Aunque no lo vivimos, los libros y el cine nos han llevado a unos mil años atrás, cuando el cortejo del reyezuelo de la comarca, el coche cardenalicio o hasta el séquito que acompañaba al carruaje del emperador se acercaba a la aldea, al villorrio, al poblado. También los cascos de los caballos de los caballeros –que además eran ‘señores’ de algún extendido señorío– anunciaban a lo lejos su presencia dignataria. Se recurría a veces a los sones de trompetas o atambores y cuando la situación lo ameritaba, se abrían paso con la lanza y la espada.

Es que por el Camino Real…

Entonces el burrero cargando fardos de alfalfa o de leña seca recogida palo a palo se hacía a un lado, temeroso; el pastor arreaba a sus cabras hacia el costado y el rústico villano se detenía a la orilla del camino con la cabeza gacha sombrero en mano. Otros más participativos vitoreaban el paso de la autoridad y no faltaban los que salían al camino especialmente para ver pasar la comitiva.

Pero la generalidad de las personas, en ese entonces, andaba a pie.

Efectivamente el villano –el habitante de la villa– como el clérigo mendicante y todos los demás (entre los que en esa época estaríamos todos nosotros); transitaban jornadas completas, a pie. Así lo expresa la tercera acepción de la palabra en el muy cibernético Diccionario de la Lengua Española (DLE) online 2014 (que dice lo mismo en su última y parece que ultimísima versión 23ª impresa del mismo año, el DRAE, aunque nadie la consulte):

  1. Jornada: f.Camino que se anda regularmente en un día de viaje.

Y para que no queden dudas, “andar” siempre ha significado lo mismo que está pensando, como lo señala la primera acepción de la palabra la misma fuente:

  1. Andar: intr.Dicho de un ser animado: Ir de un lugar a otro dando pasos. U. t. c. prnl.

Con el transcurso del tiempo el jubón y las calzas reemplazaron a los armiños y armaduras, las telas de seda y oro dieron forma a los más contemporáneos trajes sastre y finalmente, a cualquier cosa que uno se ponga encima. Incluso la condición en que la gente se desplaza ha cambiado, y aunque el fordismo y otros empeños han despejado por parejo de las vías tanto a la mula y la carreta como al corcel y su jinete lo mismo que a las calesas y coches funerarios tirados por seis caballos negros con penachos (y andar se reduce a desplazamientos acotados); será por una cuestión atávica, pero la división entre quienes ocupan con propiedad y hasta privilegio las vías y aquellos que lo hacemos a contrapelo se mantiene.

De nuevo por el Camino Real

Salvo por el título nada ha develado el tema propuesto, pero es tan fácil deducirlo como ir reemplazando los personajes y escenarios que proseguir apenas unos párrafos es redundante. Sin embargo haré el ejercicio. Las vías, los caminos, desde siempre, ahora las calles y avenidas, para qué decir las carreteras (últimamente también las veredas), son de uso de los poderosos de antaño vueltos contemporáneos y de aquellos que les siguen (literalmente, en procesión). A falta de vías alternativas y segregadas (como las huellas que dejan los conejos) no queda otra que permitir que los demás también las usen, ojalá cuando los primeros ya hayan pasado.

El uso del espacio público obedece a reglas eminentemente políticas (la forma de ocupar la polis) y la reglamentación vial es acaso una muestra flagrante de aquello. Obviando el tema de las construcciones por no seguir lejos de nuestro propósito, observamos que las normas del tránsito se explayan en una suerte de manual de Carreño para automovilistas, que detalla gestos disciplinarios de cómo proceder al aproximarse a un cruce y describe la ceremonia del adelantamiento como una liturgia. Las velocidades según el tipo de camino, para unos y otros vehículos y a medida que se sube en estándar por supuesto sin artefactos de tracción animal ni bicicletas. A estas últimas la Ley de Tránsito le establece solo restricciones. Carreteras que al pasar por los barrios populares solo dejan ruido, lobreguez, temor y escombros. Carreteras soterradas bajo parques y renovadas avenidas en los barrios por donde el rojo bus de dos pisos de la empresa Turistick pasea a los extranjeros.

En este escenario moderno y sus distancias, ya sin caballeros, los carruajes –en cualquiera de sus formas habituales– son indispensables; un vehículo cualquiera que sea, particular o colectivo, caro o barato (ojalá lo primero en ambos casos) y reclaman su derecho a vía. En la lógica descrita, los márgenes son para los marginales, los marginados, los marginalizados. Y como andar a pie es la generalidad para moros y cristianos y algo consustancial a los seres vivos desde las amebas hasta Donald Trump pasando por todos los demás, antes y después de bajar de algún vehículo, entre ellos el “vehículo menor” es y seguirá siendo la bicicleta.

En esta lucha por usar las vías con restricciones impuestas desde siempre como una fatalidad y consagradas en las leyes, son los propios ciclistas los llamados a ejercer el poder de su esquelético medio de transporte (con su propio esqueleto). Las actitudes de sumisión de las organizaciones de ciclistas ante las actuales propuestas de la autoridad pecan de conformistas y apenas soslayan la problemática. Es urgente que se reconozca y garantice el justo y necesario espacio en la calle, en condiciones seguras, como a cualquier otro carruaje.