Como exintegrante del elenco de Plan Z y director del Instituto de Estudios Humorísticos de la UDP, el nombre de Rafael Gumucio está asociado con justificadas razones al humor. Además, es un conocido columnista asiduo a la polémica, como ha demostrado largamente en las páginas de LUN y otros medios. Por último, Gumucio es un autor de eficiente redacción, y en general se presenta y es presentado como escritor. En lo que sigue, comentaremos sus recientes declaraciones en torno al feminismo a la luz de estas tres dimensiones del personaje.

Gumucio, el comediante

El pasado 4 de mayo, en radio Duna, Gumucio dijo: «uno de los credos del feminismo es pensar que los hombres somos unos machos espectaculares con unos penes gigantescos que mandan en el mundo. Ese es el imaginario que tienen las feministas». Y continuó: «te juro que los hombres que no pegan no existen para ellas. Son ridiculizados, son tratados como si fueran unos mequetrefes». La situación recordaba a la protagonizada por el comediante Michael Richards (Kramer, en Seinfeld), cuando perdió los estribos durante un show y comenzó a atacar a un par de personas afroamericanas llamándolos «niggers» y recordándoles que hace 50 años no podían estar sentados en ese lugar. Dando un espectáculo igual de patético, al parecer consciente de su papel de showman y de un público a la espera de sus bravatas, Gumucio dictó cátedra con las ideas que según él pululan en la cabeza de las feministas. Al igual que Richards, Gumucio se mostró incapaz de entender que su ataque en busca de la risa o la conmoción fácil iba dirigido a un grupo que se encuentra sometido a una situación de injusticia.

Gumucio, el polemista

El 8 de mayo, en entrevista con La Tercera, Gumucio declaró sobre las actuales reivindicaciones feministas: «Estos son movimientos de mujeres más bien solteras, sin hijos ni demasiados problemas económicos ni sociales». No contento con este sesudo análisis demográfico, el entrevistado aprovechó de hacer un sucinto juicio de las debilidades conceptuales de dichos movimientos: «falta un diagnóstico de lo que realmente está pasando en el mundo de la mujer». Como buen polemista, Gumucio demostró en pocas palabras que lo debe primar en cualquier discusión es su propio ego, el «todos están equivocados menos yo».

Gumucio, el escritor

Hace poco, Mario Vargas Llosa señaló que el feminismo es “el más resuelto enemigo de la literatura”. La protesta del peruano iba dirigida a aquella facción del feminismo español que pide que algunas obras canónicas que, según su perspectiva, son resueltamente machistas, no sean parte del currículo obligatorio de los escolares. Al igual que Vargas Llosa, pareciera que Gumucio, el escritor, no logra distinguir al feminismo de las feministas. Ellas, como cualquiera, pero especialmente como actores políticos ensayando propuestas para terminar con una clase de opresión, tienen derecho a extremar posiciones hasta niveles que a muchos podrían parecerles absurdos, sobre todo a individuos y grupos conservadores que consideran que las cosas tienen su orden natural. Es la lucha permanente que deben enfrentar los movimientos emancipatorios: ¿cómo empujar el límite de lo posible?. Estar en desacuerdo con una demanda particular de un grupo feminista no permite aquilatar el mérito de las demandas femeninas en su conjunto.

Gumucio, la víctima

Como hemos visto, en ninguna de sus dimensiones Gumucio “opina distinto” (como dijo Pepe Auth en su defensa), ni contradice “con argumentos “a las “corrientes de opinión mayoritaria” (como señaló Matías del Río). No usa argumentos, simplemente desempeña sus papeles de comediante, polemista y escritor confundido. Tampoco presenta ideas disidentes. Por el contrario, Gumucio saca a colación los lugares más comunes (el hombre como una criatura obligada por las mujeres y/o la sociedad a ser violento, a tener un pene enorme, a cumplir ciertas supuestas expectativas femeninas; las feministas vistas como un grupo de solteronas o cuicas preocupadas de aumentar sus privilegios, ciegas a los verdaderos problemas sociales), manifestando una rabia irracional por no ser esta vez el protagonista, junto a un desprecio de tinte patronal ante las posiciones subordinadas que buscan sublevarse.

Gumucio desvía la discusión desde el problema de la emancipación de la mujer y su representación en los espacios públicos, al problema de las mujeres pobres, solas, ignoradas, como si se tratara de fenómenos independientes. Desacredita la razón de las protestas (la nula protección que como sociedad prestamos a las mujeres ante una cultura de violencia y discriminación sexual) como una situación donde “se generaliza a partir de casos específicos”. Es decir, como todos los hombres, Gumucio vuelve a decir “¡eh, pero no todos los hombres!”. ¿Es ese el rol de un intelectual? ¿Decir lo mismo, plantear una posición hegemónica como si se tratara del producto final y madurado de una profunda y aguda reflexión?

Las tres dimensiones del personaje van cruzadas, por cierto, por su posición de privilegio social: es hombre, pertenece a la oligarquía, posee una cuantiosa herencia y las mejores redes de contacto que alguien podría conseguir en Chile. Él está lejos de ser la víctima que pretende ser. Tras la dura respuesta que el mundo feminista manifestó ante sus dichos, Gumucio ha recibido un apoyo cerrado de una asombrosa pléyade de líderes de opinión y personajes vinculados al poder en diferentes ámbitos, como Cristián Bofill, Magdalena Piñera, Matías del Río y Marta Lagos, por nombrar sólo a algunos de los que se pronunciaron en su defensa a través de Twitter. En la vereda opuesta, ese poderoso enemigo “estalinista” (como lo dibujan varios, entre ellos Bofill) que ataca al valiente intelectual Gumucio, está conformado por un par de cientos de jóvenes mujeres estudiantes que protestan ante unas perspectivas de futuro oscuras, de abismal desigualdad y completa injusticia.

Podemos estar o no de acuerdo con el uso de ciertas medidas de presión por parte de las estudiantes, pero no podemos ser tan irresponsables, ignorantes o malintencionados de llamar a estos ensayos de acción política “estalinismo”, ni podemos llamar a lo que le ocurre a Gumucio una “persecución política”, como algunos han alegado. Las medidas extraordinarias que han tomado las estudiantes, como las tomas, las listas negras y las funas en redes sociales, son desesperadas estrategias de presión dentro del limitado abanico de medidas que puede tomar un grupo subalterno. El estalinismo (la vulgarización del concepto) refiere necesariamente a un poder hegemónico que impone desde arriba hacia abajo su voluntad y que no escatima recursos en aplacar a las personas que buscan transformar su lugar en la sociedad. El ataque que han recibido de vuelta las estudiantes en toma, donde se cruza una lealtad de género con una de clase, es la única persecución real. Sólo allí se detecta un fantasma de estalinismo.

Rafel Gumucio pidió excusas a sus alumnas por sus “generalizaciones inexcusables” a través de una carta, donde se declara polemista y escritor (y por ello expuesto a morir por su propia boca, como el pez). Eso quizá podría zanjar gran parte de esta discusión, pero lo verdaderamente preocupante es la generalizada falta de crítica (y autocrítica) al sitio de supuesta vulnerabilidad, de perseguido, de minoría al que elevaron tantas personalidades de la opinión pública a alguien que es justamente la antítesis, alguien que eligió como blanco de su “sarcasmo no siempre bien calibrado” a uno de los segmentos menos privilegiados de la sociedad: las mujeres estudiantes que luchan por una emancipación real.


Antropólogo y Guionista de televisión