Chile ha florecido en mayo, el mayo feminista. La sororidad, la solidaridad; las marchas “educación no sexista para que dejen de matarnos”; mujeres en los medios de comunicación hablando del “patriarcado”, esa palabra tabú sólo mencionada por las llamadas “feminazis” hasta hace poco; mujeres en acción tomándose las universidades, desenmascarando poderosos abusadores luego de años de impunidad y de abuso de poder, de sembrar el terror; “tanto nos quitaron, que nos quitaron hasta el miedo”; mujeres abrazándose, mostrándose amor, el hilo invisible de dolor que nos une, ese abuso, esa injusticia, ese miedo inherente a nuestro género que hoy se revierte, nos ilumina y nos hace luchar juntas.

“¡La revolución será feminista o no será!”, estamos convencidas.

Tan convencidas, que hemos generado un espacio para cuestionar las reglas impuestas para nuestra convivencia y coerción -“mujeres contra la violencia, mujeres contra el capital, mujeres contra el machismo, contra el fascismo neoliberal”-, para cambiar la educación que nos pone en desventaja y ni siquiera nos garantiza un espacio libre de violencia; la subyugación del matrimonio, las leyes que ponen en la mujer la responsabilidad de la crianza y que, además, nos dejan en situación de “interdicta” al quedar embarazadas, perdiendo toda oportunidad de decidir sobre nuestro cuerpo y nuestro futuro; el abuso de las Isapres, los bajos índices de participación laboral femenina en nuestro país -cercano a los países islámicos-, etc.

Queremos el fin de la desigualdad, pero queremos un cambio radical; no queremos el feminismo pop, ese que permite que apoyar los derechos humanos fundamentales se confunda con feminismo, ese del Presidente Piñera y de la ministra Plá, que en su faceta como columnista manifestó su machismo egoísta al mostrarse en contra del aborto en tres causales, ambos un ejemplo del pensamiento de actores políticos y medios de comunicación que buscan relativizar las propuestas de las mujeres movilizadas, iluminados por lo oportuno y lo que “vende”, temerosos de discutir sobre lo fundamental.

Es fácil ser feminista si eso quiere decir que estás en contra de que maten, violen o acosen a las mujeres; la ley por el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, del gobierno de Michelle Bachelet, que está entre las doce propuestas de la “Agenda Mujer” de Sebastián Piñera, desprende de su nombre lo obvio de su aprobación, lo menos que podemos esperar, así como más espacio en la administración pública y en cargos de decisión o derecho a disponer libremente de nuestras cuentas bancarias, mínimos con los que el oficialismo espera capear la llamada “Ola feminista”, estrategia comunicacional frente a la Cuenta Pública del primero de junio.

El feminismo pop de las revistas de los fines de semana, estilizado para que guste a todo lector, para que sea bonito, espacios en los que se jactan de dar voz a las mujeres como si fuera un favor, como si no fuera noticia que la mitad de la población se está levantando en contra de las injusticias y la violencia, en contra de la la precarización de la vida de las mujeres. Develado en periodistas a los que los engaña el subconsciente y califican como “minoría” a nuestro género.

Nuestras demandas necesitan cambios estructurales y paradigmáticos para realizarse. Son de autonomía y libertad. Ahí veremos a los verdaderos feministas, las y los que pongan a disposición sus privilegios, y los espacios en los que han estado enquistados por años sin esperar competencia; los que sean capaces de ver a las mujeres como una igual, que se unan y potencien el avance igualitario y la lucha solidaria por la construcción de una sociedad libre de discriminación, haciéndole frente a las caricaturas y facilismos cosméticos del feminismo pop.


Periodista, feminista, experta en comunicación estratégica