Hace unos años que vivo transnacional y transfronterizamente –en una particular itinerancia antropológica– entre Chile, Argentina y Brasil. Esto lo repito frecuentemente en mis escritos. Supongo que más de una lectora (o lector) se habrá dado cuenta. Pero no lo hago por cansina (que también), sino por perplejidad. Hasta a mí me cuesta un poco entender cómo es posible vivir y trabajar de esta manera. Pero el caso es que lo hago: ser una antropóloga que estudia migración transfronteriza implica también hacerse con estas formas de desplazamiento y aprender a vivir en estas itinerancias. Esta experiencia abre la mirada hacia perspectivas muy inusuales (algunos colegas antropólogos las dirían “heteroglósicas”) sobre las gentes, sus modos de ser, sus economías, sus acciones políticas y sus vinculaciones. Resulta inevitable darse cuenta de las diferencias y semejanzas entre espacios. El ejercicio transmigrante tiene tintes filosóficos, pragmáticos, simbólicos: una termina ejerciendo de traductora intercultural, transmitiendo y reinterpretando unos lugares, gentes y prácticas –y sus muchos lenguajes– a través de la lupa de otros espacios.

Uno de los “ejercicios de traducción” que hago muy a menudo es la orientación de terceros sobre sus viajes. Es que, a raíz de mi constante cruce de países, mis amigas y amigos han adoptado la divertida costumbre de pedirme consejos sobre qué ver y qué hacer en las ciudades por las cuales transito y que, según me gusta creer, son también mis ciudades. Buenos Aires entre ellas.

Hace un par de meses, cuando me lo preguntó un amigo brasileño, le dije sin dudar: “en Buenos Aires, lo que tienes que ver es la vida comunitaria. Es lo mejor de la ciudad: su gente”. Se reyó y me contestó que no le saliera con estos discursos “antropológicos”, que me preguntaba como turista. Insistí, pero, ante la posibilidad de perder un amigo, le di cuatro direcciones de cafés y clichés de la ciudad.

El miércoles 2 de mayo, después de un feriado de día del trabajador pasado a lluvias y tormentas en Buenos Aires (literales y metafóricas), me sucedió una escena que, de haberla vivido antes, la hubiera contado al amigo para convencerle de que lo mío no era romanticismo etnográfico. O, por lo menos, no solo esto.

Caminaba, al final de la tarde, por mi rincón bonaerense del corazón, el barrio de San Telmo. Pretendía terminar mi jornada bailando tango, cosa que hago siempre que puedo cuando estoy en la ciudad. Hacía frío, ventaba y llovía. No tan intensamente como en los últimos días, pero lo suficiente para provocar el caos de tráfico que, en Buenos Aires, se genera “día sí, y día también” (como me dice mi vecina, a quién le molesta mucho el ruido de los autos frente nuestro edificio). Hasta para una brasileña como yo –proveniente de un país donde muere más gente por año por accidentes de tráfico de lo que moría en la Guerra del Vietnam–, la vida vial de Buenos Aires resulta algo temeraria (por decirlo con cariño). Los conductores avanzan sobre lo peatones y sobre la gente que va en bicicleta; no se respetan los semáforos y los pasos peatonales son como las metáforas: conviene no tomarlos literalmente, que el resultado puede ser risible.

Esto último lo aprendí este 2 de mayo, para ser franca. Estaba parada en la esquina entre la Avenida Independencia y la Calle Perú (un clásico de San Telmo) esperando que se me hiciera verde el semáforo para cruzar el paso peatonal: disciplinada como solo una extranjera desinformada (o terca) puede ser en esta esquina. Mientras esperaba, vi delante de mí cómo un auto le chocaba a un chico en una moto, haciéndole caer al piso. El chico se levantó solo y siguió su curso. Ni tuve tiempo de salir en su auxilio. Pensando en esto, veo que el semáforo me autoriza y empiezo mi propio cruce. Alcancé a dar tres pasos cuando sentí el choque de un vehículo en mi cadera y espalda. Un segundo de suspensión (mi suspensión, digo): desde el aire escuché que la gente gritó en la vereda. Seguí mi curso: volé y caí sobre el asfalto de la avenida. Vaya impacto. Di con la espalda al piso, pero me dolió instantáneamente la cadera, con lo cual me giré de lado para no tenerla toda apoyada. La gente vino corriendo en seguida. Lo que sucedió desde allí fue de las cosas más conmovedoras que he vivido.

Esta gente me cuidó. No logré a ver plenamente sus caras porque estaba de lado, y me decían que no me moviera, que era importante estar quieta, por si se me hubiera fracturado una vértebra o algo así. Aun así, me enteré de cada gesto que hicieron, los registré con un agradecimiento que no logro expresar. Pararon al auto e hicieron que el conductor del vehículo se bajara. Le hicieron quedarse allí hasta que viniera la policía. Llamaron la policía. Pararon el tráfico; me pusieron sus paraguas arriba (una señora mayor se mojó en la lluvia protegiéndome con su propio paraguas) y, como no podía moverme hasta que llegaran los paramédicos, se sacaron sus abrigos y me cubrieran, por el frío. Vino la policía y la oficial también se sacó su abrigo para cubrirme. Todos en la lluvia, sin abrigos, cubriéndome con sus paraguas.

