Al desatarse la movilización feminista, la derecha actuó de manera cauta y en lugar de rechazar las movilizaciones, empatizó con nuestra causa. En su astucia, y con el afán de evitar el desborde de la movilización, el gobierno resolvió un pack de medidas orientadas a cerrar el conflicto. Sin embargo, estas propuestas no nos satisfacen, de modo que hoy como feministas afrontamos un doble desafío: por una parte 1) mantener abierta la movilización a través de la profundización de demandas y ampliación del conflicto, y por otra, 2) asumir que para gran parte de la población el feminismo es una novedad, cuyas demandas y orientación general están en disputa, y que dicha disputa la ganaremos solo si somos capaces de defender un feminismo que reivindique la necesidad de justicia social para las mayorías, en lugar de una igualdad neoliberal, formal o “de oportunidades”, para que algunas alcancen el privilegio de unos pocos.

Esa disputa ya está abierta, y tiene historia. El feminismo liberal se expresa hoy en una derecha que, al acusar a la izquierda de instrumentalizar la movilización, busca deslegitimar al Movimiento Feminista. De esta forma, nos encontramos con Pilar Molina, Evelyn Matthei, la ministra Isabel Plá, la intendenta Karla Rubilar y la gremialista Javiera Rodríguez (UC), todas ellas con un mismo discurso: “empatizamos con el fondo y rechazamos la violencia hacia la mujer, pero cuestionamos la forma de estas movilizaciones, pues las tomas son violentas y las mujeres debiésemos optar por el diálogo”. Bajo ese discurso, denuncian el “abanderamiento ideológico” del movimiento, pues para ellas el feminismo se trata de buscar la igualdad de oportunidades para que las mujeres puedan superarse, más allá de izquierdas o derechas. Por esta misma razón, consideran impropio hacer del aborto una agenda mínima de la lucha feminista, pues no todas las mujeres están de acuerdo con que este sea un derecho. Para estas autoproclamadas feministas, la causa debe unirnos a todas sin importar nuestra raza, clase o estatus de privilegio en la sociedad, pues todas somos mujeres, todas hemos sido violentadas y todas debemos luchar por lo que nos une, dejando atrás lo que nos divide.

Lo que ellas olvidan es que al pedirnos optar por lo que nos une, nos piden también que dejemos fuera toda demanda por cambios estructurales que busquen dignificar la vida de aquellas mujeres que no se ven beneficiadas por la agenda mujer, y para quienes la igualdad de oportunidades no sirve, pues es el modelo económico, político, social y cultural, el que las somete a todo tipo de violencia, discriminación y precarización.

Olvidan también, que a lo largo de la historia el movimiento feminista siempre ha sido rupturista y progresista. Las feministas tenemos una larga historia de organización y lucha a favor del cambio cultural y social. En Chile, durante los 40’s las feministas lucharon y conquistaron el derecho a voto para las mujeres, en los ’80 lucharon contra la dictadura exigiendo democracia en el país y en la casa; hoy, nos movilizamos contra las estructuras que producen violencia por razón de género y contra la institucionalidad que avala dicha violencia. No nos interesa poner etiquetas al feminismo, pero si nos interesa rechazar el intento de blanqueamiento despolitizador de la derecha. El feminismo posee un ideario propio: alcanzar una igualdad basada en la justicia social y conquistar la autonomía de las mujeres para tomar decisiones sobre su proyecto de vida más allá de los roles impuestos. Es decir, el feminismo jamás será conservador, pues cuestiona la forma como nos relacionamos y las creencias que validamos en nombre de la tradición. Cuestiones que la derecha, desde la vereda conservadora, ha defendido siempre.

Nos preguntamos entonces cómo la derecha se proclama feminista después de haberse opuesto al divorcio, la igualdad de los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio, el aborto y la píldora del día después. Dirán que aquello es parte del pasado y que miremos hacia el presente. Sin embargo, hace pocas semanas impulsaron un protocolo para obstaculizar el aborto 3 causales y rechazaron la ley de identidad de género. Todo lo anterior provoca nuestra legítima desconfianza, frente a un sector que ha rechazado sistemáticamente toda medida que apunte a garantizar los derechos y libertades de las mujeres.

De ahí que negar el carácter político del feminismo no sea sino una maniobra de la derecha cavernaria que, disfrazada de progresismo, intenta subirse a la ola. Sin embargo, aunque lo intenten, el feminismo no es un mujerismo vacío. No luchamos por igualar la cancha entre hombres y mujeres, para que algunas alcancen privilegios, no luchamos para que algunas mujeres puedan ser gerentas de empresas, mientras otras siguen trabajando gratis en casa, y en la vejez reciben pensiones miserables; no queremos más dobles jornadas de trabajo doméstico y asalariado; no queremos teletrabajo y flexibilidad laboral para las mujeres, si con ello seguimos siendo nosotras las únicas responsables del hogar, queremos que las tareas de cuidado sean valoradas, visibilizadas y socializadas; las feministas celebramos el apoyo a quienes necesitan asistencia en la fecundidad, pero rechazamos que se invisibilicen nuestras demandas por constituirnos como sujetas políticas con derechos y autonomía sobre nuestros cuerpos; no queremos que le bajen el plan de Isapre a las mujeres a costa del bolsillo de los hombres, mientras la salud pública mantiene listas de espera interminables; y rechazamos toda medida que olvide a las mujeres migrantes, que no se haga cargo de la criminalización que viven  las mujeres mapuche, y que guarde silencio frente a la demanda por educación no sexista.

El feminismo es una lucha contra las estructuras que generan violencia por razón de género en todos los ámbitos, y si bien todas podemos rechazar la violencia contra las mujeres, lo que nos define feministas, es luchar contra las causas que producen dicha violencia: los estereotipos de género y roles tradicionalmente atribuidos a mujeres y hombres, que, en complicidad con el neoliberalismo, generan asimetría de poder y fomentan la violencia, discriminación y abuso contra las mujeres. No se puede ser “feminista a mi manera” pues el feminismo no se consume como si fuera una nueva marca de ropa o un estilo; el feminismo es teoría política y lucha contra la opresión sexista, es una lucha contra las estructuras sobre las cuales se erige la dominación de género, raza y clase, pues reivindica la emancipación de las mujeres, y supone que la condición de esa emancipación es la lucha de toda la humanidad contra las estructuras que producen injusticia, miseria y violencia. Ser feministas implica rebelarnos contra un mundo en el cual somos objeto de consumo del deseo masculino, mano de obra precaria para los trabajos peor pagados o incluso no pagados, madres por obligación, y víctimas silenciosas.

Nos cansamos de ser siempre víctimas y nos levantamos para cuestionarlo todo. Si las mujeres de derecha quieren ser parte de esta lucha, tendrán que sacudirse el conservadurismo y dejar de acusar al feminismo de abanderamiento ideológico, pues el feminismo es político, y nunca será conservador.

Las feministas luchamos por los derechos de todas, en lugar de conformarnos con los privilegios de unas pocas. Por eso, todas para todas: este 1 de junio protestamos y el 6 de junio seguimos llenando calles.


Francisca Millán Zapata es Abogada en DDHH y Género. Consejera Política Nacional por Frentes de Revolución Democrática y Daniela Carvacho es Militante de Revolución Democrática.