historia nacional, si el de atraer la atención hacia sí, la de los medios y generar reflexión colectiva mediante instalaciones altamente provocadoras -como es tendencia en los museos de arte contemporáneo- o, bien por el contrario, conservar y educar de manera inequívoca en las tranquilas aguas de los consensos históricos. Si esto último resulta demasiado conservador y constituye una visión clásica que pone en juego la relevancia social de un museo, lo primero parece demasiado extremo. Un museo debe abrirse a la controversia, debe incomodar en el presente si no quiere ser mero pasado. Pero, más que perseguidas por la vía de la provocación intencionada, las controversias son un gran favor hecho no intencionalmente a los museos por sus detractores públicos. Como Judas en relación con los designios divinos, los muchos detractores de derecha del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (MMDH), para citar un ejemplo, han contribuido sin quererlo al cumplimiento de su misión. El MMDH no busca provocar; es simplemente lo que es.

El MHN tomó recurso de la provocación tal vez porque, siendo lo que normalmente es, por sí solo, no genera adversidad y controversia. Es posible que no haya que pedirle al MHN lo que, por su propia definición, no puede dar. Lo cierto es que el atrevido acto de provocación está hecho, y, como tal, a juzgar por sus efectos, ha tenido un éxito desmedido, impensado y hasta perjudicial para sus curadores.

Cuando ellos se decidieron a inscribir al dictador en la muestra, tomaron la decisión (provocadora sin duda) de ponerlo en una posición -en apariencia- exactamente equivalente a Allende, Elena Caffarena o Gabriela Mistral. Hay ahí ya algo grotesco que a cualquier ser sensible e informado lo golpea e invita a reaccionar con un NO. Es como si en un museo del protestantismo se pusiera, sin más, a Martin Luther King y a Hitler juntos como ambos inspirados por Martin Lutero. Pero hay algo más. Esa posición equivalente no parece serlo del todo, pues la frase seleccionada del dictador es lo suficientemente burda, como para levantar la sospecha de que se quería ironizar con Pinochet. Todo en extremo sofisticado.

De ser cierta esta sospecha, el recurso es demasiado sutil e intelectual, al punto que nadie se percató de ello. Se ha visto en él mera provocación con efecto revisionista, y no provocación sarcástica. En todo caso, la responsabilidad ahí es del emisor y no del receptor. Pero ¿podían ir más allá en la ironía para contrarrestar el efecto revisionista? Pudieron poner, en vez de la burda frase seleccionada, una imagen de la “llama de la libertad” (la que en 2003 Francisco Estévez intentó apagar con un extintor) y el carácter satírico del mensaje, posiblemente, se hubiese entendido mejor. El costo de algo así, sin embargo, no es bajo: además de ser bastante ramplón como recurso, y de que algo así, en todo caso, parece ser simplemente improcedente en un museo como el MHN, toda la muestra (compleja y rica como lo era) se hubiese reducido a una parodia del dictador. Paradojalmente, hoy, ya cerrada, la muestra será solo recordada por el hecho Pinochet.

Las alternativas parecen ser: o no incluir al dictador y olvidarse de la provocación, traicionando una idea de museología crítica que pretendía cambiar la definición misma y función del MHN o, como aquí se sospecha, hacerlo buscando choquear a la audiencia, entregándole solo una demasiado sutil pista de interpretación; es decir, hacerlo de un modo en extremo sofisticado, con el riesgo de que no se entendería en absoluto, que fue lo que finalmente ocurrió.

El dictador debía ser simplemente excluido de la muestra. Nadie hablaría de ella. Pero se lo incluyó. La muestra fue clausurada, cuestión bien inédita. Seguramente los denunciantes tienen razón. En medio de las consecuencias abiertas de una dictadura sanguinaria con pactos de silencio operando y sufrimiento vivo, actos de provocación como estos -por sarcásticos, chocantes y bien intencionados que busquen ser- resultan, para muchos, actos de barbarie. Siendo esto cierto, no hay que olvidar lo que resultó de esta suerte de experimento irrepetible y crucial. Le debemos el habernos dado muestra fehaciente de que la figura de Pinochet es irrepresentable en el cuerpo nacional más allá de la infamia y el horror; que la representación abiertamente anti-pinochetista es la única inscripción museográfica posible de este personaje en la historia de Chile. O se lo ignora o se lo ubica en la sombra del horror. No hay alternativas ni espacios para ambivalencias.


Director Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual, UNAB e Investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social, COES.