En una reciente intervención pública (2018), en el marco de la celebración del Día Internacional de la Mujer en la Universidad de Chile, y en un acto destinado a reflexionar sobre las persistentes brechas de género que marcan a las universidades chilenas y a todo el régimen institucional del país, Nelly Richard apuntaba a la necesidad de mantener viva la tensión entre los llamados estudios de género, cuya trayectoria local los llevó desde el rechazo sistemático hasta su actual institucionalización neutralizadora, y los feminismos (así, en plural), que responden a una diversidad de posiciones y luchas irreducibles a una simple agenda reivindicativa. Lo importante de la intervención de Richard no radica solo en la coherencia de su sostenida posición en el campo cultural chileno, ni tampoco en sus tempranas y decisivas contribuciones a las dinámicas políticas del feminismo contemporáneo; además de todo eso, habría que destacar la pertinencia de su pluralización de las luchas feministas en la medida en que éstas no aparecen unificadas como “una política desde las mujeres y solo para las mujeres”, sino como una instancia de oposición y radicalización permanente de los lenguajes y de las estrategias despolitizadoras que caracterizan a las políticas públicas en un régimen neoliberal. De ahí entonces la doble articulación de su propuesta, esto es, la necesidad de poner en tensión, por un lado, los estudios de género institucionalizados desde las heterogéneas demandas feministas y, por otro lado, la necesidad de contaminar el modelo estandarizado de género y de política feminista liberal desde lo queer, como incorporación de aquello que excede o distorsiona la captura representacional de dichas demandas.

Esta doble articulación también implica abrir frentes de lucha en un continuo que exceda la simple administración institucional de los conflictos, apuntando a objetivos de diversa índole y alcance. En tal caso, aún cuando las iniciativas legislativas y las tibias medidas correctivas tomadas a nivel de la Universidad o del Estado no son suficientes para desactivar la profunda estructuración de la desigualdad de género, son sin embargo positivas en la medida en que representan pequeños avances que permitirían ir fortaleciendo el posicionamiento de las demandas feministas. Dichas demandas, sin embargo, parecen moverse más allá de la lógica articulatoria de la hegemonía en la misma medida en que parecen exceder el campo político convencionalmente concebido. En efecto, la pregunta que surge de estas dinámicas tanto a nivel internacional como a nivel nacional es esta: ¿hasta qué punto las luchas feministas, en toda su diversidad, son reducibles a las llamadas luchas por el reconocimiento? o, alternativamente, ¿hasta qué punto es posible ver en las luchas feministas una fractura del contrato social neoliberal, fractura que devela la profunda copertenencia de su máquina antropológica, sus formas de violencia devastadora y sus regímenes patriarcales de organización de la vida?

Ambas posibilidades apuntan a concepciones distintas de las luchas feministas. En efecto, concebir las luchas feministas contemporáneas, desde el #MeToo norteamericano hasta el Ni Una Menos argentino, como demandas de reconocimiento y justicia social equivale a reducir su potencial transformador y hacer posible el manejo de la cuestión feminista al interior del marco multicultural e identitario del management neoliberal. Por supuesto, no se trata de renunciar a nada, pero pareciera ser que lo que caracteriza a la actual coyuntura histórica es la emergencia de una serie de movimientos feministas que exceden con creces las tibias respuestas legislativas que el bien intencionado liberalismo cultural puede ofrecer, para inscribir sus luchas más allá de la cuestión de la equidad y del reconocimiento. Esto abre una serie de problemas no menores relacionados con la diferencia entre equidad e igualdad, entre reconocimiento simbólico y efectivo, entre justicia efectiva y justicia ‘en la medida de lo posible’, que no pueden ser zanjados a priori, sino que deben ser articulados en cada caso, según las condiciones acotadas de cada situación conflictiva.

Reducir las luchas feministas a una demanda por la igualdad formal, por la justicia económica o por el reconocimiento simbólico es plegarlas a una concepción de la política entendida como pacificación y administración, cuestión perfectamente compatible con las lógicas extractivas y devastadoras de la acumulación capitalista contemporánea. Ya en los años 1950 Alexandre Kojève pensaba de manera similar al proponer para África del Norte una agenda paliativa que reconocía la situación de los pueblos norafricanos y que los incorporaba al modelo de desarrollo económico y cultural de la Europa de la post-guerra. Ese ‘colonialismo benigno’ no está tan lejos del horizonte neoliberal que piensa de buena fe en la incorporación de la mujer al mercado laboral, al mundo universitario y al plano institucional, sin hacerse cargo de la continua y flexible prolongación de los procesos de explotación y denegación de sus diferencias, y sin siquiera atender a las causas estructurales de la diferencia de género, ni a las reivindicaciones fundamentales de los feminismos contemporáneos que no se conforman con acceder a la vacía condición de ciudadanos explotables.

