Este 1º de junio de 2018, poco antes de mediodía y por primera vez en más de 40 años, el Parlamento español ha aprobado la moción de censura en contra del Gobierno de Mariano Rajoy. Esto supone que el líder del PSOE, Pedro Sánchez, se convierte en el nuevo Presidente del Gobierno.

Ciertamente no existe una sola razón para este hecho ni tampoco el resultado de la moción de censura implica que se inicie un periodo de estabilidad política en España. Su comprensión requiere incorporar elementos que expliquen la caída del Partido Popular (PP) y el escenario que ello abre.

¿Por qué se hunde el Gobierno de Mariano Rajoy? La respuesta más inmediata alude a la corrupción galopante que afecta al sistema político español y particularmente al PP. De hecho, el macrojuicio que entregó esta semana su sentencia de primera instancia, además de decretar la prisión de altos dirigentes, culpó institucionalmente al PP de enriquecimiento ilícito. Pero eso no es todo. Existen una serie de otras aristas que complejizan esta dimensión. Desde las últimas dos elecciones generales, el PP viene siendo asediado por una neoderecha -que naturalmente se autodefine como centroderecha- que, frente a la debilidad provocada por la persecución judicial, fue ganando espacio en las encuestas y en las justas electorales.

En ese contexto se producen el ascenso del independentismo catalán y la vorágine en que, apoyado en una amplia y pacífica movilización social, planteó el mayor desafío al llamado régimen del 78, derivado de la Constitución y el diseño de la transición a la democracia digitado desde la dictadura franquista. La propuesta de un referéndum que consultara a los catalanes acerca de la independencia, fue respondida desde el Gobierno, haciendo gala de una torpeza difícil de igualar. Frente a hombres y mujeres que querían votar, respondió con una política represiva que no se ve con frecuencia en Europa. A pesar de que el Estado se impuso por la fuerza, los catalanes votaron y lo hicieron masivamente a favor de la independencia, pero más importante que eso, ganaron la batalla por el relato.

En ese punto, el PP comenzó a pagar el costo de esa política. Cuando se erigió como baluarte del orden del 78 en el contexto en que el desafío catalán no se amilanaba ni con la intervención del Gobierno central ni con la cárcel o el exilio, quedó presa de una estrategia perversa. Sus socios en la defensa del régimen le azuzaron para que radicalizara su acción, aunque ello supusiera cooptar al poder judicial, de cuya independencia del poder político Europa recela crecientemente.

Como poder ejecutivo, el PP era el responsable de implementar la represión y, tanto el partido Ciudadanos (C’s) como el propio PSOE, le impulsaban a radicalizar su acción. Para C’s era una apuesta segura, porque mostraba a su “socio” como una máquina anquilosada y pusilánime, que no lograba contener el relato catalán y desde la radicalidad reclamaba una mano más dura. El PSOE (y el propio Pedro Sánchez) corría a la par de C’s y competía por quién tenía las ocurrencias más descabelladas para combatir a los independentistas. Frente al rechazo que la justicia de Bélgica, Alemania y Escocia hacían de la pretensión española de extraditar a los exiliados acusados de “rebelión”, Pedro Sánchez proponía “actualizar” la tipificación de ese delito para hacerlo calzar en el ordenamiento jurídico de esos países. En realidad, el PSOE no paga un gran costo por esas ocurrencias. La coyuntura catalana le ha dejado con una representación ínfima en Catalunya y difícilmente perderá más popularidad, sin importar lo que haga. Alternativamente, C’s cuenta con un colchón de apoyo, que también le da tranquilidad. La derecha unionista que rechaza la independencia hace rato que cambió de cabalgadura y ya abandonó al PP, para apoyar ahora a C’s. Ambos, PSOE y C’s, trataban de sacar las castañas del fuego con la mano del gato y cuando las llamas cundieron… M. Rajoy perdió el Gobierno.

La moción de censura triunfó porque el PP es un partido corrupto, según los tribunales españoles, pero el PP perdió el Gobierno porque se debilitó en una guerra injusta y desgastó su capital político en una deriva autoritaria que arrastró a la cárcel a políticos independentistas, dirigentes sociales, artistas y ciudadanos comunes que mostraron el creciente desafecto frente al régimen del 78.

¿Qué viene ahora? Lejos de haberse cerrado la crisis de la política en España, esta cobra nuevos bríos. Para que triunfara la moción de censura, Pedro Sánchez, a regañadientes, tuvo que ponerse de perfil y aceptar el voto favorable de la izquierda nacionalista vasca (EH Bildu) y el independentismo catalán (ERC y JxCat), quienes supieron separar su rechazo a un partido como el PSOE del imperativo de expulsar del Gobierno al PP. Con ello Pedro Sánchez pudo enfrentar a la unión de los votos del PP y C’s. Por este motivo, el nuevo Gobierno, a la vuelta de la esquina tendrá un Parlamento en que resonará una demanda para enfrentar la crisis catalana, que es muy difícil de descalificar: diálogo.

¿Pudo haber terminado de otra manera este episodio de la crisis? Sí. Hasta último momento se sospechaba que M. Rajoy presentaría su dimisión. Con ello escamotearía a Pedro Sánchez la posibilidad real de ser presidente, puesto que acarrearía elecciones anticipadas, anulando el proceso de la moción de censura, según el ordenamiento español. Sin embargo, era una opción poco probable.

Unas elecciones anticipadas entronizarían a C’s, una derecha sin complejos ni mesura, alimentada por los huérfanos del PP, que ocuparía sin dificultad el lugar político de una derecha cavernaria y corrupta. En ese escenario, el PP se vería abocado a su extinción. Frente a ese cuadro, le acomoda más una ordalía en que, al caer a manos de su adversario tradicional, el PSOE, puede sostener la ilusión del viejo bipartidismo que les permitía la alternancia en el poder y, al mismo tiempo, mantener el liderazgo de la oposición a un Gobierno que nace marcado por la precariedad. En ese contexto, dejarse expulsar del Gobierno por el PSOE, es una alternativa de reciclaje.

España sufre una crisis política que se alarga y profundiza, y la moción de censura no es más que un spin off de un dramón de más largo aliento.


Economista