Y así estuvieron largo rato. Me acuerdo de una joven que me tomó de la mano todo el tiempo y estaba delante mío –a ella sí le pregunté su nombre, Erica–. Me dijo que estas cosas le daban mucha bronca porque era una injusticia y las injusticias “no las podemos permitir”. Me confirmaba que yo había cruzado bien y que el conductor se avanzó sin importarse con los peatones. Le gritó al conductor “que no la toques, que no la toques”, cuando este hizo un gesto de intentar ponérseme las manos. Había un señor y un joven detrás de mí agachados, para evitar, con sus propios cuerpos, que los autos que iban por la avenida se me acercaran. Hicieron un cordón de aislamiento en medio de la vía pública. Mientras esperábamos la ambulancia, me preguntaban mi nombre, edad, de dónde era, para asegurarse de que yo no perdiera la lucidez. Como no podría dejar de suceder en San Telmo, paró un turista anglófono. Dijo que era doctor. Me tomó el pulso, miró mis pupilas, me hizo preguntas para ver qué tan cuerda estaba. Les dijo a los demás que no había ninguna concusión cerebral aparente, que yo estaba bien, que quizás hubiera roto unos huesos. Todos saludaron al doctor que me beso la mano y siguió su paseo turístico.

Les dije a mis cuidadores que era brasileña, que estaba sola, que no tenía seguro médico porque empecé, hace un mes, una beca de investigación del CONICET. Pero como el organismo de ciencia de Argentina no está en su mejor momento, aun no me habían asignado mi seguro médico. La respuesta fue instantánea: “este país de mierda, cómo tratan a la gente”; “no les basta con jodernos a los trabajadores argentinos, joden también a los trabajadores importados”. [Me tuve que contener las carcajadas, que me dolían]. Fue entonces cuando le escuché al señor detrás de mí diciendo que no me preocupara, que no estaba sola, que ellos estaban conmigo. Y estuvieron conmigo todo el tiempo (los treinta minutos que esperamos la ambulancia pública). Cuidaron mis pertenencias, para que no me robaran; sostuvieron mis manos, me dieron besos en las mejillas cuando los paramédicos me pusieron en la camilla. Y, de hecho, ayudaron a los mismísimos paramédicos a subirme a la ambulancia (contando “uno, dos, tres” y alzándome entre todos). Inolvidable.

El paramédico –un “groso”, como dicen los porteños– me conversaba, para tranquilizarme mientras íbamos al hospital: “lo que pasaste es lo que llamamos aquí en Argentina ‘un cagazo’…‘Un cagazo’, ¿Cómo más se le puede decir?”. Y, con una seguridad que me resultó chamánica, aseguró: “estás en shock, por esto tiemblas. No te va a pasar nada. Mañana estarás bailando tango”.

El hospital es un capítulo aparte. Público. Gratis. Más allá de todas las precariedades –infraestructurales de todos los tipos, la falta de materiales básicos, la falta de personal–, los hospitales siguen siendo un derecho universal en Argentina. Y así, en menos de quince minutos, me habían visto tres o cuatro médicos especialistas de diferentes campos. Me hicieron siete radiografías, y otras tantas tomografías computadorizadas. Me examinaron. No tenía nada; pero de haberlo tenido, me lo hubieran tratado allí. Mientras me paseaban por los pasillos, desde la hamaca y la extraña perspectiva que ella proporciona, veía los techos rotos por la humedad y pensaba que ni este abandono material había logrado destituir el hospital público de su carácter universal. Los técnicos de los Rayo X me decían, con la ironía que tanto me divierte: “menos mal que te atropellaron después de las 18, porque hasta las 16 no teníamos chapas para las radiografías”. Y los chicos que movían las hamacas se reían: “hoy tenemos una hamaca con buenas llantas. Tenés suerte. La de ayer te hubiera roto más que el auto que te atropelló”.

En la sala donde esperábamos los pacientes atendidos por traumatología, conocí a varias mujeres y, entre todas, nos cuidamos en lo que pudimos. Préstamos de teléfonos, intercambio de comidas, chistes. Me fui del hospital a las 22:00 en un estado que, aquella noche, atribuí a una posible concusión cerebral: estaba feliz, conmocionada. No obstante, al día siguiente, pasado el shock, la sensación permanecía y supe que era necesario enmarcarla.

Cuando digo a mis amigos extranjeros que vengan a ver la vida comunitaria de Argentina, es precisamente a esto que me refiero: a todas estas manifestaciones de un “nosotras(os)” que ayer –por suerte o por la falta de ella–, me interpelaron de forma tan condensada.