Es eso lo que parece estar en juego en la fractura feminista, una fractura que estropea no solo el semblante funcional del contrato social neoliberal, sino que además devela la profunda imbricación histórica del capitalismo, del militarismo y del patriarcalismo, en la medida en que estropea la máquina antropológica moderna construida sobre una reducción de lo humano al homo economicus y su ethos productivista, como lo denominó el pensador ecuatoriano Bolívar Echeverría. Ese ethos productivista, fundamental para la acumulación capitalista, basado en la ascesis y el sacrificio personal según advertía Max Weber, es también el que está a la base del llamado ego conquiro, la subjetividad imperial conquistadora que dará paso al ego cogito cartesiano, complementando la misma lógica expansiva y colonial del capitalismo moderno.  En su misma constitución, esta subjetividad imperial (blanca, heterosexual, masculina, propietaria, etc.), entiende su relación con el mundo como una relación objetivante, reduciendo tanto a la naturaleza como a los otros a la condición de recursos disponibles para su propia performance. No es casual entonces que la lógica devastadora de la acumulación capitalista se exprese coherentemente no solo en la destrucción de la naturaleza y en la naturalización del crimen, sino también en la producción de formas de vida precarizadas, entre ellas y singularmente, las formas de vida sujetas a la organización productiva y sacrificial del cuerpo.

Sin embargo, lo que le da a esta imbricación un carácter grave hoy en día es la intensificación de la devastación capitalista en el actual proceso de globalización y sus dinámicas desreguladoras. Dicha intensificación no solo se expresa como crisis ecológica sino, complementariamente, como producción industrial del cadáver (femicidios). De ahí entonces el potencial de la fractura feminista, pues nos deja ver la profunda complicidad de la lógica destructiva de la acumulación, el militarismo rampante como producción estandarizada de masculinidad, y la masificación de la guerra en cuanto estrategia definitoria de las relaciones entre los hombres y las mujeres, y de las relaciones extractivas y adaptativas con el entorno. La fractura feminista no puede ser acallada con una política del reconocimiento simbólico, ni con ajustes formales dentro de las lógicas representacionales del orden actual, pues vuelve a poner en escena la compleja imbricación de la explotación capitalista y los ordenes opresivos de su masculinidad avasalladora. Y es aquí donde corresponde aprender de los diversos movimientos feministas en Chile, en la medida en que se encuentran desarrollando dinámicas de lucha que van más allá de la simple demanda por la igualdad liberal.

Las recientes tomas de universidades no solo muestran que en el más cruento laboratorio neoliberal del mundo (el Chile de Pinochet), la creatividad política de los movimientos oposicionales debe reinventarse permanentemente, sino también que no hay sosiego ni conformismo frente a la negligente actitud tanto de las autoridades universitarias como del Estado. Cansadas de no ser escuchadas por mucho tiempo, estas organizaciones han decidido avanzar más allá de la autoridad y su ley, para hacer evidente el carácter sistemático y naturalizado no solo de la discriminación sino de la violencia de género. Pero, no hay que olvidar que estos movimientos se inscriben en el marco neoliberal confirmado por la reciente elección de Sebastián Piñera y por sus insensibles medidas políticas que constituyen, de facto, no solo una derogación de las conquistas democráticamente conseguidas en el gobierno anterior, sino una nueva forma de golpe de Estado, que apelando al “inverosímil” Tribunal Constitucional, borra las decisiones y acuerdos constitucionalmente aprobados unos meses atrás, afectando ejemplarmente a las mujeres. Frente a esta lógica neoliberal de golpes para-institucionales, los movimientos feministas actuales heredan, de una u otra forma, el potencial disruptivo no solo de los movimientos estudiantiles del 2006 o del 2011, sino la larga lucha insatisfecha de los traicionados movimientos sociales de los años 1980. Por eso resultan tan relevantes, pues no se conforman con plantear el problema de la igualdad formal o apelar a un régimen de cuotas, sino que al abrir el problema del currículum y poner en la agenda la cuestión de una educación no sexista, están abriendo el camino para desarrollar un cuestionamiento radical de la profunda complicidad del sexismo y del neoliberalismo, en un país que convirtió sus credenciales a la dinámica empresarial de la auto-explotación y del pírrico éxito personal. No se trata de pedirles a estos movimientos que asuman una agenda universalista clásica, sino de apoyarlos en sus luchas porque en ellas, más allá de nuestra voluntad, hay mucho en juego.


Académico de la Universidad de Michigan