Cuando me pidieron que escribiera de fútbol femenino, quería hacerlo sobre mi vuelta al torneo ANFP. Jugué en Santiago – por Provincial Osorno –, hasta fines del 2010. El equipo masculino perdió la categoría y las mujeres nos quedamos sin representante en la Asociación Nacional de Fútbol Profesional. No existían los “equipos invitados”.

Ocho años más tarde me vine a vivir a Valdivia. Elegimos el lugar sabiendo que acá había un equipo que jugaba el campeonato. Quería volver a intentarlo.

Se vino la Copa América Femenina y junto con ella, un nuevo “boom” de la disciplina. Tal como en el 2008, pero distinto. Una selección con diez años más de experiencia y una preparación a la altura del torneo que se disputaba. Ahora sí, los resultados llegaron: Chile va al mundial. Francia 2019 es un hecho y Tokio 2020 un sueño posible de alcanzar.

Lejos de las luces

En Valdivia estamos lejos de la capital, aún más distante de la región donde se desarrolló el torneo. Una ciudad donde el básquetbol lleva la batuta del deporte local y donde no hay mucho desarrollo del fútbol femenino.

Volví al sur apenas terminé mi trabajo en la CA2018. Objetivo principal: encontrar al equipo ANFP. Me bastaba con entrenar. Quizás quedar inscritas por si acaso. En el fútbol femenino nunca sobra gente.

Lejos de las luces, las cámaras y las promesas de mejora para el torneo, un equipo intentaba prepararse para el campeonato nacional. Sin entrenador, sin horarios pre-establecidos y sólo con las ganas de un plantel que no quería perder el ritmo.

Fui a entrenar por primera vez la semana que comenzaba el campeonato en la Zona Centro. Quedaban dos semanas y media para el puntapié inicial en la Zona Sur. Partíamos con fecha libre. Una semana más para el debut. 24 días exactos antes del primer partido y sólo un preparador de arqueras que dirigía las prácticas.

Comenzaron los problemas

El club había asegurado al plantel que correría con los gastos de transporte, alojamiento, canchas, indumentaria y alimentación. Las jugadoras solo debían pagarle al Cuerpo Técnico. Luego de un par de entrenamientos, se le informó al equipo que un ex entrenador – con  el que las cosas no habían terminado de la mejor manera –,  se haría cargo. En una reunión extraordinaria veinte jugadoras dijeron que abandonarían el equipo si así ocurría.

Optamos por redactar una carta en la que se le explicaba al gerente deportivo por qué no queríamos trabajar con ese entrenador. El dinero para su sueldo salía de nuestros bolsillos. No queríamos dejar de entrenar, por eso en la misma carta propusimos el nombre de un DT que estaba de acuerdo con el monto y las condiciones.

No hubo respuesta desde la dirigencia. Paralelamente, el cuerpo técnico asignado comenzó a llamar a varias jugadoras y les pidieron discreción con el resto del plantel. Mientras todo se ponía turbio, propuse – en más de una ocasión – aprovechar que el Sifup se había unido a la ANJUFF y pedir asesoría. Ya solo quedaban 5 días para que comenzara el torneo en el Sur. Se nos acababa el tiempo y había que volver a entrenar.

Luego de una reunión entre la dupla técnica y dos de las jugadoras que no firmaron la carta, llegó la respuesta. Un comunicado que nos informaba que nuestra propuesta no sería tomada en cuenta y que el cuerpo técnico sería el elegido por el gerente deportivo.

Se coordinó una reunión donde asistirían: el gerente deportivo, el cuerpo técnico y el plantel. El cuerpo técnico entrenaba también a la sub17 y aun que no dirigieran al equipo adulto, viajaríamos juntos semana por medio. Había que limar asperezas.

Casualidad o no, el día de la reunión una de las chicas que se había reunido previamente con el grupo técnico cuestionado, se peleó con medio equipo en nuestro “grupo de WhatsApp”. Entre otras quejas, me hizo saber que yo no era parte del plantel. Que ningún entrenador había aprobado mi participación – era difícil, cuando llegué el club no tenía un DT asignado –.

Triste y viendo truncado el sueño de volver a jugar el torneo ANFP no asistí a la reunión. No era parte del plantel. Tampoco asistió el gerente deportivo. Sorpresivamente el club deportivo de la UACH había cambiado de parecer. Ahora ellos se harían cargo del sueldo del Cuerpo Técnico. Una buena iniciativa, aunque raro el cambio tan repentino.

En una reunión, a la que sólo asistió el plantel, habíamos comentado que la única manera que podían imponernos a ese cuerpo técnico, era que no lo pagáramos nosotras. Así fue.

Adiós torneo ANFP

La reunión terminó en pelea. Al menos siete jugadoras del plantel abandonaron el equipo. Hoy están a la espera de que el club cumpla su palabra y las deje en libertad de acción. Con las que nos integraríamos este año, somos diez jugadoras menos. A sólo días del debut. El escenario es triste. Al menos cinco eran titulares indiscutidas. La columna vertebral del equipo. Jugaron los últimos seis años por un club que hoy les da la espalda. Que no tuvo interés en escuchar a su plantel. Aportaron con su talento y pagaron una mensualidad. Si quieren jugar por otro club este año, el equipo tendría que pagar por sus pases.

Este será el año del fútbol femenino y estas jugadoras no merecen mirar el torneo desde la galería. El camarín quedó dividido. Muchas de las que dijeron que se irían, no se atrevieron. No entendieron que era la unión del plantel lo que nos hacia fuertes. No quisieron dejar de jugar el torneo. Cómo juzgarlas. Esto no es Santiago. Aquí no hay otro equipo.

Para jugar el torneo ANFP hay que ir a probarse a otra ciudad. Viajar un poco más de dos horas hasta Temuco o Puerto Montt. Los planteles ya están armados. Ya se jugó la primera fecha de la Zona Sur y el club tendría que pedir sus pases al Club Deportivo de la Universidad Austral.

Acá el fútbol femenino está muy lejos de los avances logrados gracias a los resultados de nuestra selección. La pasión y las ganas están. Queremos entrenar. Por ahora dos o tres pichangas a la semana, para no perder el contacto con el balón. Nosotras seguimos jugando.