Esta es tu primera novela y tu segundo libro. ¿Cuáles son los tópicos que inspiran tu literatura?

Me dí cuenta que “En el agua”, publicado el 2015, y en “El final del sendero” hay cosas que se repiten: la soledad del mundo moderno, las relaciones disparejas y los vínculos que se establecen entre personas.

El vínculo que existe entre las protagonistas de “El final del sendero”, Simo y Jota, es muy especial. Salta la pregunta sobre si son amigas o son amantes, y eso es algo que se puede ver en cualquier relación entre mujeres: así como una madre puede ser, también, una amiga, una amiga puede devenir, igualmente, un romance.

O de competencia. Yo no puedo ponerle un nombre a lo que existe entre estos personajes. Lo atractivo de estas relaciones es que son ambiguas. Creo que esto se da porque a las mujeres nos crían para ser más cercanas en el tacto. Nos abrazamos, compartimos espacios, nos hacemos cariños. Esos contactos posibilitan la apertura de los lazos hacia otras formas o el tránsito de los mismos. En la novela, Simo y Jota tampoco lo tienen claro y eso es lo interesante. Esta dualidad con la que juego en la trama es la que observo en las amistades entre chicas, sobre todo en la adolescencia. Los momentos en que las personas están muy solas y con necesidad de cariño, éste se acepta sin juzgar el lugar de donde venga.

Este libro se publica justo cuando en Chile las estudiantes movilizadas se están cuestionando las relaciones con otras y otros, el buen vivir y los afectos.

Me parece súper positivo todo lo que está pasando. Durante años, Chile ha sido una sociedad muy cerrada, donde se castiga lo que se escapa de la norma. Sin embargo, desde el 2011 la disposición hacia nuevos modos de ser se ha relajado. Es maravilloso, porque estábamos demasiado reglamentados por viejas estructuras. Celebro que existan otras formas de familia, por ejemplo, donde los lazos no son sanguíneos o están basados en la heteronorma.

La orfandad es otro punto que tocas en la novela. Revela que, desde la adultez, la familia la va componiendo cada uno en función de los afectos. Una persona sin padre puede encontrar en un par, por ejemplo, una figura que compense esta falta.

Y en Chile esto es reciente. Recuerda que en los ’90, cuando se discutía la ley de divorcio, quienes estaban en contra argumentaban que se iba a abrir un hoyo en la tierra y nos iba a tragar a todos si es que se aprobaba. Con la adopción homoparental se levanta el mismo discurso. Yo no creo en la noción de que la familia clásica es el pilar de la sociedad, como algunos sostienen. Uno va armando distintos tipos de familia de acuerdo a cómo sientes y dónde estás. Alguien que nació en un entorno en el que todos son como el forro, y sin manera de vincularse con nadie, tiene todo el derecho de armar su familia por fuera. Como este país es muy católico, las ideas de la tradición y de los roles diferenciados de acuerdo al género están sumamente arraigadas.

En “El final del sendero”, el principio que rige las relaciones entre sus personajes es el amor, pese a que no se nombra como tal.

Claudia Apablaza me preguntó, durante el lanzamiento del libro, si acaso éste era un libro feminista. Respondí que para mí va más allá, porque el conflicto principal no es que sean mujeres, sino que son dos seres humanos sumamente botados, que lo están pasando pésimo, y que conectan a partir de este sentimiento compartido. La médula de la experiencia humana es conectarse con otros, y ojalá dicho lazo esté basado en el amor. El feminismo está en un estado de efervescencia que, según como lo veo, impide ver la profundidad del problema en pos de intentar categorizarlo. Me parece válido hablar de definiciones concretas, ciertamente, pero sin ánimo de polemizar, siento que se habla mucho de forma y no de fondo.

¿Cómo enfrentas, a nivel personal, el machismo?

