Es evidente que es el momento justo para precisar las exigencias del movimiento feminista. El movimiento social que comenzó en las universidades y en los liceos a nivel nacional y que expresa su fuerza en tomas y marchas intenta clarificar sus demandas en la escena política. Si remece las instituciones como lo está haciendo es porque es político. Hay relaciones de fuerza en juego entre los actores conservadores por un lado y las fuerzas emancipadoras por el otro.

Como cualquier otro movimiento con propósitos de igualdad y de emancipación actúa para que las demandas sean legítimas e impacten a la sociedad entera. Y es mediante la deliberación en asambleas como las que las participantes del movimiento están haciendo, para discutir por ejemplo de un protocolo contra el acoso y la discriminación que se avanza. Es parte de la experiencia acumulada del movimiento estudiantil en su fase más democrática. Antes de que se institucionalice mal, hay que tratar que se haga bien.

En efecto, una de las exigencias que aparece claramente es la de una educación no sexista. Sin embargo, salta a la vista que explicitar el contenido de lo que significa una educación que parta de la premisa de la igualdad fundamental entre los géneros humanos y de la construcción por cada sujeto de su propia identidad, ya sea sexual, individual o colectiva, requiere pensamiento, reflexión e investigación acuciosa. Es obvio que ayuda. Y mucho.

Para contribuir a esta situación e influir con conocimiento y prácticas innovadoras, las universidades que asumen su rol de faros del saber en el mundo y no sólo de formación de mano de obra, bajo la presión del movimiento feminista de esos países, han creado institutos o departamentos de estudios feministas. Donde se imparte docencia y se hace investigación.

Estos centros de pensamiento feminista se hacen según la historia nacional de las mujeres y desde el ángulo de las opresiones específicas. Allí se profundizan conocimientos acerca de sus hitos históricos, luchas específicas y perspectivas. Además, por supuesto, en temas que las mismas investigadoras, académicas y estudiantas consideran clave.

La experiencia muestra que los estudios se hacen utilizando los marcos teóricos y referenciales de la antropología social, de la historia, de la filosofía política, del derecho y de los estudios culturales (el pensamiento de la Viola Chilensis Parra por ej.).

Temas como las relaciones entre Patriarcado y Capitalismo; sexo y poder; Guerra y género, igualdad antropológica y humanidad; Derecho, Constituciones y género, Medios y estereotipos sexuales son reflexiones y objetos de estudio que no le interesan a los dueños del poder que profesan espontáneamente la ideología neoliberal en una sociedad patriarcal, clasista y oligárquica como la chilena. Posiblemente ya se investigan estos temas en diversas facultades. Pero una institución de Estudios Feministas potencia, legitima e incentiva.

Imagínense la furia reaccionaria de un tipo como el historiador ultraderechista de la U. Católica Gonzalo Rojas, admirador de José Antonio Kast, al ver un Centro de Estudios Feministas instalarse en la Pontificia.

Para potenciar el conocimiento y las prácticas emancipatorias hay una pléyade de pensadoras mujeres intelectuales cuyos trabajos tienen una influencia considerable en el mundo de las ciencias sociales. No nos cabe nombrar a tantas y dejar a otras tantas fuera. Nuestras preferencias nos obligan a nombrar al menos tres contemporáneas: Wendy Brown, Nancy Fraser y Judith Butler. Las tres analizan y critican al neoliberalismo y proyectan la emancipación desde un punto de vista de género.


Profesor (R) del Departamento de Filosofía del Collège de Limoilou, Québec, Canadá, B.A en Philosophie, M.A. en Communication publique, Université Laval, Québec, Canadá