Es demasiado común que sobredimensionemos nuestra capacidad para comprender la sociedad y afirmemos cosas con soltura desde las “verdades” que aprendimos.

En el 2016 cuando comenzaba mi tránsito de género tenía algunas cosas resueltas y un camino definido, veía al mundo desde la superación personal y enfocándome de forma positiva me propuse que sobrevivir como trans fuera la mayor muestra de mis logros, superando el camino con estoicismo, independencia, autosuficiencia y demás virtudes que valora la sociedad… en los hombres. Si, los seres humanos somos un manojo de contradicciones, mientras tratamos de asimilar el mundo necesitamos darle estructura y sentido en base a los conceptos que conocemos y nuestro entendimiento no siempre es el mejor.

En ese 2016 yo era anti-feminista ¿Se lo imaginan? ¿Cómo se es anti-feminista y se transita para vivir como una mujer trans al mismo tiempo? Fácil: porque es lo único que sabes ser. Miraba a la distancia aquellas marchas en los Estados Unidos reclamando contra la opresión del patriarcado, el machismo, la cultura de violación y nada me hacía sentido.

Somos expertos en racionalizar lo que nos incomoda e invalidar sus interlocutores, en especial cuando quieren cambiar nuestro entendimiento del mundo, y el feminismo vino a cambiar la forma en que nos relacionamos en sociedad ¿cómo no va a incomodar y hasta frustrar? Y es ahí que nuestro cerebro –incómodo ante un feminismo que apunta muchas de nuestras conductas con el dedo– se alista a descalificar, porque es más cómodo criticar la turgencia de los senos de quienes marchan, un cartel que no nos gustó o una pared pintada que hacer autocrítica profunda.

En aquel mundo conservador en el que crecí era deber de todo “hombre verdadero” ser fuerte, nunca llorar, no pedir ayuda, aplastar a la competencia y sobre todo ser proveedor; aprendí y nos repetíamos entre mis amigos que las mujeres eran las que vivían con ventaja porque no se les exigía todo esto. El no tener que pagar la cuenta, que inviten tragos en la disco, poder elegir carreras poco rentables o no trabajar porque la responsabilidad de proveer era la del hombre, incluso en relaciones amorosas era el hombre quien tenía que tomar la iniciativa ¡Se la llevan fácil!

Y éramos capaces de percibir que desde las épocas del pololeo se generan diferencian pero no cuestionamos nunca como estas marcan la vida de las mujeres ¿cómo influye en el desarrollo de la personalidad que sea mal vista una mujer con iniciativa? ¿Cómo impacta que a los hombres les enseñen a arriesgarse al buscar pareja mientras que a las mujeres a cuidarse? ¿Cuál es el impacto de que se clasifique a los hombres por su éxito y a las mujeres por su belleza? No era capaz de verlo.

Y así mientras se levanta un movimiento que pide tratos más equitativos y una distribución de oportunidades más justa, quienes nos sentimos desafiados levantamos excusas para no escuchar; porque la división de roles es parte de todo: de la vida cotidiana, la literatura, la música y el cine ¿Qué va a pasar con la sociedad si se modifican los roles? Estoy a favor del feminismo pero contra las feminazis; son burguesas y solteras; atentan contra la libertad de expresión y están manipuladas por grupos ideologizados. Todas estas excusas nos suenan muy contundentes y nos damos una palmadita en la espalda mientras olvidamos mirarnos al espejo.

Fue recorriendo el camino para ser Alessia que comencé a ver la sociedad desde otro ángulo, con otros ojos y pude comenzar a entender que no todos la experimentamos igual, no se nos mide igual, no se nos juzga igual, no se nos exige lo mismo y la repetición de estos prejuicios va generando diferencias en el mundo que derivan en un escenario de competencia injusto.

Me costó entender que el estoicismo, la independencia y la autosuficiencia no son los únicos valores con los que deberíamos medirnos, que hay otras herramientas para enfrentar el mundo y así con el tiempo fui incorporando la empatía y la vulnerabilidad; esta última tan rechazada en el mundo masculino como símbolo de debilidad cuando es la mayor muestra de fortaleza, porque mostrándote vulnerable te abres a que te dañen pero también a que te quieran y es un riesgo que vale la pena tomar.

Ya al final de mi camino, ese día en que salí del closet frente a 60 compañeros de trabajo, fueron la empatía y aceptar mi vulnerabilidad mis mayores fortalezas, las que me permitieron conectarme con los demás y las que lograron que un “soy transgénero” fuera correspondido con aplausos y abrazos.

Fue en ese entonces que me conecté con el feminismo, cuando por fin entendí la importancia de dar igual valoración a lo femenino y masculino en los diferentes espacios, flexibilizar los roles para que quien quiera salir de estos no reciba castigo social por hacerlo y que un trato respetuoso sea la norma, tanto en relaciones jerárquicas como entre pares.

Y así, mientras deambulamos por el mundo confiados de la certeza de nuestras creencias que descartan aquello que nos cuestiona, vale la pena preguntarse: ¿soy yo quién habla o es mi resistencia al cambio? Y tengamos presente que todo lo que hoy reconocemos como una certeza, fue un cambio ignorado, caricaturizado y tildado de extremo en el pasado.

Pero sobre todo tengamos presente que con cada cambio, cada vez que cuestionamos nuestras creencias y aprendemos ganamos nuevas herramientas para nuestro día a día y quien sabe, si tienes la suerte que tuve yo esas herramientas podrían ser claves para que cumplas tus sueños.


Ingeniera industrial y activista en diversidad