Es curioso cómo, en el etnocentrismo de las ciencias sociales producidas desde el norte del mundo, se ha repetido que la diferencia entre los sujetos políticos de las colonias de Norte América y los de América Latina reside, entre otras cosas, en que los anglófonos han constituido la experiencia de lo político desde un sentimiento fuerte de pertenencia comunitaria. Que la comunidad, para ellos, está por sobre los intereses individuales y que, desde este lugar moral, se habrían edificado Estados-nacionales en mejores condiciones. Esta mitología, frecuentemente usada para justificar o acusarnos a los latinoamericanos de un supuesto retraso civilizatorio, siempre me ha parecido un desatino. En diversos espacios latinoamericanos y en diversos momentos históricos, hemos dado pruebas cabales de la pulsión de nuestras experiencias de lo comunitario. Si no me creen, les recomiendo que pasen un carnaval en las calles de Río de Janeiro, Salvador o Recife.

Pero lo interesante de este discurso sobre nuestra supuesta “ausencia de moralidad colectiva” está en aquello que ella enuncia en sus entrelineas: la negación de la vida comunitaria que, efectivamente, construimos por estos lares. Este discurso, lo que produce, es una diferencia entre “comunitarios” y “no comunitarios” que asocia los primeros al desarrollo. Entonces, desde nuestro puesto de subordinación latinoamericana, no tendríamos espacio para construir comunidades generosas, dedicadas a su experiencia compartida de lo colectivo.

A contracorriente de este mito auto-normativo del desarrollo, veo, en la vida cotidiana de Buenos Aires, muestras muy contundentes de esta particular pulsión colectiva, de reconocimiento mutuo y comunidad política (heterogénea como pocas, pero comunidad, en fin). También es cierto que esta pulsión comunitaria es agonística: los y las porteñas solamente la sacan a lucir en momentos de crisis, cuando sienten muy claramente que lo comunitario o sus valores estén amenazados. Por esto, una reciente campaña del Gobierno de Ciudad –la “Agradeselfie”, que pedía a los ciudadanos que se hicieran fotos con personas a quienes identificaran ejecutando un “gesto de solidaridad comunitario”–, les pareció, a muchos de mis amigos porteños “una estupidez del tamaño de un elefante blanco” (como me dijo uno de ellos). La comunidad aquí no está para esto. Es peleona, valiente y tiene espíritu combativo. Ella sale a pasear con sartenes y piedras en manos –y no faltan los que bajan corriendo de sus casas, con pijamas hacia las calles, si hiciera falta– cuando el ataque al espíritu colectivo se siente eminente. Y esto no es de ahora, aunque lo vimos muy claro en el 2001, por ejemplo. En el siglo XIX, fue en una plaza de San Telmo –la Dorrego– donde los habitantes se juntaron para, en un cabildo comunitario, decidirse por la independencia. (En Brasil, un príncipe a caballo la declaró en los márgenes de un Río y la población solo se enteró unos cuantos años más tarde. Y a medias). Lo comunitario en Buenos Aires es anterior a un Estado-nacional y esto, estimados lectores, dista mucho de ser un detalle.

Es precisamente por lo agonístico de mi escena en la esquina de Perú con Independencia, que la comunidad vino a mi rescate. Vino a decirme, a través de la boca de Érica, que las injusticias no se consienten, que hay una fuerza colectiva que las paran. Para decirme que, extranjera o no, tenía derechos laborales. Que no estoy sola, porque estoy en una comunidad que me acompaña si estoy en riesgo. O para hacerme ver, en la resistencia estoica del hospital público, que la comunidad tuvo en este país, en algún momento de su historia reciente, su expresión a través del Estado. El Estado la cristalizó como derechos y esta cristalización ha sido tan, pero tan contundente que logró construir una noción perdurable de “universalidad” (con todas las limitaciones que, dialécticamente, la merman en la actualidad).

Desde mi perspectiva caleidoscópica de antropóloga transfronteriza, me parece que parte importante del proyecto político neoliberal en Sudamérica reincide en atacar no al Estado, sino y, sobre todo, a este sentimiento persistente de comunidad. Porque, como todo proyecto de dominación y colonización, el neoliberalismo proyecta negarnos a los periféricos nuestro estatus comunitario. Precisamente por lo anterior, a esta gente solidaria y generosa que me acompañó una tarde-noche de atropello en San Telmo, les digo desde lo más profundo de mi corazón, muchas gracias. No es solo que me hayan ayudado en esta escena. Gente así me da esperanza en la comunidad, en el futuro más allá del aplastamiento neoliberal que venimos sufriendo por estos lares. Estoy bien, no me pasó nada: ningún hueso roto. Me gané, esto sí, un corazón lleno de comunidad. ¡Viva los y las vecinas, viva San Telmo, che!


Investigadora del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín (Buenos Aires, Argentina)