Distintas voces vienen hace algunos años proclamando el fin de los liceos y colegios segregados por género. Pero compartir esta afirmación no puntualiza necesariamente en la esencia del problema. La mayoría de los discursos de las autoridades respecto al tema viene vaciada de una discusión de fondo y estructural, reduciendo todo a una solución técnica, de distribución de baños y de reconocer esa diferencia por eso, por ser solo una diferencia. Pero la real solución solo es posible en la construcción de un nuevo referente modelo y praxis educativa. Y ese cambio de perspectiva no se da por arte de magia.

Cuando nacen las escuelas segregada por género (antes de eso las mujeres no podíamos estudiar), el objetivo de la educación era cumplir con aquellos roles, perspectivas y objetivos a los que debía responder la educación para mujeres y hombres de forma diferenciada. Lo anterior estaba atravesado además por la clase social. Los primeros en estudiar fueron los varones de la elite, los que eran educados para “forjar el espíritu de la nación”, siendo el espacio público su lugar y el privado, por supuesto, reservado para las mujeres. En base a ese discurso y esa tradición es que podemos leer hoy frases del tipo “quien intente desconocer nuestra historia o nuestra tradición solo enfrentará la soledad y el olvido”, en la declaración del Centro de Ex Alumnos del Instituto Nacional (frase no solo insólita en el siglo XXI, sino que lisa y llanamente triste, que quienes se vanaglorien de tener la mejor educación de Chile no se adecuen ni reconozcan la coyuntura que estamos viviendo). Y ninguna declaración de este tipo en un liceo de mujeres.

Trabajé algunos años como profesora en dos liceos emblemáticos de Providencia. El primer liceo femenino de Providencia, Liceo Siete de Niñas de Providencia, y el José Victorino Lastarria, de varones. Allí pude ver de cerca algunas de las marcas que van dejando estos espacios en la vida de las y los adolescentes, y también en la de sus docentes. En ambos espacios de manera consiente existe una idea de mujer y hombre qué está en el trasfondo del quehacer educativo. Las chicas en el liceo debían tener un comportamiento bastante neutro, en general debía cumplir con el concepto clásico de ser una “señorita”, en el hacer, el vestir, el vocabulario y, por supuesto, en el modo de acceder al saber. Se reprimía a quien osaba no usar el jumper porque tenía frío y prefería ir con pantalones, se les negaba estar dentro del círculo de las mejores estudiantes si eran lesbianas o si militaban en alguna organización política, y se les trataba muchas veces con violencia por no llegar a ser lo que se “esperaba de ellas”.

Por otro lado, a los chicos se les educa haciéndoles creer que son especiales, todos lo creen un poco, incluidas las y los profesores que trabajan allí. Ser parte de esa comunidad era como un premio del que debía estar agradecidos (otro reducto republicano), y se les recordaban sobre todo cuando se empezó a poner en tela de juicio los procesos de selección en la admisión, cuando entraron los “malos estudiantes”, los “pobres”, lo de la “ley de inclusión”. Creo que este punto era el único que tuvieron estos últimos años en común ambos liceos. Se les había maleado el ambiente, se habían “roteado” las reservas morales de la educación pública, y eso se los hacían saber a las y los estudiantes, porque obviamente era su responsabilidad que ambos liceos no fueran “los de antes”.

Muy pocos docentes les hablan de violencia de género, de la construcción de sus masculinidades o de la homosexualidad. Nunca vi una campaña masiva de uso de preservativo (básicamente que les enseñarán a utilizarlo o que se hablará del tema en todos los cursos) para los miles de estudiantes que había, el tema no estaba incluido de manera clara, ni siquiera en orientación. En el patio siempre se jugaba fútbol, los profesores eran especialistas en chistes machistas y homofóbicos, incluso algunos se jactaban de serlo con orgullo en las clases con sus estudiantes.

Si bien en ambos espacios se desarrollaron intentos de avanzar en estas temáticas, sobre todo en el liceo de niñas (donde efectivamente se dieron pasos importantes en la toma de consciencia del tema, pese a la fuerte reticencia de muchos profesores), la mayoría de las actividades quedan en un grupo reducido de docentes o profesionales preocupados por estos temas, y en las y los estudiantes, quienes se hacían cargo de manera autónoma su educación sexual y de género. Y el resto seguía perpetuando en la sala de clases y en los pasillos medida correctivas de cómo se debe ser mujer o ser hombre.

Con todo, si bien sabemos que es fundamental eliminar la segregación por género en los liceos emblemáticos, terminar con 100 años de historia patriarcal no se borran de la noche a la mañana. Y no hablamos solo del currículum oculto que en estos casos tiene el peso de una catedral, sino de preguntarnos qué estamos enseñando y, sobre todo, cómo lo estamos enseñando. Preguntarnos que va hacer la institución además de adaptar el espacio físico a las mujeres, cuando los estudiantes gritan con orgullo: “Somos pocos, pero locos, lastarrinos hasta los cocos”.

Pensar una educación no sexista implica remecer los pilares de la educación de cada liceo o escuela, es realizar un proceso de crítica, autocrítica y formación de toda la comunidad educativa. Implica revisar prácticas, discurso y, sobre todo, su ethos constitutivo: la tradición. Solo así podemos pensar un cambio que no siga perpetuando la misma violencia que se vive cotidianamente entre hombres, mujeres y diversidad sexual, y la repetición de los mismos estereotipos. Porque hasta hoy lo que hemos visto es la reducción de la noticia a que el comportamiento de los hombres se adecuó (o se templó) al de las mujeres, como en el caso del Liceo Alessandri, o que la discusión se centre en cómo la alcaldesa Matthei conoció a su marido en un colegio mixto, para saber las bondades que se abre con estas medidas. Es necesario salir de la caricatura y comenzar a pensar estos cambios en serio.


Directora del Colegio Latinoamericano de Integración