Por ejemplo, yo no podría estar casada con mi marido si pensara que es un cerdo machista. Cuando se le sale alguna conducta de este tipo, se lo digo de inmediato, calmada y racionalmente. Él se corrige y, bueno, no tengo por qué sacarle en cara cada una de estas acciones hasta el fin de sus días. Yo también estoy llena de micromachismos, y me doy cuenta. A veces hay tareas domésticas que me mueven a hacerlas y de pronto me paro a pensar: “Chuta, por qué tengo que hacer esto yo, si la casa es de los dos”. La casa es un trabajo compartido. Te han enseñado a ser la persona que cuida de las cosas domésticas, y una lo ve desde chica, y lo repite. Es difícil desmontar estas actitudes. Llegar al primer punto de cuestionárselas ya es un gran avance. Ojalá que siga avanzando, porque hay un largo camino por delante. El machismo no se va a acabar mañana, ni en cinco años más. Mucho menos en Latinoamérica, donde la cultura es muy machista.

¿Y en el mundo laboral?

Vengo de la publicidad y de la producción audiovisual, mundos dominados por hombres. Muchos de ellos me decían: “Oye, yo nunca había conocido a una mujer tan chora”, a modo de halago. Yo les contestaba que deberían tomarse el tiempo de conocer a más mujeres. Para mí, trabajar en industrias masculinas me hizo más “bruta” o brígida. La imagen de la mujer en el trabajo cae en dos clasificaciones: eres la tierna, la maternal del equipo, la que se preocupa por todos; o eres la perra histérica, la amargada, a la que no le dieron anoche. Esto corre para ambos sexos, cabe decir. Los hombres también están atrapados en el rol tradicional del proveedor. Pobre del hueón que elija quedarse en la casa con los niños, o pobre que esté cesante, o no le guste el fútbol. ¿Nos sirven estos roles? ¿Qué pasa si no quiero entrar en ellos?

Desde hace un tiempo, se habla de un boom de la escritura de mujeres en Chile. Al ser parte de este fenómeno, y de ser una voz más de referencia para jóvenes lectoras, ¿cuáles obras literarias eran tus propios referentes, durante la adolescencia?

En segundo medio me tocó leer “La amortajada”, de María Luisa Bombal. Me marcó su sensibilidad, y me gustó tanto que me leí todos sus otros libros. El universo onírico que ella despliega a partir de lo cotidiano del hogar me llamó mucho la atención. No se sabe si es un sueño, o una pesadilla, o la realidad. Cuando uno es adolescente siempre se siente desadaptada y triste, y esta narrativa me brindó compañía. También me gusta mucho la literatura clásica de terror. Drácula, Frankenstein, los monstruos en general. Reconozco, de hecho, ciertas cosas en mis personajes que son muy góticas: relaciones asimétricas entre un personaje que es víctima y otro que es victimario, o la belleza en lo que se concibe “feo” socialmente.

Estudiaste comunicación multimedia. En la novela, el orden del relato es muy “cinematográfico”. Los hechos están montados como si se tratara de una película. ¿Cómo lograste traspasar esta experiencia audiovisual, de los tiempos intercalados en el cine, hacia la narrativa?

Siempre he sido una persona muy visual. Veo muchas series y películas, entonces escribo desde esa perspectiva. Para mí, ser escritor es ser director, escenario, paisajista, actor, músico. Cumplo todas esas funciones en mi cabeza al momento de escribir. Imagino primero las escenas de un modo visual antes de ponerlas en el papel. Los saltos temporales tienen dos finalidades prácticas. La primera es que es pude ahorrarme un montón de cosas que no podría omitir si es que el relato fuese lineal. La segunda es que le doy la chance al lector de rellenar, con cosas de su experiencia personal, las elipsis que existen en la historia. Me gusta no sólo hablar yo, sino dejarle el espacio a quien me lee de interpretar, a su pinta, la narración.

El final del sendero
Carolina Brown
emecé
148 páginas
Precio de referencia: $10.900